Editorial illustration of small suited figures tying down a larger weakened human figure over a fractured world map background.

Subdesarrollo inducido y declive gestionado: el patrón global de las sociedades extractivas

De Argentina al Reino Unido y Venezuela: cómo la lógica del “achique” transforma economías prósperas en sistemas de suma cero

Las sociedades liliputienses son conjunto de personas estancados en el tiempo.
Juegan al achique, sobreviven apenas, consumiendo siempre lo mismo; muerden a sus vecinos una parte de sus riquezas, agotan los recursos productivos soportando gobernantes intransigentes que los saquean para cumplir obligaciones regias; fabrican pobres que nunca van a salir de esa miserable situación, y se adaptan; se justifican en que “siempre se hizo así”; fomentan la subsistencia informal decadente; y le echan la culpa a extranjeros grandes, mientras los envidian y pretenden someterlos y saquearlos, vivir de ellos.
Hagamos una radiografía cruda y mordaz de lo que muchos sociólogos y economistas llaman el «subdesarrollo inducido».
Una visión de una sociedad atrapada en un ciclo de supervivencia de corto plazo, donde la visión de Estado es reemplazada por la urgencia del día a día.
El mecanismo del «Achique»
La Trampa Fiscal y la Informalidad:
Al cargar de impuestos al sector que intenta ser legal, se genera un incentivo perverso.
La informalidad deja de ser una elección y se convierte en el único refugio para no morir asfixiado por la burocracia.
La Fábrica de Pobreza:
Cuando la política económica se centra en la redistribución de una riqueza que ya no se genera, lo único que se termina democratizando es la carencia.
Aquí es donde entra la «justificación»: se vende la precariedad como una forma de resistencia o identidad.
Es la lógica del «pan para hoy, hambre para mañana».
Se consumen los activos estratégicos o el capital natural para tapar agujeros fiscales inmediatos. Lo que se traslada a los ingresos familiares que nunca alcanzan, esperando ansiosamente el mes siguiente.
La Paradoja del gigante domesticado por liliputienses:
Crean un ambiente de inseguridad jurídica:
Buscan desesperadamente capital externo porque el interno ha sido asfixiado.
Una vez que el capital llega, se le ve con sospecha o como una «caja» de donde extraer recursos rápidos mediante cambios en las reglas de juego.
Resultado: Solo llegan los «capitales golondrina», lavadores de dinero, o inversores de alto riesgo que, a su vez, exigen condiciones leoninas para explotar la desesperación local, alimentando el ciclo de saqueo mutuo.
Es una descripción pesimista, pero muy real de cómo las instituciones pueden terminar trabajando en contra de su propia gente.
Se pasa de una «sociedad de progreso» a una «sociedad de suma cero», donde para que uno gane, otro tiene que perder, promoviendo la corrupción de arriba a abajo.
El Estado es una fuente de recursos desesperados, al que acceden por cooptación los amigos del régimen.
El planteamiento desafía la idea de que el progreso es lineal.
La historia demuestra que la prosperidad no es una herencia garantizada, sino un equilibrio frágil.
Cuando la gobernanza liliputiense (cortoplacista, extractiva y de pequeñas expectativas) toma el mando de una sociedad, ocurre lo que se llama «el declive gestionado».
Veamos los mejores de la clase que pasaron a ser contradictoriamente los más liliputienses.
Argentina (El caso paradigmático)
A principios del siglo XX, Argentina estaba entre las diez economías más ricas del mundo (medido en PIB per cápita).
Tenía una infraestructura ferroviaria de vanguardia y un sistema educativo envidiable.
La gobernanza liliputiense: Se pasó de una economía abierta al mundo a un modelo de sustitución de importaciones forzado y un gasto público crónico financiado con emisión y deuda.
El resultado: Décadas de consumo de capital acumulado. Se «comieron» las reservas y la infraestructura para sostener subsidios, convirtiendo a una potencia agrícola e industrial en una sociedad que hoy lucha contra la inflación estructural y la informalidad en la que cayó más del 40% de una sociedad saqueada.
El Reino Unido y la «Enfermedad Británica» (Años 60 y 70)
Tras ser el taller del mundo, el Reino Unido entró en una espiral de decadencia que lo llevó a ser apodado «el enfermo de Europa».
La gobernanza liliputiense: Los gobiernos de ambos signos se enfocaron en proteger industrias obsoletas y estatales (como la minería y el acero) mediante subsidios masivos, mientras los sindicatos y la patronal se enfrascaban en una lucha de suma cero.
El resultado: La inversión en innovación se detuvo. El país se volvió menos productivo que sus pares europeos, la infraestructura se degradó y, en 1976, el Reino Unido tuvo que ser rescatado por el FMI, un golpe de realidad para una ex-potencia imperial.
Venezuela (De la abundancia a la subsistencia)
En los años 70, Venezuela era el destino de inmigrantes europeos y el país más estable y próspero de Sudamérica.
La gobernanza liliputiense: La lógica de «saquear» al inversor (nacionalización de la industria petrolera y expropiaciones masivas) y el control de precios para «fabricar justicia social» destruyeron el aparato productivo.
El resultado: Al agotar los recursos y asfixiar la iniciativa privada, la sociedad se volvió dependiente de las cajas de comida del gobierno.
Pasaron de ser una potencia energética a vivir una de las mayores crisis migratorias del siglo.
Son solo algunos ejemplos liliputienses sobresalientes, pero, hoy la pandemia liliput ha avanzado sobre el mundo desarrollado que perdió impulso, se acomodó a delegar trabajo, y a vivir del saqueo cómodo de ser “financista”; o a vivir de ser financiado.
Rasgos comunes del declive:
Se castiga al que emprende y se premia al que vive del Estado.
Se consume el capital ahorrado: se deja de mantener la infraestructura de comunicación, trenes, caminería, puentes, redes eléctricas, el sistema formativo-educativo, para pagar gasto corriente o político.
Éxodo de talento: Las mentes más brillantes que costó formarlas, son las primeras en huir de la “sociedad del achique”.
Narrativa de culpa: El gobierno regio justifica la miseria culpando a factores externos: “imperios”, el clima, los “ricos”, los que “impulsan los cambios para beneficiarse”.
Es el triunfo de la mentalidad de pequeña escala sobre la visión de largo plazo.
Una sociedad desarrollada o con pautas de desarrollo, que deja de invertir en su futuro para sobrevivir hasta la próxima elección, está, inevitablemente, jugando al achique, a ser liliputiense.

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