Cómo el mesianismo de gobierno, la corrección política y el bloqueo ideológico erosionan la representación democrática en América Latina y Europa
– Mesianismo de gobierno y falsa autosuficiencia
– Corrección política y parálisis estratégica
– Bloqueo ideológico y suicidio institucional en Europa y América Latina
Cuando el líder y su cohorte se creen arquitectos infalibles del destino nacional, la democracia deja de ser un sistema de pesos y contrapesos para convertirse en una escenografía.
El resultado es una sociedad que «procrastina» su futuro.
El Mesianismo de Oficina (La falsa autosuficiencia)
El gobernante liliputiense confunde el poder con el saber.
Cree que puede microgestionar la economía, el lenguaje, la opción sexual y la moral de los ciudadanos.
Al anular la iniciativa individual en la definición del destino nacional, la «soberanía» ya no reside en el pueblo, sino en el boletín oficial.
La democracia se vuelve un trámite de validación para un plan preestablecido.
El «Achique»: Se deja de gobernar para la nación y se empieza a gobernar para la facción.
La Tiranía de lo Políticamente Correcto (El miedo al riesgo)
La política y la gestión de las instituciones internacionales hoy se ha vuelto un ejercicio de evasión de ofensas en lugar de una toma de decisiones estratégicas.
Nadie quiere hablar de la crisis del gasto público, del colapso demográfico o de la obsolescencia educativa, porque las soluciones requieren sacrificios hoy para obtener beneficios en 20 años.
Se prefiere una «muerte dulce» (gradual y mediocre) que una reforma amarga pero imprescindible.
Es el triunfo de la táctica electoral sobre la estrategia de Estado.
La Sustitución de la Realidad por el Relato
Como la gestión liliputiense no puede mostrar indicadores de crecimiento real, recurre a la ingeniería social.
Se inventan derechos nominales que agravan el déficit endémico e inutilizan las instituciones realmente importantes, mientras se pierden derechos materiales indispensables para el bienestar social (poder adquisitivo, seguridad, propiedad).
Se «fabrican pobres» no solo económicamente, sino mentalmente: ciudadanos que ya no buscan empleo dependientes del subsidio, que no aspiran a salir de su estancamiento personal y familiar, sino a la cuota asignada.
El «Efecto Liliput» en la Práctica
La sociedad toda se contagia de una apatía a superar el estancamiento, convencida de que es imposible.
Quienes la dirigen sienten autosuficiencia en empeorar de a poco. Por lo que las leyes son para “la tribuna”, desconectadas con la necesidad urgente de devolverle el dinero al que produce para crear empleo, y no asfixiarlo.
El debate se concentra en la banalidad, mientras las instituciones depreciadas ignoran el “elefante en la habitación”, convencidas que lo importante es la corrección política; es lo que hay, y a nada más puede aspirarse sin arriesgar el cargo.
Convencidos todos de que reclamar algo más prolijo en el resultado implica un riesgo de sobrevivencia, el miedo a la prospectiva es muy superior al de la deuda impagable y la debacle profundizada, que se traslada inexorablemente a las siguientes generaciones para apenas financiar el decadente presente.
Al final, la democracia representativa desaparece porque el representante ya no representa los intereses a largo plazo del ciudadano, sino su propia permanencia en su reducto, espacio de poder, mediante el manejo del «presupuesto del achique».
Es un escenario donde los países «se autodevoran» en nombre de la estabilidad inmediata en riesgo de colapso.
Solo las crisis extremas pueden promover un cambio, asumir la realidad, y muchas veces ni aún así, el dolo público subsiste hasta los esqueletos vivientes, como Cuba, Venezuela.
O provocar desesperación y truncar el cambio por aversión, aún al filo del desfiladero, como Suecia, Francia e Inglaterra
Es el fenómeno de la inercia del colapso: la capacidad de una estructura política para seguir negando la realidad incluso cuando el suelo se desmorona.
En casos extremos el autoritarismo explícito se conecta con las democracias europeas «biempensantes», como es el caso actual de España.
Aunque parecen mundos distintos, comparten la misma patología: la ideología como blindaje contra la evidencia, la corrupción como síntoma pandémico, y la parálisis judicial enferma del mismo padecimiento, o inhabilitada por inanición.
El Bloqueo Ideológico (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte)
Aquí la gobernanza liliputiense no es un error de cálculo, sino un método de control, auditado por sus propios dueños: los hermanos mayores que los usan como peones.
Para estos regímenes, la miseria no es un fracaso de gestión, sino una herramienta de domesticación.
Un ciudadano que dedica 18 horas al día a buscar pan en el basurero no tiene tiempo para la rebelión política.
Se culpa de la acción de los miserables a «agentes externos» (el bloqueo, el imperio, el sabotaje) para evitar la prospectiva.
La soberanía se reduce a la supervivencia del grupo en el poder a cualquier costo en vidas.
El «Suicidio en Cámara Lenta» (EUROPA)
Su «liliputismo» es más sutil pero igual de corrosivo:
Han construido estados de bienestar sobre supuestos demográficos y económicos que ya no existen (población joven, crecimiento industrial).
En lugar de reformar, se endeudan canjeando papelitos por conmiseración.
En Europa, cuestionar ciertos fallos relacionados con la desintegración migratoria o la pérdida de competitividad energética fue, durante años, un tabú social.
Hace décadas que son gobernados por pasatistas.
Prefieren gestionar la decadencia con subvenciones y retórica antes que asumir el costo político de una «cirugía mayor».
No se asumen riesgos de corto plazo, se evita a toda costa perder una elección, acordando con serpientes, como si perder el poder fuera el fin del mundo de emperadores derrotados, ignorando los riesgos de largo plazo: la disolución de la cohesión social y el hartazgo hacia el sistema.
Este análisis forma parte del eje temático de Orden Global y Geopolítica, donde se estudian las transformaciones estructurales del sistema internacional.Orden Global y Geopolítica
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