Del descrédito del disenso a la ingeniería cultural: cómo la salud mental fue incorporada al conflicto ideológico del siglo XX.
– La deslegitimación del disenso mediante categorías clínicas.
– La infiltración cultural como estrategia geopolítica.
– La persistencia de mecanismos de ingeniería psicológica en Occidente.
El abuso político de la psiquiatría.
¿Terapéutica o arma de destrucción masiva?
Un intento de dominación a través del control mental.
¿Acaso un estadio superado?
¿DÓNDE ESTÁN LOS COMUNISTAS?
¿DÓNDE ESTÁN?
En 1971, el notable escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999) bajo el seudónimo de Javier Miranda publica su «Diccionario del argentino exquisito».
Se trata de un texto escrito con una clara «vena satírica» donde apunta a criticar ese «culto de la riqueza de vocabulario», que lleva al escritor a usar palabras rebuscadas o poco comprensibles para el lector.
También incluye expresiones que, dice, gozan de «una incomprensible popularidad en el país».
En el prólogo a la edición de 1978 afirma:
«El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez».
No obstante, en la sección correspondiente a la letra B, incorpora esta definición:
«Brujas, Cacería de: Toda acción contra los comunistas».
Más adelante Bioy recoge:
«Fantasmón. Usábase en la frase: “El fantasmón del comunismo”.».
¿Serán estas algunas de esas expresiones que «tienen una incomprensible popularidad»?
¿Cuál es el origen de esta idea?
Porque el concepto de «cacería de brujas» es peyorativo.
Y «fantasmón», refiere a una persona que miente o exagera.
O en una segunda acepción, alguien que se disfraza para asustar a la gente (Diccionario de la RAE).
Se parte de la idea de que las brujas no existen y que aquellos que las persiguen son locos fanáticos.
Aplicada a «toda acción contra los comunistas», sugiere que aquellos que la emprendan son locos fanáticos.
O simples agitadores de fantasmones.
Por lo tanto, sus acciones no deben ser tenidas en cuenta.
Y a los impulsores debería sometérseles a terapia siquiátrica.
La línea de razonamiento me condujo a un librito, que en 1955 Charles Stickley primero y Kenneth Goff después dieron a conocer en los EE. UU.
Se trata de un presunto compendio de diversas charlas dadas «a los estudiantes americanos de la Universidad de Lenín» por el entonces poderoso Lavrenti Beria, sobre Psicopolítica.
El ciclo en cuestión, estaba dirigido «a un personal de alta especialización» en el campo de la salud mental.
Partía de la premisa de que era necesario, para lograr los objetivos del comunismo, «producir el mayor caos en la cultura enemiga».
Para ello los estudiantes deberán introducirse en el campo de la Psicopolítica.
Esto es:
«El arte y la ciencia de obtener y mantener un dominio sobre el pensamiento y las convicciones de los hombres, de los funcionarios de los organismos y de las masas, y de conquistar a las naciones enemigas por medio del “tratamiento mental”».
También conocida como «técnica del lavado de cerebro», que resulta más individual, la Psicopolítica busca actuar sobre multitudes.
La idea del «nuevo hombre soviético», supone una reconstrucción de los seres humanos desde la perspectiva comunista.
Pero para edificar, primero debían arrasar con todos los valores con base en los cuales se inspiraba la vida humana.
En suma, resetear los cerebros de millones de personas.
Para ello, recomienda Beria, que:
«Es de suma importancia que los agentes psicopolíticos se infiltren en la profesión médica».
En caso de ser descubiertos, dice, la mejor defensa del agente será «atacar la lucidez del denunciante».
De ese modo «empleando su autoridad» científica defenderá la eficacia de sus tratamientos documentados con registros verosímiles.
Así, se buscará «probar» que se utilizó terapia de sanación y no procedimientos malvados de condicionamiento mental.
Al mismo tiempo, se jacta el ministro de Asuntos Internos de la URSS, de
«…haber introducido en los EE. UU. los principios de Marx […] y los datos del materialismo dialéctico en los textos de psicología» para convertir al estudiante en «candidato serio a comunista militante».
Y agrega que, en ese país, «todas las cátedras de psicología están ocupadas por personas afines a nuestras ideas».
En esa línea de pensamiento, el médico psiquiatra y militar canadiense Brock Chisholm (1896-1971) Director General de la OMS (1948-1953) decía:
«Para lograr el gobierno mundial, es necesario eliminar de la mente de los hombres el individualismo, la lealtad a las tradiciones familiares, el patriotismo nacional y los dogmas religiosos…».
Conceptos que suenan afines al discurso de Beria.
Es dudoso que Chisholm cayera en la categoría de «idiota útil», que el mismo Beria describe como individuo funcional al psicopolítico «aún sin saberlo».
Idiota útil, que también va a requerir los auxilios terapéuticos, que por medio de «hipnosis por dolor y drogas» lo convertirá en incondicional.
Y le dedica gran importancia al tema religioso, que es el terreno donde apunta preferentemente, hasta lograr que «religión sea sinónimo de demencia».
¿Estaba tan desacertado Bioy cuando denunciaba el uso del concepto de Cacería de Brujas, como un intento de neutralizar toda acción contra los comunistas?
¿Se trataba de un fantasmón para asustar a la gente?
La caída del comunismo no significó su fin.
Los efectos previstos por Beria son visibles en la actual sociedad Occidental.
Algunos argüirán que esta es otra época.
Y es cierto.
Pero, ¿eso significó el fin de la psicopolítica?
¿O acaso el comunismo no es simplemente una de las formas del materialismo?
