Corrupt politicians in decaying parliament symbolizing democratic decline and kakistocracy

La decadencia de las democracias actuales

Kakistocracia, corrupción estructural y colapso de la representación

“El mundo apenas notará o recordará por mucho tiempo lo que aquí se diga, pero, jamás podrá olvidar lo que ellos hicieron en este sitio.
Somos más bien los vivos quienes aquí debemos abocarnos a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos, se extraiga un mayor fervor hacia la causa por la que ellos entregaron la mayor muestra de devoción.
Que resolvamos firmemente que estos muertos no dieron su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la faz de la Tierra”.
La famosa frase fue dicha por Abraham Lincoln, el 16.º presidente de los Estados Unidos, en su célebre Discurso de Gettysburg, el 19 de noviembre de 1863, durante la Guerra Civil estadounidense.
Esta frase define los principios fundamentales de la democracia moderna: debe ser un sistema creado por los ciudadanos, gestionado por ellos y que trabaje en beneficio de todos ellos.
Invocando los principios de igualdad de los hombres consagrados en la Declaración de Independencia, Lincoln redefinió la Guerra Civil como un nuevo nacimiento de la libertad para los Estados Unidos y sus ciudadanos.
Las pocas palabras selectas de Lincoln cumplieron al final su propia predicción: «el mundo notará poco; ni por mucho tiempo recordará lo que decimos aquí».
Realmente reconocemos en el sistema de gobierno posmoderno eso que él llamaba “democracia”: el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo
Gobernantes timoratos cobran carísimo por profundizar las crisis; se corrompen y alientan la corrupción como forma de impunidad, hasta llegar a una corrupción de Estado pandémica.
Parlamentarios insustanciales, inoperantes, ignorantes, se convierten en cloacas mentales de las que resultan escatológicos discursos espetados en el “sagrado” espacio de los supuestos representantes del pueblo.
Ilustres desconocidos que disponen de una banca por encubrimiento de liderazgos despreciables.
No hacen mella en las corazas corporativas de los sectores de poder; y apenas consiguen como éxito, titulares en letra de molde que pagan con publicidad oficial, o incorporando militantes como voceros.
Los medios desbordan intencionalidad política camuflada de severidad intelectual impostada.
Poderes Judiciales inoperantes, permisivos con los delitos políticos y de cuello blanco, sobrevivientes presupuestales del sistema decadente, se desviven por los votos para ascender en la carrera judicial.
Cumplen silenciosamente su pudenda ocupación amputando el sistema penal por “acuerdos” intrascendentes con peligrosos delincuentes para evitar largos y cansinos juicios orales.
Persiguen la delincuencia liliputiense con irresponsabilidad social hacia el perjudicado.
La saturación carcelaria eternamente deshumanizada, será un “master” que lucirán orgullosos los que vuelvan a reincidir perfeccionados o en equipo.
Las amenazas del narco, y la prioridad por la tranquilidad personal y familiar doblegan al curial más pintado, mientras el caos se apodera de zonas liberadas, anómica expresión del abuso impune de derechos del ciudadano común.
Se corporativiza la protesta social, acicateada por bandas organizadas que lucran extorsionando al poder político.
La dirigencia sindical ejemplo supremo del corporativismo dirigente, defiende intereses propios, y comercializa la protesta violenta a precio de mercado para “autorizar” paz laboral y social.
Otros grupúsculos lumpen ocupan las calles martirizando al ciudadano, consorciados con intereses político-ideológicos que bastardean y conculcan los derechos al sector comercial y productivo de la sociedad.
Todas las corporaciones abusan a su antojo, utilizan al Estado como agente del saqueo para compensar el desempleo, la informalidad, y la miseria que multiplican.
Gobiernos de segundo y tercer orden endeudados, aumentan la exacción abusadora sin rendir cuentas. Exhiben como estandartes orgullosos su inoperancia, la multiplicación de inservibles y vividores a costa de ciudadano que paga.
Sociedades rebosantes de inmigrantes indocumentados que reclaman los derechos que les negaron en sus lares, compiten con la demanda de trabajo local, y se integran desesperados a la informalidad y a la ocupación ilícita de solares.
El desorden generalizado impide que se les clasifique por capacitación o por antecedentes penales.
Exigen supuestos derechos humanos como los locales por ser expatriados a prepo, sumándose al caos violento electoral que impide una gobernanza racional.
Algunos son infiltrados cooptados por los gobiernos para colaborar dominando el disenso de los verdaderamente explotados: los que producen. O dictan cursos de ideologismo internacional.
Es una pandemia invisibilizada que se analiza como un problema de gobernanza, de ineptitud y corrupción local, siendo un sistema degenerado de la representación de la gente que quiere vivir en paz, que se protejan sus derechos naturales.
Se escuda en que es el menos malo de la forma de gobernar porque tiene alternancia. En realidad, es utópica; hay un concierto de partes para mantenerse succionando la yugular del votante.
La realidad oprobiosa exhibe que ya el gobierno poco importa.
Se pueden cambiar ocho presidentes en diez años y no pasa nada.
La repugnancia se expresa abiertamente en la feta de salame que se introduce en el sobre de votación, y el descrédito ascendente absolutamente universal, que busca en cada elección al menos malo, o, un mago que cambie la decadencia del anterior.
La «Impotencia» como Coartada
Eco detecta rápidamente la trampa retórica de los gobiernos corporativos.
Para él, cuando un Estado dice que «no puede» contra el narco o el crimen organizado, en realidad está practicando una abdicación deliberada.
En su visión anómica, el poder se ha desplazado de los palacios de gobierno a los flujos financieros (muchas veces alimentados por el narco).
Los gobiernos simulan impotencia para no admitir su complicidad por omisión.
Es más fácil parecer «débil» que «corrupto», porque la debilidad genera lástima o resignación, mientras que la corrupción genera repulsión.
El Ascenso de la «Kakistocracia» (El gobierno de los peores)
Eco analizó profundamente cómo la pérdida de valores culturales y educativos degrada la política.
Lo que tú llamas «agresividad de los incultos», él lo identificaría como el colapso del mérito:
La pérdida de la vergüenza: En una sociedad donde la educación ya no es un ascensor social, el «inculto» no aspira a aprender, sino a destruir al que sabe.
Los gobernantes ya no necesitan ser estadistas, sino influencers que conecten con la rabia de la masa.
La agresividad se convierte en una moneda política legítima, y la ignorancia se exhibe como «autenticidad».
La «Pornografía de la Corrupción»
Eco hablaba del paso de una sociedad que ocultaba sus vicios a una que los exhibe.
La corrupción impune y los privilegios obscenos son, en sus términos, una exhibición de dominio:
La impunidad como mensaje: El corrupto ya no se esconde.
Al mostrar su riqueza mal habida, está enviando un mensaje de poder: «Soy intocable, y las leyes que te rigen a ti no me alcanzan a mí».
El fin del contrato social: Para Eco, esto rompe el espejo donde la ciudadanía se reconoce.
Si el ciudadano ve que el crimen como negocio, y que el gobierno es su cómplice o encubridor, la democracia deja de ser un sistema de convivencia para ser una «tierra de nadie».

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