Una reflexión estratégica sobre memoria histórica, trauma político y el dilema entre libertad de expresión y defensa institucional frente a ideologías totalitarias.
– Memoria histórica y experiencia vivida del totalitarismo
– La ley checa de 2025 y el trauma político europeo
– ¿Puede una democracia prohibir una ideología?
Una reflexión estratégica sobre memoria histórica, lecciones del comunismo y los desafíos de proteger la democracia frente a ideologías autoritarias asegurando la libertad y los derechos humanos.
«Fieles a la tradición de la revolución francesa, los estados comunistas anatematizaron la emigración, considerada como la más odiosa de las traiciones», dice Kundera en su novela «La ignorancia» (2000).
Es fácil creerle cuando a los emigrados cubanos no solo se les deshumaniza, sino que se les hace descender en la escala zoológica a la categoría de «gusanos».
Kundera sufrió en carne propia el comunismo.
Se esperanzó, como tantos otros, con la llamada Primavera de Praga.
Vio tronchada, como tantos otros, su esperanza con la invasión soviética.
Se exilió en París y allí escribió entre otras obras, «La ignorancia».
Más allá de que se trata de una novela, describe una situación que él vivió.
Dice que después de la frustrada primavera, los checos,
«…al no tener la menor idea del próximo fin del comunismo, se imaginaron viviendo en un infinito, de modo que fue esa vacuidad del porvenir…», lo que los dejó inermes.
E ilustra ese sentimiento con una cita del poeta Jan Skacel en la que habla de la tristeza.
Habría querido, dice, hacerse con esa tristeza
«una casa, encerrarse dentro durante trescientos años y, durante esos trescientos años no abrir la puerta, ¡no abrir la puerta a nadie!».
El poeta reflejaba en estas líneas el sentir de una sociedad, que estaba lejos de tener la fuerza de aquel Abraham, que esperaba contra toda esperanza.
Estas no son elucubraciones fantasiosas.
Son experiencias de vida, de personas para quienes el comunismo no es un libro ni una idea ni una filosofía, sino una angustiosa y oprimente realidad.
Es el contexto en que hay que observar lo que significa para la inmensa mayoría de los checos esa ley promulgada el 18 de julio de 2025.
Una norma que, vale recordar castiga con penas de hasta cinco años de prisión para quien:
«…cree, apoye o promueva movimientos nazis, comunistas u otros dirigidos a suprimir los derechos humanos y las libertades o incitar al odio racial, étnico, nacional, religioso o de clase».
Y no es un mero detalle, el hecho de que el 23 del mismo mes, Radio Prague International dedicara un espacio al exsenador Martin Mejstřík (1962- ).
Se trata de un activista político que tuvo relevante actuación en la gestación de la llamada «Revolución de Terciopelo» de fines del 89.
Una Revolución sin violencia, pero que provocó un giro copernicano.
Es probable que no se hubiera producido sin «perestroika» y sin «glásnost», porque las meras huelgas y manifestaciones no suelen derrocar gobiernos.
Pero ya amanecían otros tiempos y el gobierno comunista se disolvió como la sal en el agua.
El «reino de la justicia» que la dictadura del proletariado, que era la del partido comunista, que era la del secretario general, pretendía edificar sobre la Tierra había llegado a su fin.
No obstante, entre las declaraciones de Mejstřík, que Radio Praga recoge hay una que parecería sorprendente, si no fuera porque hay copiosos antecedentes en la materia y porque muestra la verdadera cara del sistema:
«La mayoría de los multimillonarios checos son excomunistas o colaboradores de la policía secreta». Después de todo, la sal en agua forma una solución, no una mezcla.
Admitiendo que el «comunismo es intrínsecamente perverso», como lo calificara la sabiduría vaticana.
Admitiendo que estos países que lo prohíben, o lo coartan lo hacen desde sus propias heridas.
Admitiendo la razón de Concepción Arenal, cuando dice que el dolor es gran maestro.
Aun así, cabe preguntarse si una democracia liberal que proscribe una idea política sigue siendo una democracia.
¿O no proscribe la idea, sino su expresión?
«Parece lo mismo» …, alguien podría objetar.
Pero eso merece un desarrollo aparte.
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