Government building towering over a small individual symbolizing state power over citizens

El Estado soy yo: cuando el poder deja de servir al ciudadano

Del abuso estructural a la captura del sistema: una crítica frontal al Estado corporativo y su deriva hacia el totalitarismo

EL ESTADO SOY YO
Derrape ético, moral, social hacia el totalitarismo
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

“Poder que no abusa, no es poder”.
Vieja y “risueña” consigna de un pensamiento político pre “monárquico” en democracia, que se adjudica una desigualdad de derechos con su representando, autopercibidos “justificados” en que “para eso fueron electos”.
Algunos la tomaron a pecho, exageradamente se podría decir.
Basta ver la infinidad de causas por diversos tipos de corruptelas denunciadas en la Justicia que duermen el sueño de los injustos.
Los “vip” del poder siempre se han hecho un festín con los abusos, fuera el Ejecutivo, legisladores, jueces y fiscales.
Parte del costo del servicio que le dicen.
Beneficios individuales, contratos a parientes, licitaciones, coimas, cometas, mordidas, lo exhibe el desfile estéreo de las adjudicaciones de la obra pública.
Muchos, además, llegaron a la cima con su propia acumulación de activos negros o azules; esa gran pasión a los “verdes”, guardada en el colchón o en lugares más imaginativos, en la tierra propia o en el exterior.
Fondos que les dolía o no podían exteriorizar abiertamente, que a su vez le permitían al alcanzar puestos clave en cualquier administración legitimados en que son “exitosos”.
Recursos robados al pueblo con el argumento de que eran para acumular poder para ayudar al… pueblo.
Nunca mejor dicho: la caridad empieza por “casa”.
No tenemos un Estado para servir a sus soberanos, sino un Estado para servir a sus corporaciones, y de paso manotear algunos dólares para “su” servidor público.
Esta observación captura una de las críticas más agudas de la filosofía política clásica y moderna: la transformación del Estado de un protector de derechos individuales en un gestor de intereses sectoriales; o enriquecimiento personal.
Cuando el aparato estatal deja de centrarse en el individuo —el verdadero soberano en una tradición liberal— y comienza a legislar en función de grupos de presión, se produce lo que muchos teóricos denominan captura del regulador.
El problema tiene tres ejes principales:
Mercantilismo vs. Liberalismo:
A menudo se confunde el libre mercado con el «capitalismo de amigos» (crony capitalism).
Mientras el primero se basa en la competencia y el riesgo, el segundo utiliza el poder del Estado para obtener subsidios, aranceles protectores o regulaciones que impiden la entrada de nuevos competidores.
La burocracia como fin en sí misma:
Como advertía Friedrich Hayek, el crecimiento del Estado administrativo genera una simbiosis entre los altos funcionarios y las grandes corporaciones prebendarias.
Las reglas complejas solo pueden ser cumplidas por quienes tienen el capital para costear equipos legales, eliminando así la soberanía del pequeño emprendedor y del ciudadano común.
La erosión de la igualdad ante la ley:
Si el Estado sirve a corporaciones (ya sean empresariales, sindicales o burocráticas), se rompe el principio de justicia universal.La ley deja de ser un marco general de conducta para convertirse en un instrumento de redistribución de privilegios.
Una visión hacia la soberanía individual
Para revertir este proceso, diversos pensadores proponen retomar conceptos fundamentales:
El uso de tecnologías que permitan auditar el gasto público en tiempo real, reduciendo el margen de maniobra para acuerdos bajo la mesa.
Devolver el poder de decisión a las unidades más pequeñas de la sociedad, limitando la capacidad de las grandes estructuras de ejercer influencia desproporcionada.
Fortalecimiento de las Instituciones:
volver a un modelo donde el éxito dependa de servir al consumidor (en el mercado) o al ciudadano (en la política), y no de la cercanía con el poder de turno.
La pregunta que queda en el aire ante este panorama es: ¿es posible reformar estas estructuras desde adentro, o el cambio vendrá de la mano de una disrupción tecnológica que haga obsoleta la intermediación corporativa?
Es evidente que no vendrá desde dentro ya que se ha intentado y prometido hasta el hartazgo y únicamente se ajustó cuando se producen crisis de financiamiento que ponen al borde del default, y en algún caso se abusaron hasta en quebranto.
Es una conclusión cruda pero respaldada por la historia económica: las estructuras de poder no se desmantelan de forma voluntaria.
Sea porque el sistema pre electoral les exige recursos que se consiguen coludiendo; sea que el aparato de apropiación de recursos de la gente no se puede detener so pena de que se caiga el sistema y exponga al consorcio delictivo.
La resistencia al cambio dentro de los sistemas corporativistas suele ser absoluta, ya que quienes deberían ejecutar la reforma son, precisamente, los principales beneficiarios del statu quo.
Cuando el ajuste solo ocurre ante el abismo de un default o una crisis terminal de financiamiento, no estamos ante una convicción filosófica de cambio, sino ante una capitulación forzada por la realidad aritmética.
El Estado no se achica por eficiencia, sino porque se ha quedado sin el dinero de los demás.
Se agotó el botín.
La trampa de los incentivos y el cambio de paradigma
Esta dinámica de «reforma por colapso» plantea un escenario donde la solución ya no parece ser política, sino estructural y tecnológica:
El Estado corporativo funciona como un intermediario que extrae recursos de los soberanos (ciudadanos) para distribuirlo entre sectores “protegidos”.
Cuando la crisis llega, esa intermediación se vuelve insostenible.
Los síntomas de una estructura agotada
Este fenómeno genera tres efectos que erosionan la confianza en el contrato social:
La «Asfixia del Soberano»:
El productor no solo compite contra sus pares en el exterior, sino contra su propio Estado y sus paniaguados.
Cada regulación innecesaria o sobrecosto tarifario actúa como un impuesto indirecto que drena la competitividad.
Cuando el costo de la legalidad y la permanencia es excesivo, los sectores más dinámicos —especialmente los jóvenes y los emprendedores tecnológicos— buscan jurisdicciones más amigables o se refugian en la economía informal, debilitando aún más la base de recaudación; generando otra carga: competencia desleal con los que pagan impuestos.
Mientras el sector productivo se ajusta el cinturón por subvencionar obligaoriamente al socio parásito (Estado) los sectores que viven del presupuesto público o de mercados protegidos suelen ser los últimos en aceptar que el modelo de «vivir de los demás» ha llegado a su límite matemático.
Queda al final un Estado inservible, anómico, inútil, que inventa excusas, “planes a futuro”, crea “nuevos derechos”, aumenta repartijas insustentables para sumar cómplices al festín de vivir del trabajo ajeno, que los voten en su desesperación por perder las canonjías a las que los acostumbraron.
El Estado soy yo no puede contener su gula hasta chocar contra la realidad, o servir de excusa para los que alientan una sociedad totalitaria.

Captura del Estado y corporativismo
Erosión de la soberanía individual
Reforma imposible y colapso estructural

Este análisis forma parte del eje temático de Orden Global y Geopolítica

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