De Mary Shelley a la inteligencia artificial, una advertencia sobre la ambición técnica cuando se separa de la responsabilidad moral.
En abril de 1815 la erupción de un volcán en la actual Indonesia esparció una nube de ceniza que cubrió el sol y dañó particularmente a Europa y América del Norte, aunque fue afectado todo el Planeta.
1816 fue conocido como «el año sin verano», pero no solo el turismo fue perjudicado.
A la pérdida de las cosechas, siguieron la hambruna, los desmanes, el saqueo…
Fue en ese gélido verano cuando nació Frankenstein.
En una quinta próxima a Ginebra, atrapados por el clima, se encontraban Lord Byron,
Percy Shelley, Mary Wollstonecraft y el Dr. Polidori, médico de Byron.
Se desafiaron a quién escribía el mejor cuento de terror.
De ahí salieron «Frankenstein o el Prometeo moderno, de Mary Wollstonecraft, y el personaje del vampiro, de Polidori.
Productos que han dado pie, con mayor o menor fortuna, a numerosos descendientes desarrollados por la literatura y el cine.
La historia es conocida: el Dr. Frankenstein construye con restos humanos un ser artificial.
Como le quedó bastante feo, lo rechaza.
El ser se siente herido en su sensibilidad y responde con violencia.
Esa es la consecuencia de no asumir la responsabilidad de lo que se crea.
El triunfo científico, en este caso, fue seguido del fracaso moral.
La famosa tensión entre la libertad y la responsabilidad.
¿Quién es verdaderamente el monstruo?
¿Ese ser desdichado que ni siquiera tenía otro nombre más que «el engendro» o «el demonio»?
¿O el creador irresponsable que no se hizo cargo de su creatura?
Es fácil comprender cómo este razonamiento es aplicable a distintas situaciones.
Después de todo, el espíritu de este drama no está lejos de la actitud de rechazo del poeta Neruda hacia su hija hidrocefálica.
Es posible realizar un paralelismo con otras invenciones humanas, como, por ejemplo, la Inteligencia Artificial.
Es que el Dr. Frankenstein es más que una invención literaria, es una advertencia.
La autora nos alerta sobre las consecuencias de la ambición desmedida.
El objetivo del científico debería ser el avance de la ciencia.
¿Es ese es el motivo de Frankenstein?
Es su ego.
Quiere ser como un dios.
No piensa sino en el éxito.
Pero el hombre no es Dios y no es bueno jugar a serlo.
La IA es un gran invento, sin duda.
¿Pero para qué sirve?
Por ejemplo, se podría revolucionar, y seguramente se está en ese camino, la tecnología militar.
Esto supone mejorar notablemente las armas de destrucción masiva.
Se han alzado voces que claman por una regulación de la IA.
La de la Santa Sede es una de ellas.
Así, en muchos círculos se aguardaba con interés la presentación de la nueva Encíclica papal.
El 26 de mayo de 2026 León XIV no defraudó esa expectativa y dio a conocer su «Magnifica Humanitas».
No era habitual que el acto estuviera protagonizado por el propio papa.
Comenzó su breve alocución dando gracias a todos los que habían colaborado con esa iniciativa, y «en particular, deseo agradecer al Sr. Olah por aceptar nuestra invitación», dijo el Pontífice.
¿Quién es este señor Olah, merecedor de esa distinción especial?
¿Por qué la Santa Sede tenía ese interés en que estuviera presente?
Christopher Olah es un joven investigador canadiense cofundador de una empresa de inteligencia artificial denominada Anthropic BPC (Public Benefit Corporation).
¿Y por qué se le invita?
La razón la dará el propio Olah, cuando después de la lectura del documento y de diversas intervenciones, dijo:
«Quiero empezar con algo que puede sonar algo extraño viniendo del cofundador de una empresa de IA, alguien que eligió este trabajo por el deseo de contribuir al bienestar de la humanidad».
Pero eso, ¿no es acaso lo que dicen todos?
Es habitual en el discurso empresarial la pretensión de presentarse como un benefactor.
Pero inmediatamente a esa frase, Olah agregó:
«Necesitamos voces morales que los incentivos no puedan doblegar».
Y por «incentivos» se refería a ese poderoso caballero que es Don Dinero.
Toda una declaración de principios, sin duda.
La historia de Olah incluye haber prestado servicios en empresas de IA a las que renunció, precisamente por cuestiones de ética.
Por eso, dijo Olah, que «si queremos que esta tecnología vaya por buen camino, es enormemente importante que haya personas fuera de esos incentivos… Es a través del diálogo y el esfuerzo mutuo […] como la humanidad logrará grandes cosas».
Y después de agradecer al papa y a la iglesia «por asumir esta labor de discernimiento», agregó: «A menudo nos detenemos en lo que nos divide, pero la humanidad llena de dignidad y conciencia, tiene muchísimo terreno común».
Y los más grave es que: «estamos construyendo sistemas que imitan el intelecto humano, pero cuyos procesos internos nos son completamente opacos».
Ya sabemos el porqué de la invitación.
En próxima nota veremos las distintas filosofías empresariales sobre este tema por demás significativo.
Frankenstein como advertencia moral.
IA, opacidad y responsabilidad humana.
La necesidad de voces fuera del dinero.
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