Una mirada incómoda sobre la miseria, el clientelismo y la forma en que la supervivencia inmediata destruye el juicio republicano.
La ilusión moral del estómago vacío: la corrupción como estrategia de supervivencia
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El debate contemporáneo sobre la corrupción política suele adolecer de un romanticismo pacato.
Se la combate desde los estrados con discursos bienintencionados, se la condena en los editoriales con una indignación republicana casi escolar, y se asume —con una ingenuidad pasmosa— que la rectitud moral es un absoluto universal, accesible por igual al ciudadano próspero que al individuo acorralado por la miseria.
No hay error de diagnóstico más severo.
El umbral de sensibilidad hacia el delito público no se rige por los manuales de educación cívica; se calibra, de manera implacable, en el estómago del ciudadano.
Cuando las necesidades básicas se transforman en una urgencia cotidiana e insatisfecha, el horizonte mental de los pueblos se encoge hasta reducirse a las próximas veinticuatro horas. Desaparece el largo plazo. Desaparece, por ende, esa abstracción sofisticada que llamamos «calidad institucional». ¿Qué valor real puede otorgarle a la separación de poderes o a la transparencia presupuestaria quien no tiene la certeza de alimentar a sus hijos al caer la noche? Ninguno.
Y pretender lo contrario no es solo un exceso de idealismo; es una crueldad analítica.
Para el marginado, las redes del clientelismo y la venalidad estatal no representan una quiebra ética, sino un seguro social informal, acaso el único que le ha resultado efectivo.
El ya folclórico aforismo rioplatense «Roba pero hace» o peor, “roba pero reparte“no es una muestra de cinismo atávico ni una claudicación moral; es un cálculo de una racionalidad económica abrumadora. Expresa la resignación de quien sabe que el sistema es intrínsecamente rapaz, pero prefiere al malhechor que derrama una porción del botín sobre el desierto de su vulnerabilidad, antes que al burócrata probo cuya honestidad inoperante no altera un ápice su destino de escasez.
Aquí radica el verdadero drama del subdesarrollo.
La indigencia no solo depaupera el cuerpo; confisca el juicio crítico.
Al privar a los ciudadanos de una formación intelectual sólida —aquella matriz clásica del pensamiento lógico que permite desarmar el engaño de la retórica populista—, las oligarquías demagógicas construyen una clientela cautiva.
La asimetría de información se vuelve total: la macro-corrupción que destruye el futuro del país permanece invisible, oculta detrás de la micro-dádiva que resuelve el presente inmediato.
El poder político se convierte así en el administrador discrecional de la supervivencia ajena.
No se sale de este lazo de dependencia con sermones biempensantes ni con leyes más severas que los delincuentes siempre sabrán eludir, en relación proporcional al nivel de poder político alcanzado.
El umbral de tolerancia a la corrupción solo se elevará cuando el individuo deje de depender del favor político para ejercer su condición de ser humano.
Mientras la subsistencia sea una concesión del gobernante y no el fruto de reglas claras, de mercados libres realmente en cuanto a un poder básico adquisitivo, y de una propiedad respetada, la moral republicana seguirá siendo un lujo inalcanzable para quien vive a la intemperie mendigando, junto con su prole.
Para que la honestidad sea un valor civil consagrado y sancionado penalmente su avasallamiento, primero debe dejar de ser un obstáculo para la vida.
De esto se abusan desde el fondo de los tiempos los tiranos, los mafiosos, y últimamente, la prostitución de los valores republicanos.
Corrupción y supervivencia.
Clientelismo y dependencia.
Miseria y juicio moral.
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