Uruguay destina un presupuesto equivalente a un tercio de su economía, pero solo una fracción mínima llega a quienes viven en situación de mayor vulnerabilidad.
LA MULTIPLICACIÓN DE LA NIÑEZ CARENCIADA
La aritmética del estancamiento: 23.000 millones de razones para el escepticismo
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La perseverancia en el autoengaño nacional
Asistimos en el Uruguay a un fenómeno de asombrosa regularidad: la domesticación de nuestra capacidad de asombro ante la ineficacia política explícita.
Hemos edificado una cultura donde el ciudadano común ensaya una suerte de reverencia ante las magnitudes del Estado, confundiendo la inercia burocrática con la Providencia.
Se nos dice con insistencia monótona que el Presupuesto Nacional consolidado de la República roza ya los 23.000 millones de dólares, una cifra colosal que equivale a la tercera parte de todo lo que la laboriosidad y el ingenio de los orientales producen en un año.
Cualquier observador desprovisto de anteojeras ideológicas supondría que un artefacto extractor de semejante potencia tendría, al menos, la delicadeza de resolver las carencias más elementales de la polis.
Sin embargo, cuando la coyuntura política y las tensiones parlamentarias obligan a abrir las compuertas del denario público para atender las llagas más urgentes de la sociedad —como la penuria material que asfixia a tantos compatriotas—, la montaña pare un ratón: se anuncian, con bombos y platillos de retórica oficial, partidas supuestas, que apenas alcanzarían los 30 millones de dólares.
Esta desproporción —un insultante 0,13% del gasto total— no es un error de cálculo; es el testimonio de una bancarrota ética y sistémica.
Ese presupuesto “consolidado” incluye 7 mil millones de nuevo endeudamiento
Esa precisión es fundamental y desnuda por completo la inviabilidad del modelo actual.
Si de esos 23.000 millones de dólares, unos 7.000 millones corresponden a nuevo endeudamiento, el diagnóstico pasa de alarmante a terminal.
Ya no estamos solo ante un problema de asignación ineficiente del ingreso corriente; estamos ante un Estado que hipoteca el futuro de las próximas generaciones de “asistidos” que se van sumando, para sostener el gasto presente de su aparato burocrático.
Que casi un tercio del presupuesto consolidado se financie con deuda significa que los ingresos tributarios genuinos ya ni siquiera alcanzan para pagar la “fiesta” que los políticos disfrutan del sistema estatal.
El Estado uruguayo es un deudor crónico que sale al mercado internacional a buscar 7.000 millones de dólares por año, no para construir infraestructura transformadora o capitalizar al ciudadano, y menos para superar sus llagas sociales, sino para pagar salarios públicos, pasividades indebidas y prebendas corporativas.
Es la contradicción absoluta de la retórica social.
Se justifica el endeudamiento en nombre de la estabilidad o de los más débiles, pero la realidad es que se está emitiendo deuda que terminarán pagando —con más impuestos y menos oportunidades— los mismos niños, y otros nuevos, que hoy se encuentran en la pobreza. Es un impuesto diferido en el tiempo.
El contraste obsceno de conseguir 7.000 millones de dólares en crédito para mantener la inercia elefantiásica del Estado, mientras el debate político se traba y se vanagloria por reasignar apenas 30 millones para el entorno familiar de los sectores vulnerables, expone la escala de valores del sistema.
Para la burocracia, miles de millones en deuda; para la producción y la emergencia social, las sobras del presupuesto y el discurso políticamente correcto.
El endeudamiento sistemático para financiar gasto corriente e improductivo es la prueba de que el aparato estatal ha dejado de servir a la nación para servirse a sí mismo, confiscando el ahorro presente y devorando el bienestar futuro.
El sistema político uruguayo opera hoy como un supermercado de promesas electorales que pierde paulatinamente su presupuesto en alimentar su endogamia: burocracia de inservibles, inmorales, insensibles, prebendarios y clientelares, dejando para las funciones más elementales de la asistencia solo las migajas que caen de la mesa del banquete estatal.
El costo de oportunidad de la ilusión fiscal
Si traducimos la indignación moral del ciudadano a las frías y, por ende, más implacables leyes de la ciencia económica, el panorama resulta técnico en su diagnóstico, pero catastrófico en sus consecuencias.
El Producto Bruto Interno (PBI) no es una abstracción mística; es el resultado neto de individuos que asumen riesgos, acumulan capital, lo invierten, generan trabajo y comercian libremente, con la esperanza de generar nuevos recursos que el gobierno les confiscará a partes iguales, ganen o pierdan.
Cuando el Estado extrae de ese flujo la suma de 23.000 millones de dólares bajo el pretexto de una supuesta justicia distributiva, genera una distorsión macroeconómica que compromete el porvenir.
Examinemos la asignación de recursos con el rigor que la disciplina exige:
La falsedad del fin social: Si de una masa de gasto público equivalente a casi un tercio del PBI, la focalización extrema en mitigar la vulnerabilidad económica es de apenas un residuo decimal, la justificación moral de la presión fiscal se derrumba por completo.
Esos miles de millones no nacen en los escritorios ministeriales.
Son recursos sustraídos al circuito productivo.
El dinero que se destina a sostener la superestructura de un aparato estatal ineficiente es capital que se le niega al creador de empleo, al productor, al industrial, al que debiera disponerlos para multiplicarlos.
Destinar 30 millones de dólares frente a un universo de 23.000 millones demuestra que el coeficiente de ficción de la burocracia estatal es total.
El Estado uruguayo gasta fortunas para gestionar mal; es un intermediario voraz que consume el recurso antes de que este pueda alterar positivamente la realidad de los más desfavorecidos.
Un ejemplo de insensibilidad y prioridades obscenas: el gobierno adquirió los derechos de transmisión de 32 partidos del Mundial 2026, así como los de la ceremonia del sorteo, por un total de US$ 4,1 millones.
El Ejecutivo argumentó ante el TCR y la opinión pública que el gasto persigue un fin de «interés social y acceso universal», permitiendo el retorno de la transmisión de la cita mundialista a la televisión abierta y gratuita en todo el territorio uruguayo.
Más allá de que el resultado fue una nueva frustración deportiva, la izquierda prioriza su imagen electoral pagando la séptima parte de lo que presupuestalmente destinará el próximo año a los más infelices.
Presupuesto público.
Endeudamiento estructural.
Prioridades del Estado.
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