La laicidad no niega la dimensión espiritual: protege la libertad de conciencia frente a toda apropiación religiosa del Estado.
La espiritualidad no tiene dueño
Laicidad, religión y libertad de conciencia ante la visita del papa
Por Santiago H. Pereira Testa
La próxima visita del papa al Uruguay ha reavivado una discusión que conviene plantear con claridad.
El problema no consiste en negar el respeto que merece como jefe de Estado, referente religioso y figura de relevancia internacional.
La cuestión aparece cuando se pretende convertir al Parlamento, ámbito común de todos los ciudadanos, en tribuna de una autoridad religiosa.
Quienes cuestionan esa posibilidad han sido acusados de intolerantes, de practicar una laicidad extrema e incluso de rechazar la espiritualidad.
Esa acusación parte de una idea equivocada.
Supone que las religiones son propietarias de la dimensión espiritual del ser humano.
La espiritualidad, sin embargo, es anterior y más amplia que cualquier credo.
Nace de la capacidad humana de preguntarse por el sentido de la existencia, examinar la propia conducta, buscar la verdad, cultivar valores y procurar una transformación interior.
Puede manifestarse a través de una religión, pero también mediante la filosofía, el arte, el conocimiento, la contemplación, el servicio o la búsqueda consciente de superación.
La religión puede ser un camino espiritual para muchas personas.
No es el único camino posible.
Mucho menos puede atribuirse la representación exclusiva de una dimensión que pertenece a la intimidad de cada ser humano.
La religión organiza relatos, símbolos, rituales, autoridades y respuestas.
La espiritualidad mantiene viva la búsqueda.
La religión señala un camino.
La espiritualidad conserva el derecho de cada conciencia a encontrar el suyo.
La diferencia se vuelve especialmente importante cuando aparecen los dogmas.
El dogma no se presenta como una idea que pueda ser examinada o corregida.
Se presenta como una verdad que debe ser aceptada.
Allí surge una tensión inevitable entre religión y libre albedrío.
El creyente puede preguntar, interpretar y reflexionar, pero generalmente dentro de límites definidos previamente por la doctrina.
Puede buscar, siempre que no ponga en cuestión las respuestas fundamentales.
Por eso resulta discutible afirmar que el dogma amplía necesariamente la espiritualidad.
Con frecuencia la delimita, la encauza y la subordina a una autoridad exterior.
La laicidad no niega la espiritualidad.
La protege de toda apropiación.
Al impedir que el Estado adopte una religión o privilegie una doctrina, garantiza que cada persona pueda creer, dudar, investigar, cambiar de convicciones o vivir espiritualmente sin someterse a una autoridad religiosa.
También protege al creyente, porque impide que otro credo pueda serle impuesto desde el poder.
Negar una tribuna parlamentaria al papa no significa censurarlo.
Dispone de iglesias, instituciones, medios de comunicación y espacios públicos desde los cuales dirigirse libremente a quienes deseen escucharlo.
La cuestión no es si puede hablar.
La cuestión es desde qué autoridad habla y qué significado institucional adquiere el lugar desde el cual lo hace.
El Parlamento representa a creyentes, agnósticos, ateos y personas que cultivan su vida espiritual fuera de toda religión.
Precisamente porque representa a todos, no debe colocarse simbólicamente bajo la autoridad de ninguna fe.
La espiritualidad no pertenece al papa, a la Iglesia católica ni a ninguna otra religión.
Pertenece a cada ser humano que intenta comprender su existencia, gobernar su conciencia y construir libremente el sentido de su vida.
La laicidad no empobrece esa búsqueda.
La libera.
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