El autor vincula el estancamiento de unos 500.000 uruguayos con un sistema educativo, fiscal y laboral que, a su juicio, bloquea la movilidad y exige reformas liberales.
LOS VEINTICINCOMILPESISTAS
Una subcasta de esclavitud de la izquierda
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El estancamiento de los veinticincomilpesistas: una trampa que Uruguay no puede seguir costeando
Existe en el Uruguay de hoy una realidad tan macroscópica como ignorada en los grandes debates de la superestructura política: el fenómeno de los «veinticincomilpesistas». Un neologismo que los asesores de campaña de la izquierda inventaron, sin considerar, que ellos ya habían gobernado por 15 años y los encalacrados no pueden salir porque ellos obturaron los caminos naturales de salida.
Hablamos de un universo aproximado de medio millón de compatriotas cuyos ingresos mensuales se empantanan crónicamente en torno a los $25.000 pesos líquidos, el equivalente a unos modestos 500 dólares.
Este medio millón de personas no es una anécdota estadística ni un accidente del mercado; es el síntoma más evidente de un modelo económico anquilosado, corporativo, hiperextractivo, y sobreintervenido.
Cuando miramos con rigor analítico los datos y la trastienda de nuestro funcionamiento institucional, la conclusión es implacable: el Uruguay actual opera como una gigantesca máquina de impedir el progreso.
Para entender cómo llegamos aquí —y, sobre todo, cómo salir de este callejón sin salida— debemos diseccionar los cinco engranajes de esta trampa social y contraponerlos con las herramientas de la libertad económica.
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Las cinco dimensiones del estancamiento:
Una educación cautiva de corporaciones que adoctrinan en demandar más de lo que se crea.
El ascensor social uruguayo está roto, y el principal responsable es un sistema educativo formal que prioriza la conservación de estructuras burocráticas y privilegios gremiales por sobre el aprendizaje de los alumnos.
El resultado es un desastre silencioso: jóvenes que egresan sin las competencias básicas, sin pensamiento crítico y completamente desconectados de las exigencias del siglo XXI.
Sin capital humano calificado, el trabajador queda condenado de antemano a competir en el subsuelo de la productividad; y por ende, del salario.
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Un sistema tributario punitivo: el impuesto al mérito, al esfuerzo, y al trabajo
El diseño fiscal opera como un auténtico castigo al esfuerzo.
Por un lado, el trabajador que logra especializarse y aspira a mejorar sus ingresos se encuentra con una progresión impositiva que absorbe gran parte de su ganancia de poder adquisitivo, matando el incentivo al progreso.
Por el otro, el empleador —especialmente en el universo PYME— se enfrenta a una cuña fiscal asfixiante. Aportes patronales, cargas parafiscales y seguros obligatorios elevan el costo laboral real a niveles confiscatorios. Un “socio” zángano que parasita al modesto empleador.
El resultado es lógico: contratar o subir un sueldo se convierte en un riesgo financiero inasumible, fomentando la informalidad o la estagnación deliberada de las empresas.
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Un mercado laboral rígido y anclado en el pasado
Atado a la ultraactividad de los convenios colectivos y a una maraña de regulaciones decimonónicas, el mercado de trabajo uruguayo carece de la flexibilidad indispensable para adaptarse a los tiempos modernos.
En lugar de premiar la productividad individual y la innovación, se protege un statu quo que expulsa a los más vulnerables hacia la informalidad y la precariedad, impidiendo que el salario real crezca de manera genuina. Sumado a una militancia sindical tóxica, que da ejemplo de esclavitud de unos sobre otros. Casualmente sobre el único que trabaja.
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Consumo de subsistencia y voracidad indirecta. Los veinticincomilpesistas no está exento de explotación también, por el Estado, cada vez que come, usa el transporte, o los servicios públicos le paga el alto sueldo a los políticos, sus viajes, privilegios, y veleidades.
Con un ingreso de 500 dólares, el margen de ahorro o inversión personal es sencillamente inexistente.
Este poder de compra famélico se ve además castigado por impuestos indirectos sumamente regresivos, y por una economía plagada de aranceles y monopolios que encarece artificialmente los bienes básicos. Cuando pudo comprar en TEMU este gobierno le aplicó IVA.
El uruguayo promedio de este segmento vive para pagar impuestos invisibles mientras consume lo mínimo indispensable.
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El cambio de época y la amenaza de la obsolescencia.
El mundo avanza a una velocidad vertiginosa impulsado por la automatización y la inteligencia artificial —lo que denominamos la Revolución Agéntica—. Mientras las economías ágiles replantean sus estructuras para competir en el nuevo tablero global, Uruguay corre el riesgo de consolidar un peligroso dualismo: un sector exportador moderno y tecnificado que convive con una inmensa masa laboral rezagada, incapaz de insertarse en la economía del conocimiento; de donde proviene la pobreza infantil.
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Las alternativas de salida: hacia una agenda de libertad y eficiencia
Continuar administrando esta decadencia mediante parches asistencialistas o más regulaciones es condenar al país al subdesarrollo crónico.
La salida, que no sea por el Aeropuerto, requiere audacia reformista y la aplicación de principios liberales probados:
Reforma educativa basada en la libertad de elección: Es imperativo descentralizar el sistema y empoderar a las familias mediante mecanismos de financiamiento a la demanda (vouchers o instrumentos similares), permitiendo que los centros educativos compitan por calidad pedagógica y excelencia.
Solo la competencia descentralizada rescatará a las nuevas generaciones.
Revolución fiscal y desgravación del empleo: Debemos desmantelar la estructura que castiga al que produce. Esto implica simplificar el sistema tributario, eliminar los impuestos que frenan la mejora salarial y reducir drásticamente las cargas patronales.
Bajar el costo no salarial no es un favor al empresario, es la llave maestra para abrirle las puertas del empleo formal y a la mejora salarial a esos 500.000 uruguayos.
Flexibilización contractual y desregulación: Hay que devolverles autonomía a las partes en las relaciones laborales. Permitir acuerdos que reflejen la productividad real de cada sector y empresa reactivará la contratación genuina y dinamizará el mercado de trabajo. Nada se arregla con bajar el horario en algún sector, mientras los otros prenden la alarma del desempleo.
Apertura económica y baja del costo de vida: Es hora de desmantelar los nichos de protección corporativa y los aranceles abusivos que encarecen la vida de los uruguayos. Un país abierto al comercio internacional premia la eficiencia y traslada precios más bajos a los consumidores.
Austeridad y auditoría agéntica del Estado: Ninguna rebaja de impuestos es viable sin una reducción drástica del gasto superfluo. La incorporación de tecnologías disruptivas y agentes autónomos de IA para auditar la gestión pública permitirá transparentar el uso de los dineros del contribuyente, erradicando el despilfarro burocrático y liberando los recursos necesarios para sanear la economía.
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El estancamiento de los veinticincomilpesistas no es un destino ineludible, sino la consecuencia de malas políticas, probadamente fracasadas, sostenidas durante décadas por gobiernos de izquierda o negados al cambio.
Uruguay tiene el talento, la estabilidad institucional y el potencial para dejar atrás esta trampa.
El dilema histórico es claro: o persistimos en el corporativismo que premia la inmovilidad y asfixia al que produce, o emprendemos las reformas liberales que devuelven la libertad, el mérito y la prosperidad al centro de la vida nacional.
El cambio de época no espera, y el futuro pertenece a los países que se atreven a liberar las fuerzas vivas de su gente.
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