La división entre izquierda y derecha pierde sentido ante una disputa más profunda entre estatismo, libertad individual y responsabilidad republicana.
EL ECLIPSE DE LAS ETIQUETAS
Y LA AURORA DE LA VERDADERA DISYUNTIVA
Una división interesada para detentar el poder
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Durante más de dos siglos, el debate político ha estado secuestrado por una taxonomía tan anacrónica como falaz: la división entre izquierda, centro y derecha.
Esta entelequia geométrica, parida al calor de la Revolución Francesa, no solo ha perdido todo valor heurístico, sino que hoy cumple una función profundamente perniciosa: embarrar la cancha, encubrir privilegios corporativos y otorgar patente de corso a demagogos de variopintas estéticas.
Hoy, en medio de un revolucionario cambio de época, la propia realidad geopolítica de nuestra región se encargó de demoler los viejos casilleros.
El mapa electoral de América Latina atraviesa una transformación copernicana: los ciudadanos, hastiados de la decadencia corporativa, han llevado masivamente al poder a nuevos gobiernos de raigambre liberal y libertaria que desafían el statu quo estatista.
Aferrarse a viejos marbetes es, en este contexto, un ejercicio de soberana ineptitud. La verdadera divisoria de aguas no pasa por la geometría parlamentaria, sino por el antagonismo irreductible entre dos modelos de sociedad y de ejercicio del poder.
El fracaso de la coacción como falso bien
Uno de los pilares más erosionados del modelo estatista es el mito de la «solidaridad impuesta». Bajo el pretexto de una supuesta justicia social, se ha utilizado la fuerza del Estado para confiscar el fruto del trabajo ajeno.
Sin embargo, la historia y la lógica económica han demostrado que la solidaridad obligatoria no solo es una contradicción en sus términos —la solidaridad, por definición, requiere de la voluntad del sujeto—, sino que ha fracasado estrepitosamente.
La coacción estatal ha destruido el tejido social, reemplazando la vocación de servicio por la mendicidad política y el clientelismo, y convirtiendo la filantropía en un vulgar mecanismo de redistribución arbitraria, mentirosa, corrupta, que promueve la vagancia y desincentiva la creación de riqueza.
Del estatismo expoliador a la cleptocracia institucionalizada
El modelo tradicional de “izquierda”, que opera bajo el amparo de esa solidaridad forzada, destruye sistemáticamente los recursos productivos mediante una fiscalidad confiscatoria.
Olvidan los cultores de este esquema que el capital no surge por generación espontánea, sino del ahorro, el esfuerzo y la abstinencia del sector privado.
Al sobrecargar al ciudadano, el Estado se convierte en un socio parasitario. Este modelo necesita de la opacidad para sobrevivir; multiplica las regulaciones porque sabe perfectamente que en la oscuridad del laberinto burocrático es donde medran los amigos del poder y se encubre la corrupción.
La ineficiencia estatal es el hábitat natural de la casta, que además para pervivir, frena radicalmente cualquier avance al cambio propositivo.
El nuevo paradigma: armonía, tecnología y creatividad
En la vereda de enfrente emerge con fuerza incontenible el paradigma de la libertad, respaldado por este nuevo aire regional que recorre el continente.
Frente a la solidaridad impuesta que solo ha traído miseria, hoy florece una armonía social genuina, basada en el respeto recíproco y la cooperación voluntaria.
Es un orden donde la equidad no se decreta, sino que emerge como resultado de la igualdad ante la ley y la libre competencia, empujando al individuo al esfuerzo, a la continua transformación y a la creatividad estética más elevada.
Este nuevo tiempo histórico nos dota además de herramientas disruptivas formidables.
La incorporación de arquitecturas basadas en registros acotados y sistemas de auditoría algorítmica permite auditar la gestión pública en tiempo real, pulverizando la discrecionalidad del funcionario.
Esto no solo garantiza la transparencia radical, sino que libera las energías creadoras de la sociedad, permitiendo que la verdadera cultura y el ingenio humano vuelvan a ser los motores del progreso.
La dicotomía contemporánea ya no es espacial, sino ética e institucional.
O se convalida el rezago de un estatismo expoliador y de falsas banderas solidarias, o se abraza este nuevo ciclo de libertad individual, responsabilidad y rigor republicano que ya inunda nuestra región.
La tarea es implacable: barrer con los viejos casilleros ideológicos y exigir que el poder político rinda cuentas, proteja los derechos y devuelva al individuo la soberanía sobre su propio destino, donde la armonía social sea el fruto de hombres libres y no de súbditos de un Estado voraz.
El adoctrinamiento como forma de acumular poder viene dejando paso a la libertad responsable del ciudadano. Esa que, en los albores de la Patria, produjo la magia de un individuo autoválido, que dio paso a una próspera República, cumpliendo el sueño de calidad de vida a la sociedad nativa y a esforzados expatriados.
Crisis de las etiquetas políticas
Estatismo y libertad individual
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