Valcorba, o la condena que la izquierda pronuncia
Paradójicamente, aquellos que engoladamente discursean sobre la explotación del hombre por el hombre, son los que crearon el sistema óptimo de explotación humana: el totalitarismo perfecto; y lo exportaron con total éxito.
Es un paquete de medidas que no fallan.
Tienen el veneno perfecto del odio al semejante exitoso, meritorio, creativo, multiplicador de recursos para toda la sociedad.
Promueve toda clase de vesanias en contra de la moral, la ética, la norma general y abstracta.
Consigue con total éxito hacer fracasar todo intento por hacer crecer la economía, generar la expansión del trabajo, multiplicar la aspiración de mejorar la condición de pobre.
El programa del FA aplicado íntegramente sería, sin duda, la rotunda generación de un totalitarismo de Estado perfecto.
Lleva la ironía de los cultores del igualitarismo al terreno de la redistribución íntegra de la riqueza en Uruguay.
De ser aplicado, entraríamos en el escenario que el economista Martín Vallcorba ha calificado como "impagable" o financieramente inviable. Generando una lejana e irrealizable expectativa, “cuando se den las condiciones” que exhibe una utopía imposible.
En este universo paralelo, el país se transformaría en una obra de arte conceptual donde la economía ha sido sacrificada en el altar de la igualdad absoluta que no se cumple, obviamente, en ningún país socialista.
Siempre hay hijos y entenados. O mejor dicho, entrenados. Personas capaces de rapiñar el futuro, suavemente, hasta que la sociedad fue cocinada a fuego lento.
El Paisaje de la "Igualdad Perfecta"
Wilde decía que "solo los que son financieramente independientes pueden permitirse el lujo de tener principios".
En un Uruguay de redistribución total, al desaparecer la independencia financiera individual, los principios pasarían a ser propiedad exclusiva del Estado y de quienes lo manejen, depositándolos en el baúl de los trastos viejos.
El Efecto: Al igualar equitativamente TODOS los recursos personales por decreto, la “tarjeta de racionamiento” se haría carne parejamente en el país.
Se eliminaría la envidia, pero también la admiración.
Nadie querría ser el mejor cirujano si el Estado le compensa igual que al que solo mira cómo crece el pasto.
Uruguay se convertiría en un inmenso Club Social de clase oprimida, donde todos visten la misma camiseta sin mangas, toman el mismo mate y nadie destaca, igualitariamente por disposición del mando superior.
Porque destacar sería una falta de ortografía contra la “solidaridad” integral nacional impuesta.
La Fugacidad del Capital (El "Efecto Mariposa" Financiero)
Martín Vallcorba advierte que el programa es "impagable" porque los números de la repartija no cierran sin inversión.
Wilde apuntaría que "el capital es como la juventud: algo que se desperdicia en quienes no saben usarlo".
La Diáspora del Dinero: Si se aplicara la redistribución integral, el pequeño capital uruguayo, y el que se consigue exonerándolo de la brutal carga fiscal y del gasto público, —ese animal tímido y cobarde— no se dejaría redistribuir; simplemente se mudaría a Paraguay o Miami antes de que el primer inspector tocara el timbre.
El Resultado: El país quedaría con una infraestructura de bienestar magnífica que usarían los neo privilegiados, pero sin el motor para encender las luces.
Sería como tener una entrada para la ópera en un teatro donde los músicos han vendido sus instrumentos para pagar el boleto del ómnibus.
La Burocracia de la Benevolencia
Wilde afirmaba que "la caridad crea una multitud de pecados". En este esquema, el Estado no sería un administrador, sino un Curador de Vidas todas Incapaces.
Para redistribuir cada peso, se necesitaría un ejército de burócratas tan grande que la mitad de la población estaría ocupada vigilando lo que la otra mitad no produce.
El Clímax: Al final, no habría riqueza que repartir, solo pobreza equitativamente administrada por los cultores del reparto.
Uruguay sería el país más igualitario del mundo, pero con la igualdad de los pasajeros de un barco que se hunde: todos están en la misma clase, pero todos están ahogándose.
Si se lograra aplicar el programa que Valcorba dice “imposible”, Uruguay sería estéticamente fascinante, pero, económica y socialmente inexistente.
Habríamos resuelto el problema de la pobreza eliminando la posibilidad de la riqueza, olvidando que, como decía Oscar, "el único deber que tenemos con la historia es, no reescribirla", no convertirla en un manual de contabilidad creativa.
Si nos adentramos en el consumo de lujo y el destino de Punta del Este bajo una redistribución íntegra, el escenario sería digno de una comedia de salón: un lugar donde "la importancia de llamarse Ernesto" es reemplazada por "la obligación de ser igualitario".
El Ocaso de los Vanidosos
Wilde decía que "el consumo de lujo es el único refugio de las naturalezas complejas".
En este hipotético Uruguay bolivariano, el lujo no sería ilegal, pero sería estéticamente inexistente.
Al redistribuir la riqueza de forma total, el lujo dejaría de existir por falta de audiencia.
Un Rolls-Royce en una calle donde todos tienen un pase de ómnibus gratuito no es un símbolo de estatus, es un error de diseño.
Las joyerías de la Calle 20 se convertirían en centros de distribución de pan artesanal (a costo igualitario), y los hoteles de cinco estrellas serían transformados en residencias sindicales con una arquitectura "demasiado pretenciosa" para sus nuevos habitantes.
Punta del Este: El Museo del "Ayer"
¿Qué pasaría con el balneario más exclusivo de América Latina?
El Efecto: Sin grandes capitales, Punta del Este se convertiría en una "Chernóbil de terciopelo".
Las mansiones de Beverly Hills (en Punta) quedarían como monumentos de una civilización zombi, que creía que el éxito se medía en metros cuadrados de piscina.
La Ironía: El Estado intentaría democratizar los yates, pero descubriría que un yate compartido por 40 personas es, simplemente, una lancha pesquera con exceso de espejos.
El Triunfo del "Kitsch" Solidario
En un país sin ricos, el estilo deja de ser una aspiración para convertirse en una sospecha.
Como no habría fortuna que ostentar, la elegancia sería vista como una forma de disidencia.
El uruguayo vestiría con una "sobriedad obligatoria", logrando ese ideal que Wilde tanto temía: el triunfo de lo útil sobre lo bello.
Surgiría un mercado negro de corbatas de seda y perfumes franceses, donde la gente se reuniría en sótanos oscuros para beber vino nacional de contrabando, y hablar de "cuándo el dinero era vulgar, pero al menos existía".
La Conclusión Estética
Si se aplicara el programa que Vallcorba advirtió como una quimera financiera, Uruguay sería otro país socialista en morir de "anemia de estilo".
Habríamos eliminado la desigualdad, pero a cambio de convertir la vida en una larga e interminable asamblea de copropietarios sin número de apartamento.
Wilde cerraría el debate diciendo: "Es una pena; la desigualdad era lo único que hacía que las fiestas valieran la pena.
Ahora que todos somos iguales, nadie tiene nada de qué hablar de los otros".
Siguiendo esa lógica, el primer discurso de Orsi, imitando a Mujica, tras la aplicación total del programa no sería una rendición de cuentas, sino un monólogo frente al espejo.
El Discurso de la Victoria del Narciso Político
El presidente se pararía frente a los micrófonos y, en lugar de mirar a la multitud, miraría su propio reflejo en el cristal del podio, diciendo:
"Ciudadanos: Hemos logrado lo imposible. El programa se ha cumplido de forma tan absoluta que ya no queda país, solo queda el Programa.
Nos advirtieron que los números no cerraban, pero como bien sabemos, los números son una vulgaridad de los contadores; nosotros preferimos el verso de nuestras propias consignas."
El Amor Propio como Política de Estado
Wilde afirmaba que "amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida".
En esta interpretación, el FA habría transformado su ideología en un fin en sí mismo.
El país se habría convertido en el escenario necesario para que el partido pueda admirar su propia "superioridad moral".
Si el país sufre por la aplicación del programa (como advierte Vallcorba desde la técnica), es culpa de la realidad por no estar a la altura de la belleza del proyecto.
El País como Sacrificio Estético
Para Wilde, el artista no tiene simpatías éticas; para el FA en este escenario, el gobernante no tiene simpatías económicas.
La Conclusión: El partido de izquierda no adora al Uruguay real —ese país de productores, de comerciantes y de gente equilibrada que quiere prosperar individualmente—, sino al Uruguay Ideal que ellos han diseñado en borrador.
Si el Uruguay real tiene hambre mientras el Uruguay Ideal es "justo", el partido se sentirá satisfecho.
Como diría Oscar: "La tragedia del FA es que ha confundido el bienestar del pueblo con la imposición de su propia retórica".
El Espejo Roto
Al final, el país quedaría como un jardín devastado donde el jardinero está demasiado ocupado admirando lo bien que combinan sus guantes con su tijera de podar.
La redistribución total habría dejado a todos igual de pobres, pero al partido igual de orgulloso de igualarnos. Habrían destruido la economía para salvar la coherencia de su folleto electoral.
Epílogo Wildeano
Wilde cerraría el libro de la historia uruguaya con una sentencia definitiva:
"El Frente Amplio ha cometido el pecado más imperdonable de la política: ha preferido tener razón a tener éxito.
Han creado un país donde nadie puede ser rico, pero todos deben ser agradecidos… principalmente con el Partido, por haberles ahorrado la molestia de tener que elegir su propio destino".
