Industrial activity around a meat-processing facility in Tacuarembó, Uruguay.

¿Quién hizo materialmente el Uruguay? De Lafone a Jodal

Una pregunta de Yitzhak Rabin sobre Fernando Secco Aparicio abre una cuestión más amplia: por qué el país recuerda mejor a quienes lo gobernaron que a quienes produjeron, invirtieron y crearon empresas.

DE LAFONE A JODAL
¿CÓMO ESTÁ FERNANDO SECCO APARICIO?

Una pregunta inesperada de Yitzhak Rabin conduce a otra bastante más incómoda: ¿por qué Uruguay recuerda tan bien a quienes lo gobernaron y tan poco a quienes lo hicieron producir?
Por Santiago H. Pereira Testa

Una de las mayores sorpresas de mi vida ocurrió en 1995, cuando tuve oportunidad de saludar a Yitzhak Rabin.
Después de saber que yo era uruguayo, me preguntó:
¿Cómo está Fernando Secco Aparicio?
Confieso que la pregunta me impresionó.
El primer ministro de Israel sabía perfectamente quién era un empresario de Tacuarembó.
Durante muchos años conservé aquel episodio como una curiosidad.
Hoy pienso que encerraba una pregunta bastante más profunda.
Quizá lo verdaderamente sorprendente no fuera que Rabin recordara a Fernando Secco Aparicio.
Quizá lo sorprendente fuera que a nosotros pudiera parecernos extraño que un jefe de gobierno extranjero recordara a un empresario uruguayo.
Fernando Secco Aparicio había impulsado en 1960 la creación del Frigorífico Tacuarembó, en una época en que instalar una industria de aquella magnitud a cuatrocientos kilómetros de Montevideo constituía una apuesta considerable.
El emprendimiento comenzó modestamente, incorporó trabajadores de la propia ciudad, desarrolló mercados en Europa y otros destinos y fue creciendo hasta transformar profundamente la economía de Tacuarembó.
En 1973 ingresó al mercado judío.
En 1978 Frigorífico Tacuarembó llegó a ser el principal exportador de carne del Uruguay, con más de 109.000 vacunos faenados y unas 22.854 toneladas exportadas.
No sé exactamente qué vínculo personal había construido Secco Aparicio con Yitzhak Rabin.
Sí sé lo que escuché.
Y aquella pregunta demuestra, por lo menos, que su nombre había llegado bastante más lejos que Tacuarembó.
Años después encontré una reflexión de Tomás de Mattos que ayuda a comprender la dimensión humana de aquello.
Recorriendo el frigorífico con Secco Aparicio, su fundador le señaló la diferencia entre escribir una novela y dirigir aquella enorme organización, porque de esa “novela de novillos y cámaras de frío” dependían muchas familias.
Ahí está quizá la diferencia fundamental entre observar una empresa y comprenderla.
Una empresa no es solamente el patrimonio de su propietario.
Es una organización humana.
Es trabajo. Es conocimiento. Es proveedores. Es clientes. Es tecnología. Es impuestos. Es salarios. Es familias que pueden proyectar su vida porque alguien, antes que ellas, decidió asumir un riesgo.
Y es también fracaso cuando las cosas salen mal.
Hace poco recordé aquella conversación con Rabin mientras comentaba con mi amigo Daniel Cervini (CEO de Centinela) el trabajo de Tatiana Cortazzo y su persistencia en dar visibilidad a empresarios y emprendimientos uruguayos.
Le decía que siempre me había llamado la atención una característica de nuestro país.
Uruguay reconoce con naturalidad a sus políticos, militares, médicos, escritores, intelectuales y hombres de Estado.
Y está muy bien que lo haga.
Pero parece experimentar una incomodidad bastante mayor cuando debe reconocer al empresario.
Naturalmente existen excepciones.
El propio Tacuarembó ha dado el nombre de Fernando Secco Aparicio a una de sus avenidas y en 2025 inauguró una plaza en su homenaje.
Al hacerlo, el intendente habló expresamente de una “deuda pendiente” con quien había generado algo que transformó al departamento.
La expresión resulta reveladora.
Porque si hubo una deuda pendiente con Secco Aparicio, probablemente existan muchas otras.
Pensé entonces en los Carrau. Pensé en Joaquín Serratosa y Alberto Castells. Pensé en Campomar. En los Salvo. En Piria. En Harriague.
Y comprendí que la lista podía extenderse casi indefinidamente.
Entonces apareció una pregunta mucho más interesante.
¿Quiénes hicieron materialmente el Uruguay?
No solamente quiénes lo gobernaron.
Quiénes lo hicieron funcionar.
Alguien instaló el primer saladero. Alguien construyó un molino. Alguien importó una máquina que aquí nadie conocía. Alguien experimentó con una cepa hasta descubrir que podía producirse un vino extraordinario. Alguien abrió una barraca. Alguien levantó una fábrica textil. Alguien construyó un frigorífico. Alguien creó un banco. Alguien organizó una empresa de transporte.
Alguien encontró un mercado extranjero para algo que Uruguay podía producir.
Alguien convenció a otros de invertir.
Alguien hipotecó una propiedad.
Alguien perdió todo.
Y alguien volvió a empezar.
Esos hombres y mujeres también construyeron el Uruguay.
Sin embargo, ocupan un espacio sorprendentemente pequeño en el relato que el país construyó sobre sí mismo.
Aprendimos la historia de nuestras guerras civiles.
Aprendimos quién fue presidente.
Quién derrotó a quién.
Quién promulgó una ley.
Quién fundó un partido.
Quién ocupó un ministerio.
Mucho menos frecuentemente nos preguntamos quién creó las organizaciones económicas que hicieron posible pagar salarios, exportar productos, incorporar tecnologías y transformar pequeñas poblaciones en ciudades.
De ahí nace esta serie.
De Lafone a Jodal.
Samuel Fisher Lafone desarrollaba empresas en un Uruguay que prácticamente estaba comenzando a construirse como nación.
Fue comerciante, industrial, prestamista, propietario de saladeros, promotor de colonización y socio fundador del Banco Comercial, en una época en que Estado y economía privada estaban todavía buscando la forma que tendrían en el nuevo país.
Casi un siglo y medio después, Breogán Gonda y Nicolás Jodal fundaron Artech en 1988 y lanzaron GeneXus en 1989.
La materia prima ya no era ganado, cuero, lana o tierra.
Era conocimiento.
Y desde Uruguay comenzaron a desarrollar una tecnología destinada a automatizar la creación de software y llevarla posteriormente a decenas de países.
Entre Lafone y Jodal cabe buena parte de la historia económica del Uruguay.
Pero esta serie no pretende construir un santoral empresarial.
Los empresarios no son héroes por definición.
Algunos innovaron.
Otros vivieron protegidos por el Estado.
Algunos compitieron.
Otros buscaron privilegios.
Hubo éxitos extraordinarios y quiebras espectaculares.
Hubo relaciones complejas con el poder político, conflictos laborales, errores, abusos, aciertos y contradicciones.
Todo eso forma parte de la historia y deberá ser contado.
Lo que no parece razonable es ignorarlos.
Porque es imposible explicar el Uruguay sin explicar también a quienes produjeron, comerciaron, invirtieron, inventaron, exportaron y crearon organizaciones capaces de sobrevivir incluso a sus fundadores.
Quizá por eso sigo recordando aquella pregunta de Yitzhak Rabin más de treinta años después.
“¿Cómo está Fernando Secco Aparicio?”
Rabin sabía quién era.
La pregunta que deberíamos hacernos nosotros es otra.
¿Cuántos Fernando Secco Aparicio tuvo el Uruguay y ya casi nadie recuerda?
Buscarlos será el propósito de esta serie.

Memoria empresarial uruguaya
Historia económica del Uruguay
Empresarios y desarrollo productivo

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2 thoughts on “¿Quién hizo materialmente el Uruguay? De Lafone a Jodal”

  1. María Noel García

    Sí, es verdad, creo que siempre los grandes hombres de negocios generan envidia. Son los «ricos», no se ven como constructores de país sino como «sangradores de obreros». No se dan cuenta que son imprescindibles para el desarrollo de la economía y por tanto son los que generan trabajo. Me parece un planteamiento justo y necesario.

  2. Gracias Santiago, por hacernos reflexionar, sobre ese lugar que se elige en la construcción diaria de la humanidad. Uruguay, con una alto índice de suicidios, donde el 33% lo ocupan los adultos mayores. Con un alto porcentaje de deserción escolastica. Pone en el corazón y la mente de los que han sido dotados de coraje, inteligencia y oportunidades. La responsabilidad moral y espiritual. De generar educación y trabajo. Bien lo dices, no vamos a santificar pero si “vamos a inspirar” hay que motivar a los jóvenes a estudiar y trabajar, darles oportunidades y a los que tenemos canas un lugar en el consejo de la tribu.
    “Escucha atenta, brazos fuertes y corazones amplios” se puede. Gracias
    MCF

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