Atraso cambiario, endeudamiento y presión estatal sobre los sectores que producen y exportan
CRÓNICA SOBRE LA AGONÍA DE EMPRENDER
Y EL YUNQUE DEL ESTADO
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
“Jamás en el campo del conflicto económico tantos debieron soportar tanto, pagados en una moneda tan flaca y gobernados por ministros tan dados al espejismo”.
Hemos examinado, con la fría lucidez que exigen los hechos, la penosa situación por la que atraviesan los frigoríficos de esta tierra.
No estamos ante un accidente meteorológico ni ante una caprichosa fatalidad del destino estacional. Estamos ante la consecuencia inevitable de un sistema que ha decidido ignorar las leyes inexorables de la aritmética y de la libertad humana.
Se nos dice que faltan vacas, que la hacienda es escasa.
Es verdad.
Pero la escasez de ganado en el prado no es más que el reflejo de la escasez de sensatez en los despachos públicos ministeriales.
Cuando se castiga al productor, cuando se le impone competir con una mano atada a la espalda por la voracidad fiscal y cuando la divisa extranjera es deprimida artificialmente mediante el endeudamiento irresponsable, el resultado no puede ser otro que la ruina del campo y el silencio de las cámaras frigoríficas.
Los gobernantes y los gestores de los monopolios estatales miran los números desde sus altas torres climatizadas y optan por el cómodo refugio del inmovilismo.
Prefieren el aplauso corto de una estabilidad inflacionaria ficticia —comprada a fuerza de contraer deudas que pagarán las generaciones venideras— antes que asumir el coraje cívico de desmantelar el andamiaje corporativo y reducir el peso insoportable del Estado.
Creen que con parches burocráticos y seguros de paro prolongados se puede contener la marea de la realidad.
Se equivocan.
Ningún pueblo se ha salvado jamás de la asfixia económica multiplicando sus cadenas.
El tipo de cambio planchado no es un trofeo de buena gestión; es una tijera implacable que corta los hilos vitales de quienes producen y exportan con el sudor de su frente en los mercados del mundo.
Es el tributo que el sector productivo genuino debe pagar para mantener con vida a un aparato político obeso, que vive de prestado y teme la verdad como el marinero teme a los arrecifes.
No esperemos milagros de aquellos que han hecho del parche su doctrina y del endeudamiento su divisa.
El realismo más descarnado nos enseña que el sistema político actual carece de la voluntad para redimirse a sí mismo.
Frente a este panorama, los hombres libres y los sectores que aún sostienen la riqueza de la nación no tienen ante sí un camino de rosas, sino el deber ineludible de la resistencia: resistir al estatismo asfixiante, negarse a convalidar el engaño cambiario y recordar siempre que ninguna nación puede prosperar convirtiendo al exportador en rehén y al contribuyente en esclavo.
Ese es un diagnóstico sumamente lúcido y apunta al corazón del desequilibrio macroeconómico.
El ingreso masivo de divisas producto del endeudamiento público actúa como un poderoso ancla cambiaria artificial que distorsiona por completo los precios relativos de la economía.
Este mecanismo opera a través de canales muy precisos:
Cuando el Estado o las empresas públicas se endeudan fuertemente en el exterior y convierten esos dólares a moneda local para financiar su gasto corriente o déficit fiscal, provocan una sobreoferta transitoria de dólares en plaza.
Eso deprime artificialmente el tipo de cambio y desconecta a la moneda de los fundamentos reales de la economía y la productividad.
La falsa sensación de fortaleza:
Un dólar planchado por la vía del endeudamiento externo regala una ilusión temporal de poder de compra y estabilidad inflacionaria.
Se compra lo importado barato, se viaja barato, y se crea una falsa economía para algunos sectores que tienen dólares o pagan en dólares.
Sin embargo, es una estabilidad de corta mira que se paga con destrucción de competitividad, desindustrialización paulatina y mayor vulnerabilidad externa, ya que la deuda contraída hoy se tendrá que repagar mañana con una economía empobrecida y menos exportadora.
El castigo al sector transable:
Mientras el sector público y los sectores protegidos de la economía se benefician de esa abundancia ficticia de dólares baratos para importar o licuar costos internos en moneda extranjera, los sectores que realmente generan recursos genuinos y compiten mano a mano en el mundo —como la carne, los lácteos, la agricultura o las tecnologías— cargan con la pesada mochila de sostener un aparato estatal sobredimensionado a fuerza de un tipo de cambio asfixiante.
Que además le da la espalda en todo lo que implica exportar trabajo nacional; incluido paralizar la actividad del Puerto de Montevideo.
En definitiva, financiar el desequilibrio fiscal con más endeudamiento externo no es más que postergar el ajuste necesario a cambio de sacrificar el motor exportador del país.
Cuando el sistema prefiere administrar las consecuencias antes que enfrentar las causas, los desequilibrios se vuelven crónicos.
Factores que perpetúan el ciclo:
El endeudamiento externo y el atraso cambiario actúan como un analgésico potente; alivian la presión inflacionaria inmediata y permiten patear el costo político para la próxima administración.
Sin una demanda ciudadana o corporativa articulada que exija una profunda reforma del gasto público, ningún gobierno encuentra los incentivos necesarios para asumir el costo de desarmar el andamiaje deficitario.
El costo de la autocomplacencia:
Mientras los ingresos fiscales sigan sosteniéndose a fuerza de colocaciones de deuda y el mercado internacional no provoque una crisis insostenible, la dirigencia política opta por el inmovilismo.
Seguiremos bregando, pues, con la verdad por delante, porque en economía, como en la guerra, los errores se pagan en sangre, sudor y lágrimas de los más infelices, usados al servicio de la casta.
Atraso cambiario
Endeudamiento público
Competitividad exportadora
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