Abandoned theater stage with worn comedy and tragedy masks in the foreground, and a silhouetted oil pumpjack visible through a half-drawn curtain at dusk.

EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS CARIBEÑAS – Capítulo IV

De los Pozos del Engaño y el Heredero de la Retórica Incendiaria

Aconteció que, tras años de sembrar vientos de pólvora, la isla del Caballero de la Barba se halló con que las utopías, aunque hermosas en el papel, tienen la mala costumbre de no dar de comer.
La nación que antaño fue feraz y culta se había convertido en un erial de cartillas de racionamiento, donde la libertad y el estudio eran un lujo que nadie podía permitirse; y la obediencia, el único pan que se repartía sin demora.
Pero justo cuando el retablo parecía desmoronarse por falta de tramoya, surgió en el horizonte del continente un nuevo hidalgo, más dado a la palabra que a la acción, y más rico en caudales que en juicios: Hugo, el Llanero de la Elocuencia Vacua.
Este nuevo personaje, heredero de la vesania, comprendió que no hay nada tan embriagador para un pueblo con hambre como un desfile militar y un discurso lo suficientemente largo como para que el hastío haga olvidar la miseria.
Mientras el Che había sido el asceta de la muerte y el rey del paredón, Chávez fue el dandi del populismo; el hombre que descubrió que se podía comprar la conciencia de las naciones prósperas si se controlaban los pozos del betún negro que mueve al mundo.
Los archivos que Yofre desglosa con pulso de cirujano revelan el pacto de sangre y petróleo.
La Habana, vieja y astuta como una celestina sin belleza pero con experiencia, vio en el joven llanero verborrágico al tonto útil con billetera de gigante, el sueño cumplido de una sociedad parasitaria.
Fue el encuentro de la necesidad con la vanidad. Cuba aportó el libreto de la opresión y los perros vigilantes. Venezuela puso el oro para que los actores del Sur aceptaran representar la obra bajo la máscara de la amistad.
En países que habían conocido el equilibrio institucional, como el Uruguay del consenso o la Argentina de las reglas, este influjo operó como una fiebre de carnaval cuando ya se cantaba la retirada.
Se difundió la idea de que la riqueza no se crea, sino que se arrebata.
Se despreció con renovada sevicia a quien producía bienes, mientras las góndolas se vaciaban y el dólar se administraba a capricho.
El comerciante y el labrador industrioso fueron señalados como escuálidos o traidores. En su lugar se ensalzó al mendigo como arquetipo social, dispuesto a trocar dignidad por subsidio.
El populismo, como se ha dicho, consiste en romperle las piernas a un hombre para luego convencerlo de que sin las muletas del Estado no podría caminar.
Así se dispersó la vesania por el continente.
Los dineros venezolanos, escoltados por operadores cubanos identificados en los archivos, circularon como ríos de tentación por las cloacas de la política regional.
Se compraron voluntades en parlamentos y sindicatos. Se financiaron algaradas. Algún presidente se cubrió con la campera bolivariana y vendió su dignidad.
La política del blanco o negro alcanzó su clímax. O se pertenecía a la Patria Grande, ese nombre rimbombante que ocultaba una satrapía ideológica, o se estaba del lado del Imperio.
Reducir el mundo a dos colores es una ofensa directa a la inteligencia.
En el Uruguay de aquellos años, esta sombra trajo desprecio por la Constitución y los símbolos. Se privilegió el gasto fatuo sobre la inversión prudente. Se celebró la retórica mientras las fábricas se oxidaban.
Los hombres de bien comenzaron a sentirse extranjeros en su propia tierra, defendiendo la no injerencia extranjera mientras esta compraba voluntades con petrodólares y reprimía disidencias en el Helicoide.
Lo más grave no fue el saqueo material, sino el saqueo mental.
Se inculcó a una generación que la pobreza era virtud y el mérito ajeno, una afrenta. La envidia fue elevada a categoría moral.
Nada fue improvisado. Cada discurso y cada expropiación habían sido ensayados en los laboratorios de la ingeniería social caribeña.
Pero ningún engaño es eterno.
Mientras los tiranos brindaban por los pobres perpetuos, en los sótanos de la historia se acumulaban pruebas.
Los documentos que hoy salen a la luz explican cómo, bajo la retórica redentora, se ocultaba un totalitarismo vulgar y despiadado.
Las preguntas quedan abiertas.
¿Cómo llegaron los archivos de la StB checoslovaca a confirmar lo que tantos sospechaban.
¿Quiénes arriesgaron todo para preservar esos documentos.
La respuesta aguarda en el próximo capítulo.

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