Worn red carpet, coffee cup and screens suggesting solar energy and data-center investment.

Crónica de una alfombra roja agujereada

Cuando la macroeconomía se esconde y el “Pacha” descubre la fotónica en Desayunos Informales

CRÓNICA DE UNA ALFOMBRA ROJA AGUJEREADA
Cuando la macroeconomía se esconde y el “Pacha” descubre la fotónica en Desayunos Informales
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Hay tradiciones nacionales que no se negocian.
Si hay crisis, ajuste o los números del PIB se ponen caprichosos y deciden no crecer, la culpa es inexorablemente de las leyes de la física o de la herencia maldita.
Pero si hay que repartir culpas por la falta de crecimiento, se lo saca a pasear al ministro de Economía, convertido en el carismático portavoz oficial del «Mire, la verdad que no hay un peso, no inventen milagros».
El fiel escudero cumple abnegadamente el rol de confesor laico: con cara de circunstancia y gráficos de Power Point, le explica a la mesocracia uruguaya que la economía no crece fundamentalmente porque las PyMEs locales no invierten ni se arriesgan como lo hacen los informales.
Sin embargo, basta que aparezca en el horizonte un titular estruendoso —como esos cinco mil setecientos millones de dólares de la multinacional Solaria para armar parques fotovoltaicos y data centers— para que el ministro de Economía sea mágicamente desterrado del mapa fotográfico.
¿Por qué arriesgar al hombre de los números en una foto alegre si su especialidad es arruinarle la fiesta a cualquiera con un cálculo de sostenibilidad fiscal?
Mientras tanto, en los subsuelos de Torre Ejecutiva se libra una batalla desesperada: rescatar la imagen de la presidencia, la cual parece haber quedado prolijamente disimulada bajo la alfombra del 76% de inconformistas.
Para esa titánica tarea de prestidigitación comunicacional, los alquimistas del marketing político mandaron a la cancha al “Pacha”, quien se prestó al suplicio matutino de visitar el set de Desayunos Informales (un título que, hay que decirlo, nunca le hizo tanto honor a su nombre como en esa jornada).
Y ahí fue el Pacha. Sin red, sin casco y, fundamentalmente, sin la más pálida idea de qué diferencia hay entre un gigawatt y un lavarropas automático.

El «Pacha» en su laberinto matutino: entre café, fotones y balbuceos

La comparecencia televisiva quedó grabada en los anales del humor involuntario nacional.
Con la soltura de quien intenta explicar la teoría de la relatividad después de leer el lomo de un libro de Baldor entre medialuna y medialuna, el secretario de Presidencia se lanzó a la aventura de discurrir sobre parques tecnológicos fotovoltaicos y nubes de almacenamiento de datos frente a unas cámaras atónitas.
Lo que siguió fue una pieza de museo del periodismo agónico y contenida vergüenza ajena.
Ante las repreguntas que intentaban indagar en los detalles contractuales, el Pacha implementó una táctica de supervivencia clásica: sorbía de manera tan desesperada y constante de su pequeña tacita de café que estuvo a punto de hacer desaparecer el fondo, estirando cada sorbo en un intento frenético de ganar tiempo para pensar.
¿Cómo se va a garantizar el suministro de alta tensión para los servidores, secretario? atinó a preguntar el panel con cara de consternación profesional, mientras el jerarca le daba otro remojo interminable a la taza vacía.
“Sluuuurp”… Bueno, mire, nosotros estamos apostando firmemente a que la energía solar, los kilowatts, los megahercios y la digitalización confluyan en un marco donde el Uruguay profundo… este… sluurp… brille con luz propia gracias a la conectividad soberana que nos da la fibra óptica y los paneles que van a estar ahí, en los departamentos del litoral sur —respondió el jerarca, rascándole el fondo a la porcelana con la cucharita, transpirando audacia y barajando conceptos con la elegancia de un malabarista de autopista.
El pudor periodístico contenido en el estudio palpitó en el ambiente matutino.
Era un silencio espeso, interrumpido únicamente por el leve crujir de las neuronas del jerarca —y el raspar metálico de la cucharita contra el fondo de la taza de café ya inexistente— intentando recordar si un data center servía para guardar archivos digitales o para minar criptomonedas con paneles solares.
Las repreguntas flotaban en el aire como fantasmas mudos, comprensivas ante el vacío de conceptos sobre el opíparo contrato, optando por la piedad antes que por el nocaut.

Lo que quedó en el tintero (y bajo la alfombra del estudio)

Tras la enjundiosa, esclarecedora y técnicamente inasible explicación del Pacha a la hora del desayuno —y con la vajilla del canal visiblemente diezmada—, los televidentes y los contribuyentes comunes y silvestres quedaron extasiados si eran frentistas, y, rebosantes de bronca los contrarios, los juristas y los expertos, con la suma de varias incógnitas existenciales del tamaño de un parque de paneles solares:

¿Qué fue lo que se firmó exactamente? Nadie lo sabe con certeza; tal vez un pacto galáctico, tal vez una promesa de amor eterno, o quizás un borrador escrito en una servilleta de papel absorbente.

¿Cuántos empleos reales se generan? Si se multiplica la cantidad de giga por la ilusión óptica, el número de puestos de trabajo oscila entre tres operarios aburridos y una inteligencia artificial autogestionada.

¿La inversión va a durar 40 años o se hace a fin de año? Teniendo en cuenta el optimismo geológico del relato oficial, es probable que los paneles sigan generando electricidad limpia cuando la humanidad ya habite en Júpiter.

¿Cuándo comienzan las obras? Un misterio digno de arqueología moderna; los plazos son tan flexibles que compiten directamente con la elasticidad de la inversión y la hoja de ruta gubernamental.

¿La habilitación ambiental previa? Un prodigio de la burocracia cuántica: se otorgará ya el visto bueno ambiental, o con anticipación a la firma del documento final, quizás, antes incluso de que la empresa se dignara a comprar un predio chico donde piense instalarse. ¡Un verdadero hito de la clarividencia ecológica!

Y lo verdaderamente básico: ¿Por qué Solaria no va a poner ni un mísero peso por ocupar los predios y la infraestructura de UTE, mientras el noble ente estatal actúa gustoso como garante ignorante de un volumen de energía futura, que garantice las suculentas ganancias que, por si fuera poco, recaerían enteramente en manos de la empresa que nunca operó un Data Center?
Al final del día, los 5.700 millones de dólares de Solaria pasarán a la historia como el gran milagro tecnológico conseguido por mentes brillantes… o, apenas, por mentes que lograron hablar diez minutos seguidos de informática cuántica y energía solar en la televisión sin desmayarse en el intento.
Mientras tanto, la alfombra de la presidencia sigue acumulando polvo y agujeros, intentando vanamente disimular “prolijamente” los baches de una gestión que prefiere el realismo mágico de los anuncios matutinos informales a la aburrida aritmética de la realidad de una inversión únicamente lucrativa para los bufetes de abogados.

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