Una reflexión que busca resaltar cómo el totalitarismo ha logrado transformar la historia en literatura usando la ficción como arma política para ocultar sus crímenes.
En una sociedad cerrada la historia y la ficción van de la mano.
El pasado es reescrito constantemente para justificar los desmanes del presente.
Una tendencia que sobrevive sobre los muertos irredentos.
En la nota anterior nos referíamos al horrible hallazgo de las fosas de Katyn y la lucha propagandística entre nazis y comunistas que se atribuían la culpabilidad los unos a los otros.
Presentábamos los resultados de la investigación de la Cruz Roja en 1941 y la de los soviéticos en 1944, conocida como «Investigación Burdenko».
Mientras la Cruz Roja culpaba a los comunistas la Comisión presidida por el neurocirujano Nikolái Burdenko databa los hechos durante la ocupación alemana.
La mentira se perpetuó por el simple hecho de que los soviéticos ganaron la guerra.
Las potencias occidentales tampoco hicieron por aclarar los hechos.
En esos momentos la contienda mundial no estaba definida y no les convenía enemistarse con su poderoso aliado el «padrecito» Stalin.
Después, se repartieron el mundo, condenando así, a cientos de millones de personas al encierro tras la «cortina de hierro».
Berlín quedó partido en dos con un oprobioso muro que permaneció imbatible hasta 1989.
Lo demolió la fuerza de la historia y sus trozos se vendieron para recuerdo de los turistas.
Muchos viajeros regresaron de sus periplos europeos con trozos de mampostería para regalar a parientes y amigos.
Como carecían de certificación notarial, seguramente algunos habrán sido recogidos de alguna obra en construcción encontrada en el camino.
El muro reducido a escombros puede resultar gracioso, pero su triste historia está manchada con la sangre de muchas víctimas.
Y curiosamente, esas vidas derramadas pertenecían a lo que trataban de huir del paraíso comunista.
La propaganda soviética continuó en Núremberg cuando intentaron usar esa presunta responsabilidad alemana en Katyn para culpar a los nazis que estaban siendo juzgados.
Las pruebas parecieron insustanciales y no fueron tenidas en cuenta.
De todos modos, los nazis ya tenían suficientes crímenes en su haber para que otro más hiciera la diferencia.
Pero los crímenes comunistas, tan graves como los de aquellos que se estaban condenando nunca fueron juzgados.
Nunca hubo una revisión coherente de la masacre de Katyn por Rusia.
Como hace notar el historiador polaco Karol Polejowski, recién en 1951 en el contexto de la Guerra Fría, «el Informe Madden (una Comisión Investigadora del Congreso norteamericano presidida por el congresista Ray J. Madden) en diciembre de 1952 responsabiliza claramente a la Unión Soviética de la masacre de Katyn».
Claro que en la zona de influencia soviética nadie se enteró y en Occidente la red de apoyo comunista atribuyó la noticia a «propaganda yanqui».
Con el informe Madden se interrumpía un largo silencio sobre el tema.
Cálculo político o temor, cual sea la causa, es triste.
Pero la URSS cayó.
El edificio soviético se fue diluyendo como un castillo de naipes en un baño de acetona.
Recién en 1990 el gobierno reconoció el crimen culpando a Stalin.
De acuerdo con Polejowski, la investigación del asunto se declaró secreta en 2004.
Y, sostiene que:
«la Federación Rusa no considera la masacre de Katyń como un genocidio, sino como un delito común, que ha prescrito».
Como lo describe el diccionario de la RAE, genocidio significa:
«Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad».
Tal vez el problema esté en determinar qué cantidad de personas se considera «grupo humano» para poder aplicar cabalmente la definición.
¿Cinco mil, diez mil, veintidós mil?
El 26 de noviembre de 2010 RTVE noticia que la Cámara de Diputados de Rusia, ha aprobado en «primera lectura» una declaración adjudicando los crímenes de Katyn al estalinismo.
Agrega que la Agencia Federal de Archivos de Rusia había publicado previamente documentos que probaban que la masacre había sido sugerida por Lavrenti Beria y aprobada por Stalin.
¿Y luego?
Luego, nada.
A veintiséis años del siglo XXI, señala el historiador Karol Nawrocki, presidente de Polonia, Rusia «prácticamente glorifica explícitamente su pasado comunista y muestra inclinaciones imperiales».
La cortina que escondía el genocidio polaco era de hierro.
Sigue siendo de silencio.
