A lone shopper pushing an almost empty cart uphill through a city street, overshadowed by large institutional buildings symbolizing structural economic burden.

MOTOSIERRA O DESENFRENO

El Engaño de la Presión Fiscal: Por qué Pagamos más de lo que Recibimos

Este segundo artículo explora la relación directa entre la dilapidación estatal y el costo de vida en Uruguay.
La premisa es clara: el Estado no tiene dinero propio; solo tiene el dinero que le quita a los ciudadanos. Por lo tanto, cada oficina innecesaria identificada por CERES es, en realidad, un impuesto encubierto.
El techo fiscal y la asfixia productiva Uruguay ha alcanzado un nivel de presión fiscal que Munyo describe como un «techo insuperable».
Intentar subir más los impuestos para cubrir el déficit generado por la ineficiencia solo logra expulsar inversiones, y fomentar la informalidad.
Sin embargo, el Estado sigue «cobrando» a través de mecanismos menos evidentes, pero igualmente dañinos: las tarifas públicas y la inflación.
El uso de las empresas públicas como «cajas recaudadoras» es una forma de engaño institucional.
Cuando el precio del combustible, el agua potable, o de la energía eléctrica no baja a pesar de las condiciones internacionales favorables, es porque el Estado necesita ese excedente para financiar su propia gordura.
Aquí es donde la vesania se vuelve sistémica: preferimos tener una energía cara que destruye la competitividad de las PYMES antes que reformar las reparticiones duplicadas que consumen ese presupuesto.
El «Costo País» como síntoma El «costo país» no es un fenómeno meteorológico; es el resultado de una decisión política de mantener estructuras estatales ineficientes.
El análisis de CERES subraya que, si se eliminara la grasa del Estado (la dilapidación), Uruguay podría ser entre un 15% y un 20% más barato en sus procesos productivos.
La Microcirugía con IA:
Detectando la Metástasis Burocrática
La consulta a IA realizada por CERES para diagnosticar el Estado demoró segundos.
Munyo ha sido pionero en proponer el uso de Inteligencia Artificial para mapear la red de gasto público, revelando una complejidad que el ojo humano y la contabilidad tradicional suelen pasar por alto.
Así le permitió cruzar datos de diferentes ministerios, entes autónomos e intendencias.
El resultado fue un mapa de «metástasis burocrática» donde programas con nombres distintos hacían exactamente lo mismo para la misma población objetivo.
Esta herramienta tecnológica quita el velo de la vesania: ya no se puede alegar ignorancia sobre dónde se pierde el dinero.
La dilapidación ocurre en las «zonas grises».
Por ejemplo, en el sector de la vivienda, existen múltiples programas que no comparten bases de datos.
Un ciudadano puede ser beneficiario de tres programas distintos mientras otro queda fuera del sistema, todo esto financiado por impuestos que el Estado cobra con rigor implacable.
La IA demuestra que el Estado no necesita más dinero, necesita mejores algoritmos de gestión.
Hacia un presupuesto base cero
La propuesta derivada de estos análisis es la implementación de un presupuesto base cero para las áreas duplicadas.
Esto implica que cada repartición debe justificar su existencia desde el primer peso cada año.
Si la IA detecta que la función de la oficina «A» ya está cubierta por la oficina «B», la primera debe ser absorbida o eliminada.
Es la única forma de romper el ciclo de engaño donde el gasto se vuelve un derecho adquirido de la burocracia y no un servicio al ciudadano.
La negativa a hacer esta reforma es el engaño fundamental que mantiene al país en un estancamiento, o apenas, un crecimiento mediocre.

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