Three political and intellectual figures symbolizing revolution, liberal thought and U.S. global power during the Cold War and its aftermath.

La conversión de Varguitas.

Del fervor revolucionario a la justificación de la guerra justa.

¿Es posible cambiar radicalmente de ideología?
¿O se trata de un fenómeno exclusivamente religioso, que se da a través de una misteriosa revelación?
Veremos el caso de un escritor famoso y su viaje desde la profesión de fe revolucionaria marxista a justificar las intervenciones militares cuando apuntan a derrocar una tiranía.
La delgada línea roja, que limita la instauración de una democracia través de la «guerra justa», con el descarnado imperialismo.
Entre el 25 junio y el 6 de julio de 2003, Vargas Llosa estuvo en Irak.
Fuerzas angloamericanas sumadas a polacas y australianas habían entrado en territorio iraquí con el objeto de acabar con el régimen de Sadam Husein.
El tirano fue capturado a fines de 2003, juzgado y colgado tres años después.
En «Diario de Irak», texto que recoge la experiencia iraquí del escritor peruano, dice:
«…mi oposición a la intervención militar […] expuesta de manera inequívoca el 16 de febrero, quedó muy matizada, para no decir rectificada, luego de mi viaje».
No era la primera vez que Vargas Llosa cambiaba de opinión, cosa que no es mala en sí misma.
Pero no sería tan firme su postura inicial cuando agrega que quería: «averiguar sobre el terreno –desde la perspectiva de los iraquíes- si los argumentos para condenar la intervención militar seguían siendo tan persuasivos como cuando razoné en abstracto sobre el asunto, lejos del lugar de los hechos, en Europa».
Es decir, que había emitido un juicio sin saber qué pensaban sobre el hecho juzgado los directamente implicados en el asunto: los iraquíes.
Cuestiona sí, la justificación esgrimida –armas de destrucción masiva, implicancias con Al Qaeda…- por considerarla una excusa.
Pero afirma que la dictadura de Sadam a la que caracteriza como: «una de las más crueles, corruptas y vesánicas de la historia moderna- daba razón suficiente a la acción militar.
Más adelante recupera la corrección política y apunta que «es peligroso sentar como norma el derecho de las naciones democráticas de actuar militarmente contra las dictaduras».
Y agrega: porque «en algunos casos […] podría convertirse en una cortina de humo para aventuras de carácter colonial».
Entonces, ¿cuándo se legitimaría una intervención militar?
Cuando «por su naturaleza extrema, sus excesos criminales y genocidas, una dictadura ha cerrado todos los resquicios de libertad […] o cuando se convierte […] en un serio peligro para la paz mundial».
¿Y esos extremos quién los determina?
Debió haber sido la ONU, pero «la oposición de Francia, que amenazó con su veto en el Consejo de Seguridad», lo impidió.
Sin anuencia de la ONU –o la de Francia- se actuó igual.
¿Y por qué esa actitud gala?
La guerra de Irak, dice Vargas Llosa, sirvió «para atizar el odio a Estados Unidos, legitimando un nuevo anti-norteamericanismo con un aura de pacifismo y anti-colonialismo en el que se codean nostálgicos del fascismo y del comunismo con nacionalistas, social-demócratas, socialistas y los movimientos anti-globalización».
Pese a esa variopinta oposición que observa el futuro Nobel de Literatura, no obstante, tiene la esperanza de que esta guerra abrirá un futuro donde «la cultura democrática termine por imponerse al terror y al fanatismo autoritario» como lo hizo con el fascismo y el comunismo.
Estas líneas introductorias están fechadas en Washington a 25 de septiembre de 2003.
La Biblia nos ilustra sobre Saulo camino de Damasco.
El gran perseguidor de los cristianos recibe el mensaje divino y se convertirá en Apóstol de los gentiles.
Con la misma intensidad con la que perseguía a los cristianos se transformó en su defensor y en impulsor de la fe.
¿También ese proceso, si bien gradual, lo experimentó Vargas Losa en el campo político?
En 1965 Vargas Llosa estaba en París.
El faro de la revolución cubana encandilaba a muchos intelectuales, entre ellos al grupo de peruanos radicado en la antigua «Lutetia».
Unidos al músico y lutier argentino Milton Albán Zapata, estos caballeros, consideraron necesario expedirse políticamente.
Promediaba un cómodo verano parisino, cuando emitieron una pomposamente llamada «Toma de posición».
Lo cual significaba, nada más ni nada menos, que el explícito apoyo a la revolución cubana en su capítulo peruano.
Afirmaban que los gobiernos habían oscilado entre las dictaduras militares y los representantes civiles de la oligarquía.
Que no había «otro camino que la lucha armada».
Y que, por ello:
«aprobamos la lucha armada iniciada por el MIR, condenamos a la prensa interesada que desvirtúa el carácter nacionalista y reivindicativo de las guerrillas, censuramos la violenta represión gubernamental -que con el pretexto de la insurrección pretende liquidar las organizaciones más progresistas y dinámicas del país- y ofrecemos nuestra caución moral a los hombres que en estos momentos entregan su vida para que todos los peruanos puedan vivir mejor».
El MIR era el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, una organización que se inspiraba en el modelo de la revolución cubana y que hubiera convertido al Perú, de haber alcanzado sus objetivos, en una réplica de lo que es Cuba hoy.
El documento, que fue enviado a la revista peruana «Caretas», estaba firmado por varios pintores peruanos como Sigfrido Laske, el etnólogo Humberto Rodríguez Pastor, el músico y lutier Milton Albán Zapata y escritores como Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, entre otros.
En 1965, además, Llosa hace su segundo viaje a Cuba como jurado del «Premio Casa de las Américas».
Media un buen trecho entre ese 1965 francés, sus visitas a Cuba, y el 2003.
Aunque su viraje político fue anterior.
En el citado Diario de Irak, el futuro marqués de Vargas Llosa, otrora convencido de que «no hay otro camino que la lucha armada» a la cubana, dejaba asentado:
«Aprovechando el ruido y la furia de la guerra de Irak, Fidel Castro asestó, con la brutalidad a la que tiene acostumbrado al mundo desde hace 44 años, un nuevo escarmiento preventivo al pueblo cubano…».
«En menos de una semana, cerca de ochenta disidentes fueron arrestados, juzgados y condenados a penas desmesuradas…».
«…tres cubanos que secuestraron un barco con la intención de escapar […] fueron fusilados luego de una mascarada de proceso, perpetrado en secreto y a velocidad astronómica».
Cuánta razón tiene la letra de aquel tango de José María Contursi, que solía cantar el Polaco Goyeneche, cuando dice:
«Lección que por fin aprendí
¡Cómo cambian las cosas los años!».
Al menos, para algunos.

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