Una lectura en capas de la geopolítica contemporánea y el desafío de comprenderla en la era de la inteligencia artificial.
En la actualidad geopolítica mundial pasa algo curioso.
Nunca se habló tanto del tema y, sin embargo, nunca fue tan difícil entender qué está pasando realmente.
Conflictos armados, tensiones comerciales, reconfiguraciones de alianzas, crisis energéticas, discursos épicos y diagnósticos contradictorios conviven en un flujo informativo permanente que abruma más de lo que aclara.
La sensación general es que el mundo está cambiando, pero que ese cambio se nos escapa entre los dedos.
Parte del problema es que solemos mirar la geopolítica como si fuera un único plano de realidad, cuando en verdad opera en al menos tres capas simultáneas.
Una capa estratégica profunda, que casi no vemos.
Una capa táctica, donde aparecen los hechos concretos.
Y una capa narrativa, que es la que llega al gran público y estructura la interpretación dominante de lo que sucede.
La capa estratégica es la más decisiva y, al mismo tiempo, la más opaca.
Allí se juegan los intereses de largo plazo de los Estados y de los grandes actores de poder.
Recursos, posiciones geográficas, equilibrios demográficos, herencias culturales, memorias históricas y necesidades estructurales que no se resuelven en un ciclo electoral ni en una cumbre internacional.
Esa capa rara vez se expone de forma directa.
No porque exista un secreto absoluto, sino porque su comprensión exige tiempo, perspectiva y una mirada que vaya más allá de la coyuntura.
Para el ciudadano común, incluso para el lector atento de noticias internacionales, ese nivel suele permanecer fuera de foco.
Lo que sí vemos es la capa táctica.
Es la de los acontecimientos.
Una guerra que estalla, un acuerdo que se firma, una sanción que se impone, una moneda que se devalúa, una alianza que se resquebraja.
Son hechos reales, con efectos concretos, que impactan en la vida económica, política y social de los países.
Pero esos hechos son, en muchos casos, manifestaciones parciales de una lógica estratégica más amplia que no siempre comprendemos.
Vemos el movimiento, no necesariamente el porqué profundo del movimiento.
Por encima de ambas se despliega la capa narrativa.
Es la más visible, la más repetida y la más influyente en la opinión pública.
Allí los hechos se ordenan en relatos simples, emocionalmente eficaces, moralmente claros.
Hay buenos y malos, víctimas y verdugos, defensores de valores y amenazas existenciales.
Esta capa cumple una función.
Da sentido, ordena el caos, moviliza adhesiones.
El problema aparece cuando se confunde el relato con la realidad misma, y cuando la narrativa reemplaza al análisis.
La comprensión de estas tres capas no depende solo del acceso a información.
Depende, en gran medida, de cómo observamos.
De cuánto atendemos.
De cuánta consciencia ponemos en el acto de interpretar lo que vemos.
Y es aquí donde aparece una debilidad cada vez más evidente del ser humano contemporáneo.
Vivimos expuestos a estímulos constantes, titulares urgentes y opiniones instantáneas.
La atención es fragmentaria.
La observación es superficial.
La reacción emocional suele preceder a la reflexión.
En ese contexto, la narrativa encuentra un terreno fértil para imponerse, mientras la estrategia permanece fuera de alcance y la táctica se interpreta de forma aislada.
Esta limitación humana queda particularmente en evidencia frente al avance de las herramientas de inteligencia artificial.
Sistemas capaces de procesar volúmenes gigantescos de datos, detectar patrones, correlacionar variables y ofrecer escenarios con una eficiencia muy superior a la humana promedio.
No porque la IA sea consciente, sino porque no se distrae, no se cansa y no se identifica emocionalmente con el relato.
La comparación es incómoda.
La IA no comprende el mundo, pero observa mejor que nosotros.
No tiene conciencia, pero atiende con una disciplina que el ser humano ha ido perdiendo.
Y eso expone un problema de fondo.
No estamos frente a una crisis de información ni de tecnología.
Estamos frente a una crisis de facultades internas.
Observar, atender, discriminar, contextualizar.
Capacidades que no son nuevas, pero que hoy resultan imprescindibles para no quedar atrapados en la capa narrativa de la geopolítica.
Sin ellas, el ciudadano termina repitiendo consignas, alineándose emocionalmente con relatos prefabricados y creyendo que comprende lo que en realidad solo consume.
Lo interesante es que esta advertencia no surge recién ahora, empujada por la revolución digital o la inteligencia artificial.
Ya a comienzos del siglo XX, Carlos Bernardo González Pecotche había señalado que el progreso externo, sin un desarrollo consciente de la vida interna, conduciría a una humanidad cada vez más dependiente de fuerzas que no comprende.
Su planteo no era tecnológico ni geopolítico en el sentido actual, pero apuntaba al núcleo del problema.
González Pecotche insistía en la necesidad de educar las facultades internas del ser humano.
La observación consciente como base del conocimiento.
La atención como acto voluntario y sostenido.
La consciencia como estado activo, no automático.
Sin ese trabajo interior, advertía, el hombre quedaría a merced de influencias externas cada vez más poderosas, aunque creyera dominarlas.
Casi un siglo después, esa intuición resulta sorprendentemente actual.
La geopolítica global se ha vuelto más compleja, más rápida y más opaca.
Las narrativas se han sofisticado.
Las herramientas tecnológicas multiplican la información disponible.
Pero la capacidad humana para comprender ese conjunto no ha evolucionado al mismo ritmo.
Al contrario, parece haberse debilitado.
En este escenario, la inteligencia artificial no es el problema central.
Es el espejo.
Muestra con crudeza lo que el ser humano ha dejado de ejercitar.
Y plantea una pregunta incómoda para las sociedades liberales, que valoran la autonomía, la responsabilidad individual y el juicio crítico.
¿Cómo sostener esas virtudes si la atención y la consciencia están permanentemente delegadas?
Entender la geopolítica hoy exige algo más que seguir las noticias.
Exige entrenar la mirada.
Aceptar que no todo es visible.
Desconfiar del relato único.
Diferenciar hechos de interpretaciones.
Y, sobre todo, asumir que la comprensión del mundo exterior está íntimamente ligada al estado interior de quien lo observa.
Tal vez, en medio del ruido global, la verdadera ventaja humana no esté en competir con las máquinas, sino en recuperar aquello que ninguna de ellas puede reemplazar.
Una consciencia despierta, capaz de observar sin quedar atrapada, de atender sin dispersarse y de pensar sin repetir.
Algo que, contra toda tentación de modernidad, ya había sido señalado cuando el mundo todavía creía que el progreso era solo una cuestión de hierro, vapor y velocidad.
