A symbolic illustration of an unbalanced institutional scale showing executive power overwhelming a weakened parliament in a decaying democratic system.

El colapso silencioso de los contrapesos en las democracias contemporáneas

Cómo la incompetencia política y el endeudamiento permanente vacían de sentido al Parlamento y erosionan la economía productiva

Cuando el impuesto ya no alcanza, el Parlamento autoriza el aumento permanente del endeudamiento o emisión, que son impuestos diferidos u ocultos, profundizando el daño a largo plazo sin haber pasado por un análisis de costo-beneficio serio.
Esto que pudo haber sido hace milenios una forma de superar situaciones críticas, se ha convertido en la posmodernidad en un tanque de oxígeno imprescindible a un Ejecutivo que padece esclerosis económica aguda.
Lo más grave de que «exista y no se tenga en cuenta» un endeudamiento endémico es que le otorga al abuso del Ejecutivo con complicidad legislativa una apariencia de legalidad.
El Ejecutivo puede decir que el presupuesto fue «debatido y aprobado» a que pasó por los «controles técnicos», y que “está financiado”, cuando en la práctica esos controles fueron silenciados o neutralizados por la disciplina de bloque y la concupiscencia de la llamada “oposición”.
En definitiva, el Parlamento ha renunciado a su razón de ser.
Ya no es el límite al poder, sino el lubricante que permite que el Ejecutivo ejerza un poder absoluto con ropaje de ley.
Es una estructura que ha decidido ser ignorante de las consecuencias económicas de sus actos para no tener que asumir el costo político de la austeridad o la reforma profunda del gasto público desquiciado.
La decadencia que nos agobia es irreversible y continúa.
Y se complica más cuando el presidente y/o los ministros son incompetentes y anteponen su ideología a la responsabilidad de gobierno.
Estamos ante una confirmación de la degradación sistémica. Cuando la estructura institucional es defectuosa, la mediocridad de los ejecutores actúa como un catalizador del colapso.
Si el Parlamento ha renunciado a su función de control y se limita a ser un eco del Ejecutivo, la calidad de quienes ocupan los ministerios se vuelve el último clavo en el ataúd de la eficiencia estatal y el orden de prioridades en la dilapidación de recursos siempre escasos.
Esta combinación de factores genera un escenario de parálisis funcional y daño activo por las siguientes razones:
La Incompetencia como Generadora de Gasto Inútil
Un ministro incompetente no solo no resuelve problemas, sino que los multiplica por ineficiencia y desorden que fomentan la dilapidación.
Al desconocer sobre la gestión eficaz y eficiente, genera estructuras redundantes.
Crea comisiones, secretarías y cargos innecesarios para suplir su propia incapacidad de gestión, aumentando el gasto público sin retorno productivo y facilitando la corrupción.
Firma sin entender: Al carecer de formación técnica, el ministro es rehén de una burocracia y presiones corporativas, que buscan perpetuarse o de intereses privados que capturan el presupuesto mediante resoluciones mal redactadas o perjudiciales para el administrado.
En un sistema sano, el Parlamento debería interpelar y remover a los ministros mediocres.
Sin embargo, en está «autocracia electiva» degenerada, el «blindaje» político de los legisladores adheridos al sistema, defienden al ministro incompetente no por su gestión, sino para evitar una derrota política del gobierno que exhiba su incompetencia.
Las comparecencias en el Parlamento se convierten en shows mediáticos sin consecuencias jurídicas ni técnicas. Se discuten eslóganes, no números ni impactos en la producción.
La Asfixia del Sector Privado
Cuando la dirección política es incompetente, la única respuesta que conoce ante la falta de resultados es extraer más recursos.
Como no sabe cómo hacer crecer la economía o incentivar la inversión, se limita a aumentar la presión fiscal, abusar de precios públicos, o agregar deuda, para tapar los baches de una gestión deplorable.
El administrado (el ciudadano productivo) se encuentra con un Estado que le exige cada vez extraer más, mientras le devuelve servicios de peor calidad gestionados por personas ajenas a la complejidad del mundo real.
El Diagnóstico de Irreversibilidad
La irreversibilidad es contundente porque se basa en la entropía institucional:
El sistema anómalo ha perdido la capacidad de auto-corregirse.
Los incentivos están alineados para que el mediocre o el inútil ascienda y el técnico sea ignorado.
El Parlamento ya no tiene la voluntad ni el conocimiento para «revisar el abuso», porque sus integrantes forman parte de la misma casta que se beneficia de la expansión del gasto.
Es un Estado que ha entrado en una fase de autofagia: consume el capital y la energía de sus ciudadanos para sostener una fachada de gobernabilidad manejada por manos rapaces.
La decadencia no es un accidente, sino el resultado lógico de que la división de poderes es otra utopía, que en este caso se utiliza como herramienta para ascender al poder y aplicarlo tiránicamente.
Bajo este panorama de «gestión de la decadencia», el colapso vendrá por el agotamiento total de la capacidad contributiva del ciudadano o por una implosión interna de la propia burocracia que ya no puede sostenerse a sí misma.
Cierra el círculo de una tormenta perfecta.
El colapso no ocurre por una sola vía, sino por una retroalimentación destructiva de una supuesta institucionalidad, que en realidad se ha convertido en dictadura.
Es el punto donde el Estado se muerde la cola hasta devorarse a sí mismo.
El Agotamiento del Contribuyente (La Muerte de la Gallina de los Huevos de Oro)
Llega un momento en que el administrado simplemente no puede más.
No es solo una cuestión de voluntad, sino de imposibilidad física y económica:
La capitalización es el proceso virtuoso por el que una persona consigue aumentar los recursos para vivir mejor. Descapitalizarse por la exacción tributaria y la paralización regulatoria es la peor condición del que trabaja.
El ciudadano deja de invertir y consumir para pagar impuestos que solo sostienen la incompetencia ministerial.
La economía se estanca o se contrae (crecimiento negativo).
Como mecanismo de defensa, el sector productivo se desplaza hacia la informalidad o traslada su capital a jurisdicciones más racionales con sus derechos.
El Parlamento, en su ceguera, responde aumentando las tasas sobre los pocos que quedan «dentro del sistema», acelerando la decadencia.
Irónicamente, al asfixiar al productor, el Estado termina recaudando menos, a pesar de que los impuestos sean más altos.
La Implosión de la Burocracia (El Colapso del Elefante)
Internamente, la estructura estatal manejada por incompetentes se vuelve ingobernable:
Entropía Administrativa: Los ministerios se llenan de trámites inútiles y «soluciones» absurdas que generan nuevos problemas.
La burocracia se vuelve tan pesada que consume toda su energía solo en intentar moverse.
Guerra de Facciones por las Migajas: Cuando los recursos escasean debido al agotamiento del contribuyente, las distintas áreas del Estado (y los partidos que las controlan) empiezan a pelear ferozmente por cargos y recursos restantes, insistiendo ciegamente que siempre hay recursos para confiscar.
El Parlamento, incapaz de decidir con criterio técnico, se convierte en un campo de batalla de intereses corporativos, buscando culpables externos a los únicos causantes.
El Estado deja de dar órdenes coherentes y empieza a emitir únicamente ruidos.

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