Del despotismo blando al corporativismo moderno: cómo la lógica interna de la democracia puede erosionar la libertad desde dentro.
– El despotismo blando y la transformación del Estado en poder tutelar.
– El individualismo democrático y el surgimiento del corporativismo.
– La tensión entre igualdad material y libertad política como base de la corrupción estructural.
LA ANATOMÍA DEL COLAPSO DEMOCRÁTICO
La profecía cumplida de Alexis de Tocqueville
Si bien Eco nos alertó sobre el «Ur-Fascismo» o «el fascismo eterno» que surge de la frustración individual o social, y las formas modernas de autoritarismo, Alexis de Tocqueville fue el cirujano que, casi dos siglos antes, realizó la autopsia de la democracia; antes incluso de que esta terminara de nacer en Europa.
La Profecía de Tocqueville: El Descalabro desde las Entrañas
Cuando Alexis de Tocqueville regresó de los Estados Unidos en la década de 1830, no trajo consigo solo una descripción de un sistema político, sino una advertencia sombría: la democracia porta en su ADN las semillas de su propia degradación. No es un enemigo externo el que la tumba, sino su propia lógica interna mal gestionada.
Para entender por qué padecemos hoy de gobernanza ineficiente, corporativismo asfixiante y corrupción sistémica, debemos mirar el espejo que Tocqueville nos puso delante.
El Despotismo Blando y la Crisis de Gobernanza
Tocqueville no temía a los tiranos de látigo y cadenas, sino a algo mucho más insidioso: el «despotismo blando».
Imaginó un Estado tutor que se encarga de asegurar los placeres de los ciudadanos, volviéndolos pasivos.
El síntoma: Una ciudadanía que intercambia su participación política real por una «tranquilidad pública» garantizada por el Estado.
La falla: Al delegar todo el poder en una administración centralizada para evitar molestias, la gobernanza se vuelve un aparato pesado, lento y desconectado de la realidad local. La democracia deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una gestión de la mansedumbre.
El Individualismo y el Vacío que llena el Corporativismo
Aquí reside el gran error de cálculo de las democracias modernas.
Tocqueville observó que la igualdad tiende a aislar a los hombres, haciendo que se preocupen solo por sus intereses privados (lo que él llamó individualismo).
«El individualismo es un sentimiento reflexivo y pacífico que dispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes… abandona a la sociedad propiamente dicha a sí misma».
Cuando el ciudadano se retira a su esfera privada, deja un vacío de poder.
Ese vacío no se queda vacío: es ocupado por grupos de interés, élites extractivas y estructuras corporativistas.
En lugar de una sociedad civil fuerte, tenemos «gremios de influencia» que negocian con el Estado a espaldas del bien común.
El corporativismo y el lobbismo son, en esencia, hijos bastardos del abandono cívico.
La Igualdad frente a la Libertad: El Caldo de Cultivo de la Corrupción
Para Tocqueville, el amor por la igualdad es más ardiente que el amor por la libertad. Los hombres están dispuestos a sacrificar sus derechos políticos con tal de que nadie esté por encima de ellos en lo material.
Esta pasión ciega permite que la corrupción se institucionalice.
Si el sistema promete igualdad material pero no puede cumplirla mediante el mérito, se crean redes de clientelismo.
La corrupción no es entonces una «manzana podrida», sino el lubricante necesario para que un sistema diseñado para la igualdad sobreviva a su propia ineficiencia económica.
El Diagnóstico Final
El «descalabro» del que hablamos no es una ruptura violenta, sino un marchitamiento.
Tocqueville nos advirtió que la democracia degenera cuando:
La Administración se vuelve inmensa y trata a los ciudadanos como menores de edad.
Los cuerpos intermedios desaparecen; sin asociaciones fuertes, el individuo está solo frente al Estado.
El bienestar material es la única métrica, olvidándose que la libertad requiere un esfuerzo constante y, a menudo, incómodo.
La gobernanza actual, plagada de tecnocracia y alejada del pulso ciudadano, es exactamente el «poder inmenso y tutelar» que el pensador francés describió con temor. No es que el sistema esté roto; es que está funcionando bajo las fallas que no supimos corregir a tiempo.
Humberto Eco lo definió como la Anatomía del Colapso Democrático:
Pasamos de la estupidez de creer que un conjunto de políticos y burócratas nos solucionarían la vida, a la locura que es la realidad actual en la que sentimos la frustración por nuestra propia estupidez.
Suponemos que el poder Estatal garantiza el orden, cuando en realidad gestiona su propia supervivencia.
Creemos que el crimen organizado es un enemigo externo a sistema, cuando en realidad es un socio silencioso que provee el orden que el Estado abandonó.
Se pretende que la cultura política es un debate de ideas, cuando en realidad es una acumulación de gritos, memes, y exhibición de riqueza impune.
Apostamos a la que Justicia es un pilar de equidad, siendo que es un teatro de sombras donde sólo cae el que no tiene conexiones.
El «Carnaval» de la Decadencia
Umberto Eco recordaría que, en la Edad Media, el carnaval era el periodo donde todo estaba permitido y las jerarquías se invertían.
Hoy, diría que vivimos en un «Carnaval Permanente»: los gobernantes actúan como bufones, los criminales como señores feudales, y el pueblo asiste atónito a la demolición de su propio futuro.
Para él, la verdadera «locura» no es que el sistema falle, sino que nosotros, como sociedad, hayamos aceptado esta degradación estética y moral como algo inevitable.
Para Umberto Eco, la resistencia no era un acto de fe ciega, sino un ejercicio de guerrilla cultural.
Ante un panorama donde los gobiernos se rinden al narco y la ignorancia se exhibe con orgullo, Eco proponía un «pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad».
Veamos las propuestas de Eco y Tocqueville para intentar superar esta debacle, y su absoluta vigencia.
