Uruguayan resident watching an abstract security scene on television in a modest Montevideo living room.

Crónica de un delirio charrúa

Cuando el sueño húmedo choca con la realidad (o con la falta de ella)

CRÓNICA DE UN DELIRIO CHARRÚA
Cuando el sueño húmedo choca con la realidad (o con la falta de ella)
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Hay que reconocer que la imaginación del uruguayo promedio no tiene límites, especialmente cuando se cruza con esa entrañable costumbre nacional de creer que los problemas complejos se solucionan con una mudanza de despacho o, con la llegada de un mesías extranjero.
Entremos por un momento la escena de nuestro ciudadano, en el sofá del analista, con un termo bajo el brazo, semi dormido por el agotamiento de una sobredosis de informativos, que sudando explica al psicólogo la epifanía definitiva.
La renuncia que sacudiría al Centro de producción de liderazgos “Mujica”, a la Torre Ejecutiva, y a las murgas:
Todo arranca con el clímax de la ensoñación del paciente: el ministro del Interior renuncia.
Y no es una renuncia protocolar, de esas que se presentan para asumir en una dirección autónoma, como embajador suplente en Palestina, o para postularse a la presidencia manya. No. Renuncia, acorralado por un panorama digno de película distópica:
Un sistema carcelario que ya no aloja más presos, sino que compite directamente con el censo nacional rozando los 17.000 recluidos.
Una epidemia de homicidios por sicariato especializado, que mete miedo (casi a diez por día, según la hipérbole febril del soñador paciente).
Barrios enteros donde el Estado entra únicamente en helicóptero blindado, teme a los drones y narco palomas.
Y la frutilla del postre: el fútbol uruguayo suspendido indefinidamente, porque ya ni los clásicos de la “C”, del cuadro de Messi y Suárez, se pueden jugar con público debido a que las barras bravas pasaron a ser franquicias del narcotráfico en conflicto, que compiten por la plaza.
Ante este colapso bíblico, donde la seguridad social y la pública parecen fundirse en un solo abismo de desidia, el ministro se inmola políticamente y deja, vencido, la cartera vacante.
El salvavidas salvadoreño: «Traigan al vice de Bukele»
Pero acá es donde el sueño húmedo entra en su fase psicodélica más pura. Desesperado por el clamor público —ese que se manifiesta principalmente a través de cadenas de WhatsApp indignadas y tuits o X a las tres de la mañana— el Presidente de la República toma una decisión audaz: llamar por teléfono a El Salvador.
¿Para qué?
Para ofrecerle el ministerio nada menos que al vicepresidente de Nayib Bukele, Félix Ulloa (asumiendo en ese delirio que el reputado abogado constitucionalista y vice, conocido por la ingeniería jurídica del régimen salvadoreño, ex- de izquierda, se muda a las tierras del candombe para ponerse el mameluco de ministro ejecutor).
La idea es simple, brillante y totalmente absurda como interpretan los periodistas que no ingresaron aún a cargos públicos: importar la mano dura centroamericana a la patria de la legalidad institucional, los fueros parlamentarios y las comisiones investigadoras inservibles.
Imagínese la escena, doctor, en los imponentes y vidriados pasillos de Torre Ejecutiva: el emisario presidencial esperando en la entrada con un cartel que dice «Vice de Bukele, amigo, al menos yo estoy contigo”, mientras los sindicatos policiales, los gremios de funcionarios públicos, los constitucionalistas de todas las corrientes y edades, y la mitad del espectro político se preparan para convocar a un paro general antes de que el avión siquiera toque pista.
Las medidas «óptimas» del señor Ulloa y el colapso en los barrios
Apenas asume, el flamante ministro extranjero despliega su manual de medidas correctivas con la precisión de un relojero suizo y la sutileza de un tractor oruga:
Estado de Excepción Permanente y Nada de Pataleo: Se declaran suspendidas las garantías constitucionales del artículo 31 en media docena de asentamientos. El clásico «allanamiento nocturno» pasa a ser un trámite de rutina a las tres de la mañana, ejecutado por tanquetas que entran rompiendo pasarelas y ranchadas.
La megacárcel exprés en el norte: Ante los 17.000 presos hacinados, se decreta la construcción en sesenta días de un «CECOT charrúa» en medio de la nada en Tacuarembó, donde los reclusos usan mamelucos celestes, pantalón negro, y medias blancas idénticos, duermen en cuchetas de cemento con colchón autopercibido; y el concepto de «visita higiénica» pasa a ser una leyenda urbana.
Trabajo forzoso y productivo: Se implementa el dogma de que «el que no trabaja, no come» (ni descansa). Todos los presos son organizados en brigadas obligatorias de producción intensiva: desde la fabricación de adoquines y la construcción de obra pública, hasta talleres textiles masivos, con el fin de autofinanciar totalmente el costo de su reclusión y abastecer con peculio y víveres a sus propias familias fuera del Penal, eliminando de un plumazo los costos estatales y las changas delictivas por autorizaciones al dentista.
Cercos militares tácticos: Los barrios tomados por el narco (esos donde los ómnibus cortan el recorrido y las ambulancias entran con custodia pertrechado a guerra) son rodeados por alambre de púa y anillos del Ejército. Nadie entra ni sale sin código QR, requisa corporal y 37 flexiones obligatorias bajo la lluvia.
¿El efecto en los barrios?
El impacto es inmediato y genera dos bibliotecas de opiniones en el febril sueño del uruguayo: por un lado, el delito callejero pesado y las balaceras de sicarios merman a cero en las zonas sitiadas, porque los narcos locales —acostumbrados a negociar con fiscales garantistas y códigos penales esfumados— se ven descolocados ante pelotones que no piden cédula antes de actuar colocándolos cuerpo a tierra.
Por otro lado, la reacción social es de proporciones atómicas: los vecinos honestos que querían seguridad se encuentran de repente con que los tanques bloquean la salida a la feria, la esquinera del barrio quedó convertida en un puesto de control militar, y los organismos de derechos humanos entran en un estado de coma con convulsiones continuas. Todos gritan eufóricos; “Vivan los gorilas”.
Las bocas de pasta base cierran colocando el cartel: Así no vale.
Los cortes de ruta de protesta “compañera” de la economía formal narco colapsan la Ruta Interbalnearia en pleno enero, mientras las familias de los reclusos se dividen entre agradecer los paquetes de provisiones mandados desde la cárcel y denunciar el régimen de esclavitud fordista (por si no dura). Muchos aprovechan para farmear aura.
Despertando del coma fantástico
Por supuesto, el sueño se termina abruptamente cuando suena la alarma del celular avisando que le robaron al “Toto” de la casa; chiguagua albino que cuesta un disparate; y le sacan la lengua los escuchantes por la cámara del celular.
La realidad uruguaya reaparece en todo su esplendor: nadie va a renunciar por algo así, y menos un afro descendiente tozudo que odia las audiencias en Fiscalía.
Las cárceles seguirán acumulando historias sin solución mágica, y los partidos de fútbol se seguirán postergando, ahora por la venida del Papa, durante mesas que duran meses en mesas multipartitas.
Porque soñar con soluciones estilo Bukele tropical orientales, está bien para pasar el rato, pero en el fondo todos sabemos que aquí, antes de traer al vice de Bukele, primero nos íbamos a pelear por ver quién cebaba el mate en la eterna reunión multipartidaria y sindical de negociación, preparatoria del discurso presidencial.

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