Person contemplating two symbolic paths representing conscious human evolution in the age of artificial intelligence.

Cuando la evolución se vuelve consciente: el desafío de dirigir nuestro propio desarrollo

Desde la filosofía clásica hasta la inteligencia artificial, una reflexión sobre el paso de la evolución inconsciente a la responsabilidad consciente del ser humano.

Cuando la evolución se vuelve consciente: Una interpretación del proceso humano

Parto de la convicción de que existe una ley de evolución que se manifiesta inexorablemente en la naturaleza, en la vida y en la historia humana.
Al hablar de evolución no me refiero a un progreso lineal ni a la garantía de que todo cambio produzca algo mejor.
Me refiero a un proceso permanente de transformación mediante el cual se desarrollan posibilidades que antes permanecían latentes.
Durante millones de años, ese proceso ocurrió sin que los seres vivos tuvieran consciencia de él.
La vida se adaptó, se diversificó y adquirió capacidades cada vez mayores sin proponérselo deliberadamente.
El ser humano fue inicialmente otro resultado de esa evolución inconsciente.
Su cuerpo, sus instintos, su sensibilidad y sus primeras facultades mentales se formaron antes de que pudiera comprender su propio origen.
Sin embargo, con la aparición de la conciencia ocurrió algo extraordinario.
La evolución produjo un ser capaz de observar el proceso del cual él mismo era resultado.
La naturaleza comenzó, por medio del ser humano, a contemplarse y a interrogarse a sí misma.
Ese acontecimiento no convirtió inmediatamente al hombre en conductor de su evolución.
Durante gran parte de la historia, la consciencia humana fue apenas suficiente para registrar la experiencia, transmitirla y aprender lentamente de sus consecuencias.
Los individuos y las sociedades evolucionaron impulsados por la necesidad, la lucha, el sufrimiento, el error, la adaptación y la acumulación de conocimientos.
La humanidad aprendía después de que los acontecimientos se producían.
Primero experimentaba las consecuencias y luego intentaba comprender sus causas.
La evolución seguía actuando, pero lo hacía principalmente de forma inconsciente.

La progresiva comprensión del proceso

La historia del pensamiento puede interpretarse como la lenta toma de conciencia de ese proceso.
Los primeros filósofos buscaron descubrir el orden que existía detrás de la diversidad y el cambio.
Heráclito percibió que todo está en permanente devenir.
Platón distinguió entre la apariencia sensible y una realidad inteligible que debía ser alcanzada por la mente.
Aristóteles concibió a los seres como realidades capaces de actualizar las posibilidades contenidas en su propia naturaleza.
Los estoicos comprendieron que el ser humano debía aprender a gobernar sus juicios y armonizar su conducta con un orden universal.
Las grandes religiones introdujeron la idea de una transformación interior orientada por un sentido superior de la existencia.
Sin embargo, esa transformación quedó generalmente vinculada con la fe, la revelación, la obediencia o la intervención divina.
La filosofía moderna desplazó la atención hacia la razón humana.
El hombre dejó de considerarse solamente una criatura sometida a un orden trascendente y comenzó a reconocerse como sujeto capaz de conocer el mundo por sí mismo.
La ciencia descubrió leyes que permitieron explicar y transformar la realidad exterior.
No obstante, el espectacular conocimiento de la naturaleza no fue acompañado por un conocimiento equivalente de la propia vida mental.
El ser humano aprendió a gobernar fuerzas exteriores mucho antes de aprender a gobernar las fuerzas que actuaban dentro de él.

De la idea de progreso a la educación

La Ilustración convirtió la evolución humana en una aspiración histórica consciente.
Condorcet sostuvo que la humanidad era perfectible y que la razón, la ciencia, la libertad y la educación podían emanciparla de la ignorancia y la opresión.
El progreso dejó de ser concebido como una simple sucesión de acontecimientos y comenzó a ser pensado como una empresa deliberada.
Sin embargo, la perfectibilidad de Condorcet seguía dependiendo principalmente del avance del conocimiento y de la reforma de las instituciones.
La posibilidad de una transformación interna y metódica del individuo todavía no ocupaba el centro del proceso.
José Pedro Varela llevó esa convicción al terreno de las realizaciones.
Si el ser humano podía perfeccionarse, la educación debía dejar de ser un privilegio y convertirse en el fundamento de la sociedad.
La escuela pública permitiría que cada niño desarrollara sus facultades y que cada individuo pudiera actuar como ciudadano libre y responsable.
Varela convirtió una idea filosófica en una estructura destinada a transformar la sociedad.
Pero la educación enseñó al ser humano a leer, razonar, calcular y convivir sin llegar a enseñarle el funcionamiento consciente de las facultades con las que aprendía.

La insuficiencia del progreso exterior

Rodó percibió que la educación intelectual y el progreso material no bastaban.
Una civilización podía ser próspera, eficiente y técnicamente avanzada mientras empobrecía interiormente al individuo.
La especialización podía desarrollar extraordinariamente una capacidad y, al mismo tiempo, mutilar la integridad de la persona.
Rodó reclamó una formación que incluyera los ideales, la sensibilidad, la belleza, la cultura y la dimensión espiritual de la vida.
Su pensamiento introdujo una advertencia decisiva.
El progreso exterior no constituye por sí mismo una evolución humana.
Sin embargo, Rodó expresó principalmente un ideal y no llegó a formular un método para realizarlo.

Aprender a pensar

Vaz Ferreira dio otro paso al examinar el funcionamiento concreto de la razón.
Comprendió que no bastaba con proporcionar conocimientos porque la propia inteligencia podía deformarlos mediante falsas oposiciones, generalizaciones apresuradas y razonamientos sistemáticos.
El error no provenía solamente de la ignorancia.
También podía surgir de los mecanismos utilizados para pensar.
Vaz Ferreira sustituyó la seguridad doctrinaria por la observación, la prudencia y la atención a la complejidad de lo real.
Enseñó a desconfiar de las soluciones demasiado perfectas y de las palabras que pretenden encerrar una realidad siempre más amplia.
Su pensamiento acercó la filosofía al examen de la actividad mental.
No obstante, aprender a reconocer los errores del razonamiento todavía no equivalía a conocer integralmente la propia vida interna.

La evolución consciente

González Pecotche sitúa el problema en un nuevo plano.
El ser humano no debe limitarse a recibir educación, cultivar ideales o corregir sus razonamientos.
Debe aprender a conocerse, observar su mundo interno, identificar los pensamientos que influyen en su conducta y utilizar conscientemente sus facultades mentales y sensibles.
La evolución deja entonces de ser solamente un proceso que ocurre en el individuo.
Se convierte en un proceso que el individuo puede promover y dirigir.
Este es el punto en que la ley de evolución comienza a hacerse consciente.
La conciencia ya no se limita a registrar lo ocurrido.
Observa, selecciona, corrige, organiza y crea condiciones para que la transformación se produzca deliberadamente.
El ser humano deja de ser únicamente el resultado de su pasado y comienza a participar conscientemente en la construcción de su futuro.

El verdadero umbral

Esto no significa que la humanidad haya llegado al final de su evolución.
Significa que puede estar llegando al final de su fase exclusivamente inconsciente.
La evolución automática produjo las facultades humanas.
La evolución consciente deberá enseñar a utilizarlas.
La primera acumuló capacidades.
La segunda tendrá que darles dirección, sentido y responsabilidad.
Esta transición no está garantizada.
Las sociedades pueden retroceder y los individuos pueden negarse a evolucionar.
El desarrollo tecnológico puede avanzar mientras la vida moral permanece estancada.
La ley de evolución puede ser inexorable, pero la participación consciente en ella constituye una conquista individual.

La inteligencia ante sí misma

La inteligencia artificial hace visible la magnitud de este desafío.
La humanidad ha conseguido reproducir exteriormente algunas funciones de la inteligencia antes de comprender y gobernar plenamente su propia actividad mental.
Hemos creado sistemas capaces de ampliar nuestras capacidades mientras todavía desconocemos buena parte de los pensamientos, hábitos e influencias que dirigen nuestras decisiones.
La inteligencia artificial no representa solamente una nueva herramienta.
Representa el momento en que la inteligencia humana se encuentra ante una exteriorización de sí misma.
Ese encuentro obliga al ser humano a preguntarse quién conduce realmente su inteligencia, con qué finalidad la utiliza y qué clase de evolución desea promover.
La soberanía cognitiva se convierte así en una condición de la evolución consciente.
No podemos dirigir deliberadamente nuestra evolución mientras no aprendamos a gobernar las facultades con las que pensamos, sentimos, decidimos y creamos.

Una nueva responsabilidad

La civilización humana puede ser comprendida como la larga preparación mediante la cual la evolución inconsciente produjo un ser capaz de asumir conscientemente su propio perfeccionamiento.
Condorcet reconoció la perfectibilidad de la humanidad. Varela convirtió la educación en instrumento de transformación.
Rodó afirmó que el progreso debía incluir la vida interior.
Vaz Ferreira enseñó a observar el funcionamiento real del pensamiento.
González Pecotche propuso que el individuo promoviera y dirigiera su evolución en forma consciente.
El desafío actual consiste en asumir plenamente las consecuencias de esa trayectoria.
La evolución nos condujo hasta la conciencia.
A partir de ahora, la conciencia deberá aprender a conducir la evolución.

Evolución consciente
Educación y autoconocimiento
Soberanía cognitiva

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