Por qué los presidentes sin capacidad ejecutiva están fallando frente a la nueva competencia tecnológica y geopolítica
Estudiemos sobre la estética del fracaso en la política contemporánea.
Diseccionando la figura del «presidente de vidrio»: aquel líder de coalición que, de tanto intentar ser transparente para todos, termina por no ser visto por nadie.
Exploremos cómo, la búsqueda obsesiva del consenso, que en realidad se detesta, no es más que una forma educada de parálisis económica y social.
Con énfasis en la incapacidad de las burocracias tradicionales posmodernas para integrar el conocimiento especializado que el siglo XXI exige con urgencia.
Al final, se postula que la irrupción de líderes de «aristas cortantes» (como Milei o Trump) no es un accidente, sino la respuesta estética y operativa de una sociedad que prefiere el estrépito de la ruptura al silencio sepulcral del estancamiento.
Intentemos entender por qué los gobiernos que no rompen nada, terminan rompiendo el futuro de sus ciudadanos.
Del Profesor Doctor Enrique Iglesias:
La Parálisis de los Gigantes: Geopolítica de la Inmovilidad en el Cambio de Época.
En los anales de la teoría económica y la diplomacia iberoamericana, la figura de Enrique Iglesias ha trascendido por su capacidad de diagnosticar, con la precisión de un relojero suizo, los movimientos tectónicos de la realidad global.
En su exposición: “Desafíos de las ciencias económicas en el mundo: ¿hacia dónde vamos?
”Un cambio de época, no una época de cambios
Enrique Iglesias desliza la mirada desde el espejo retrovisor hacia el parabrisas, nos dio su diagnóstico sobre el momento histórico que estamos atravesando.
“Creo que estamos entrando en un período muy complicado de la humanidad, mucho más complicado de lo que uno puede imaginar, porque estamos al inicio”.
En su visión, somos hijos de los 75 años que comienzan a partir de la segunda posguerra.
Estos fueron, para él, los años “más brillantes de la historia de la humanidad”, una afirmación que fundamentó con varias estadísticas.
Indicó que desde el inicio de la era cristiana hasta el año 1945 la esperanza de vida aumentó 15 años, que fue menos de lo que aumentó desde ese momento hasta la actualidad: “Hicimos en 75 años tanto más de lo que hizo la humanidad en 2.000”.
Durante esta “etapa brillante”, la población se multiplicó por tres en el mundo, mientras que la producción lo hizo por diez.
También descendió la pobreza en términos relativos −del 40% al 10%−, pese a que en números absolutos la población en esa condición es ahora mayor por la dinámica demográfica.
Y no sólo eso, las enormes transformaciones que estamos viviendo, asociadas al “impacto imparable e impredecible de la tecnología” y las relaciones internacionales, también son hijas de ese período y han transformado nuestras sociedades. “Fueron 75 años realmente de paz, de una paz atómica”.
Sin embargo, pese a todo esto, se mantuvo algo que desgraciadamente nunca ha dejado de acompañarnos a lo largo de la historia: los conflictos de razas, de religiones y de nacionalismos. “Esos nunca se borraron, y me temo que van a continuar en el futuro.
Estamos en un momento de cambio importante y creo que eso está vigente en muchos aspectos de la vida”.
Según advirtió, este fenómeno será mucho más acentuado, porque esa pax americana, como se la ha dado en llamar, fue así porque había una gran potencia con dominio en todos los planos.
Pero eso ahora cambió, a partir de la emergencia de China. “Todo ese futuro que se nos viene encima está comprometido, en primer lugar, por la forma en que estas dos grandes potencias puedan administrar sus liderazgos: ¿Lo van a hacer con colaboración? ¿Con competencia? ¿Con enfrentamiento?”, se preguntó.
“Me da la impresión de que este período de inestabilidad va a durar a causa de esta coyuntura internacional”.
En otras palabras, los años brillantes llegaron a su fin: “Esa época se ha terminado y empieza una nueva etapa, confusa, peligrosamente confusa, porque va a depender de los grandes equilibrios políticos, económicos y militares entre las grandes potencias”.
En este marco, “es muy difícil anticipar y prever, porque estamos dependiendo de factores que escapan a nuestro control y me temo que todo esto va a durar un tiempo”.
En este nuevo estadio de la historia humana, la supervivencia de las naciones no depende de sus recursos naturales o de su extensión territorial, sino de la sofisticación de sus equipos técnico-políticos y de la claridad de su dirección ejecutiva.
El diagnóstico es severo: aquel país que carezca de una estructura capaz de interpretar la inteligencia artificial, la guerra cuántica y las dinámicas de poder tecnocrático está irremediablemente destinado a la desaparición, o lo que es peor, a una irrelevancia pintoresca en los libros de historia.
Este cambio de época se manifiesta con una claridad casi cómica estos primeros días de 2026 en la estructura de mando de las dos superpotencias actuales.
Mientras el mundo observa con una mezcla de fascinación y pavor, Donald Trump y Xi Jinping han erigido leviatanes burocráticos y técnicos que parecen sacados de una distopía de Silicon Valley donde el capital de riesgo se ha casado con el complejo industrial-militar.
En el marco de una guerra simbiótica que oculta lo nuclear, los aranceles han sustituido a las bombas, y la negociación de alto nivel es un “toma y daca” profesional de equipos técnicos cívico-militares, que pueden desarrollar, simultáneamente, acciones en puntos distantes a miles de kilómetros con precisión milimétrica, y acuerdos complejísimos que demoraban décadas, en horas.
La parálisis del adversario se ha convertido en el nuevo estándar de oro de la defensa; ya no se busca el espectáculo ruidoso de la destrucción total, sino la elegancia silenciosa de la inmovilidad quirúrgica.
Asistimos en tiempo real a progresos científicos que permiten a equipos de élite «congelar» al enemigo, transformando la institucionalidad en cáscara vacía; un ejercicio de cortesía forzada y cortocircuitos magistrales.
Mientras esto sucede en nuestro tiempo y espacio, convidados de piedra se dicen “presidentes”, pero son inservibles para ese futuro que ya llegó.
Asisten a la fiesta del Titanic vestidos de harapos, con la ignorancia como estandarte y la irresponsabilidad que es corrupción expuesta obscenamente.
La advertencia de Iglesias sobre la necesidad de equipos preparados resuena con especial fuerza al observar la metamorfosis del Pentágono en el «Departamento de Guerra» bajo la administración Donald Trump.
Este cambio de nomenclatura no es meramente nostálgico; representa una reestructuración radical hacia la eficiencia corporativa aplicada a la gobernanza, técnicamente dotada, y profesionalmente preparada.
El equipo de Trump ha sido diseñado como una firma de private equity con capacidad nuclear, donde figuras como Michael Dodd, conocido en los círculos de innovación como «The DoddFather», supervisan un portafolio de tecnologías críticas que buscan acelerar el desarrollo de defensas no cinéticas.
Por su parte, Xi Jinping ha institucionalizado la «Fusión Civil-Militar» (MCF) como el pilar de su sueño de rejuvenecimiento nacional.
Bajo su dirección personal, la Comisión Central para el Desarrollo de la Fusión Civil-Militar China, ha eliminado las fronteras entre el laboratorio universitario y el hangar de misiles.
Este equipo técnico-político de 26 líderes de alto nivel asegura que cada avance en semiconductores o computación cuántica se traduzca de inmediato en una ventaja en el campo de batalla «inteligentizado».
La competencia entre ambos modelos es, en esencia, una batalla de gestión: el caos creativo y el capital de riesgo estadounidense frente a la disciplina absoluta y la integración sistémica china.
