science and technology state of the art in these days

EL RANKING DE LOS PRESIDENTES INSERVIBLES

¿De qué lideres hablamos?

El costo de la «banalidad»
El peor efecto de estos líderes no es el dinero que se apropian (que es mucho), sino el costo de oportunidad.
Mientras estas sociedades discutían la responsabilidad política o penal en los bolsos de Cristina, los pajaritos de Maduro, las fiestas de Olivos de Fernández, o los procesos contra familiares de Sánchez, y otros padecen guerras eternas, el resto del mundo uno avanzaba en tecnología, educación y sostenibilidad.
El atraso social no es solo pobreza; es pérdida de esperanza en que el esfuerzo personal cambie la realidad.
Cuando el ejemplo que viene desde arriba es la impunidad, el tejido social que se desgarra requiere generaciones para volver a zurcirlo; y a veces un pasaje por el totalitarismo.
El diagnóstico es severo: aquel país que carezca de una estructura capaz de interpretar la inteligencia artificial, la guerra cuántica y las dinámicas de poder tecnocrático está irremediablemente destinado a la desaparición, o lo que es peor, a una irrelevancia pintoresca que no aparecerá en los libros de historia.
En el cambio de época actual, la ideología es únicamente una excusa para detener el progreso o para camuflar corrupción.
La conflagración tradicional murió; el arma más temida no es la que explota, sino la que emite un zumbido imperceptible.
Las armas de Microondas de Alta Potencia (HPM) representan la apoteosis de la inmovilidad tecnológica humana.
Estos sistemas operan bajo el principio de convertir la energía electromagnética en radiación de alta potencia para implementar un «soft kill» (muerte suave) sobre los sistemas de información enemigos, dejando al adversario con una colección de hardware inútil que solo sirve para decorar el paisaje.
China ha tomado la delantera en la implementación de estos «electrodomésticos bélicos» con la serie Hurricane.
Presentados en el Zhuhai Air Show de 2024, estos sistemas han sido diseñados para enfrentar el enjambre de drones.
El Hurricane 3000, montado sobre un camión Shaanxi Auto 8×8, cuenta con una pantalla de cine gigante diseñada para proyectar un pulso que fríe instantáneamente los circuitos de cientos de drones simultáneamente.
La ironía científica reside en la economía del disparo.
Mientras que un sistema de defensa aérea convencional basado en misiles puede agotar el tesoro nacional intentando derribar drones de quinientos dólares, el Hurricane dispara ráfagas de energía que cuestan apenas unos centavos de electricidad.
Es la victoria de la termodinámica sobre la logística: el adversario se queda inmóvil porque sus «ojos» electrónicos han sido cegados por un destello invisible a kilómetros de distancia.
La respuesta estadounidense a la inmovilidad electromagnética se llama “Leonidas”, desarrollado por la empresa Epirus.
Lo que hace que el Leonidas sea una pieza de «ironía elegante» es su naturaleza definida por software.
Utilizando semiconductores de nitruro de galio (GaN) en lugar de los antiguos y voluminosos tubos de vacío, el Leonidas puede ajustar su haz de energía con una precisión quirúrgica para «apagar» un solo dron hostil o saturar un volumen de espacio completo.
La administración Trump ha integrado el Leonidas en su arquitectura «Golden Dome», una cúpula defensiva que promete inmovilizar cualquier amenaza de baja altitud antes de que esta pueda siquiera detectar su objetivo.
En lugar del proyectil físico, tenemos una «pared de energía» que no causa daños colaterales, no deja metralla y no requiere que nadie sea enterrado; una guerra donde el único que sufre es el balance del enemigo.
Si las máquinas son paralizadas por las microondas, el ser humano ha encontrado su propio «candado invisible» en el Sistema de Denegación Activa (ADS).
Es una de las aplicaciones más curiosas y refinadas de la física de ondas milimétricas, diseñada para detener a individuos sospechosos o multitudes hostiles sin causarles un rasguño.
El ADS opera a una frecuencia de 95 GHz, emitiendo un haz de energía que viaja a la velocidad de la luz y penetra la piel humana solo hasta una profundidad de 1/64 de pulgada.
A diferencia de un horno microondas convencional, que opera a 2.45 GHz y cocina los tejidos desde adentro, el ADS se queda en la superficie, excitando las moléculas de agua y grasa para producir una sensación de calor intolerable.
El resultado es el «efecto de repulsión»: el sujeto siente que su piel está en llamas y, de manera instintiva, se mueve para escapar del haz.
El adversario no puede avanzar, no puede disparar y no puede pensar, porque su cerebro está totalmente ocupado procesando la falsa noticia de que se está convirtiendo en una barbacoa humana.
Una vez que el individuo sale del haz, la sensación desaparece sin dejar daños permanentes; el arma ideal para el «cambio de época» donde la opinión pública y el derecho internacional miran con lupa cada gota de sangre derramada.
Acompañando al rayo de calor, el Dispositivo Acústico de Largo Alcance (LRAD) ha sido elevado a la categoría de leyenda urbana.
Aunque se le conoce como un «cañón de sonido», su función es inmovilizar mediante la desorientación auditiva y el dolor físico inducido por la presión sonora.
En incursiones recientes como la de Maduro y sus mercenarios cubanos, se han difundido rumores sobre armas sónicas secretas que provocan hemorragias nasales y vómitos, pero tales efectos son el resultado del pánico y la desorientación, no de una frecuencia mágica que reviente órganos a distancia.
Sin embargo, la capacidad del LRAD para detener a un intruso simplemente proyectando un tono de advertencia que hace que las rodillas tiemblen y el equilibrio se pierda es una herramienta fundamental en el arsenal de inmovilidad.
Es la guerra convertida en una discoteca mal sintonizada de la que nadie puede escapar, una solución elegante y cómica para el problema de los centinelas demasiado entusiastas.
En el cambio de época, la potencia ya no es una cuestión de batallones de infantería, sino de enjambres de drones que coordinan sus acciones como una sola mente colmena.
La parálisis aquí se logra mediante la saturación: el defensor tiene tantos objetivos que atacar que su sistema de defensa simplemente «se rinde» ante la imposibilidad matemática de interceptarlos a todos.
China ha presentado el Jiu Tian, una «nave nodriza» de 10 toneladas que puede lanzar enjambres de drones más pequeños desde una bahía de carga modular.
Mientras que los drones tradicionales son lentos y fáciles de detectar, el Jiu Tian vuela a 900 km/h, permitiendo que el enjambre sea desplegado en el corazón del territorio enemigo en cuestión de minutos.
La verdadera magia científica reside en la «inteligencia de enjambre».
Los drones no son controlados individualmente por un humano (lo que sería una pesadilla logística), sino que utilizan algoritmos inspirados en el comportamiento de las abejas o las aves para ajustar su formación, cubrir áreas de búsqueda y responder a las amenazas de forma autónoma.
El resultado es una inmovilización total del adversario, que se ve rodeado por una nube de máquinas que bloquean sus comunicaciones, interfieren sus radares y, si es necesario, realizan ataques de precisión quirúrgica.
El programa “Replicator” de los Estados Unidos busca contrarrestar la masa china con su propia oleada de miles de sistemas autónomos baratos y desechables, cuya finalización se estimaba en agosto de 2025, bajo la dirección de los nuevos «vendedores de tecnología» del Departamento de Guerra,
Replicator se enfoca en la «Autonomía Colaborativa».
La ironía de este enfoque es que el Pentágono está tratando de resolver un problema militar mediante un modelo de fabricación masiva que se parece más a la producción de teléfonos móviles que a la de aviones de combate.
El director de DARPA, Stephen Winchell, ha dejado claro que el objetivo es construir robots «fácilmente fabricables» en astilleros de tercer nivel y talleres locales, asegurando que la cantidad tenga su propia calidad inmovilizadora.
Un enemigo que se enfrenta a diez mil drones no está peleando una guerra; está intentando vaciar el océano con una cuchara.
Para completar el cuadro del cambio de época, debemos sumergirnos en lo invisible: el código informático y la bioquímica.
Aquí, la inmovilización no requiere ni luz, ni sonido, ni calor; solo requiere la manipulación de la información y la fisiología.
En el 2025, la ciberguerra ha evolucionado desde el simple robo de datos hacia la «inmovilización de infraestructuras críticas».
Los equipos técnicos de Trump y Xi cuentan con unidades de «efectos no cinéticos» que pueden apagar una red eléctrica, detener el suministro de agua o paralizar los sistemas de transporte de una nación entera con una línea de código.
La ironía de este método, probado con Maduro y los mercenarios cubanos, es que el adversario a menudo no sabe que está bajo ataque hasta que es demasiado tarde.
Las operaciones cibernéticas quirúrgicas se disfrazan de fallos técnicos, errores de actualización o problemas de mantenimiento, inmovilizando la capacidad de respuesta de un gobierno mientras este intenta «reiniciar el sistema».
Es la parálisis del Estado moderno, que depende tanto de la conectividad que se vuelve vulnerable a un candado digital que nadie puede ver.
Por último, el progreso científico en incapacitantes bioquímicos ofrece la posibilidad de «apagar» al enemigo a nivel celular.
La investigación actual en agentes como el BZ o derivados del fentanilo busca crear condiciones de inmovilidad temporal que duren horas o días, permitiendo que una fuerza de élite capture una posición sin disparar un solo tiro.
Estos agentes actúan sobre el sistema nervioso central, induciendo estados de confusión, sueño o parálisis muscular reversible.
El equipo técnico-político de Xi, por ejemplo, ha integrado estos estudios dentro de su visión de «guerra inteligentizada», reconociendo que un soldado dormido es mucho más fácil de gestionar que uno muerto.
Es la máxima expresión de la elegancia cómica: ganar una batalla porque el bando contrario decidió, colectiva e involuntariamente, que era un excelente momento para una siesta profunda.
El Triunfo de la Inteligencia sobre la Fuerza Bruta, en un CAMBIO DE EPOCA que ya está aquí, y que es implacable con los improvisados.
La capacidad de Trump y Xi para rodearse de equipos que manejan microondas, enjambres de drones, rayos de calor y virus informáticos es lo que les permite hoy dictar las reglas del juego global.
La inmovilidad del adversario no es solo una táctica militar; es una metáfora de la superioridad técnica y política en el siglo XXI.
La ironía elegante de nuestra era es que la guerra se ha vuelto tan sofisticada que, en su forma más pura, nadie tiene que morir; solo tienen que quedarse muy quietos, en silencio, mientras el futuro pasa de largo por encima de sus cabezas paralizadas.
Nuestros atrasados gobernantes deben definir rápido de qué lado vamos a colocarnos, ya que son inservibles, confiemos en el álea para que esta vez, acierten.

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