Manual práctico para convertir la ineficiencia en política de Estado
EL REFUGIO DE LOS INÚTILES SIN REFERENCIA LABORAL
Manual práctico para convertir la ineficiencia en política de Estado
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Alguien dijo alguna vez, y fue censurado, “…ellos hacen como que trabajan y, … yo hago como que les pago un sueldo”.
La historia de un país donde el desempleado consigue refugio temporal para evitar morirse de hambre, y un espacio lúdico para quejarse de su mala suerte.
Hay quienes ven en la proliferación de oficinas públicas con luces encendidas y pasillos repletos de ciudadanos desatendidos una falla de diseño institucional.
¡Qué error de perspectiva!
Visto con la benevolencia de la sociología criolla y el realismo de los despachos cobijo, el empleo público masivo no es un problema: es la obra de beneficencia más compleja, onerosa y sofisticada de Occidente.
Si el sector privado local tuviera la osadía de competir en mercados abiertos, pagar salarios de primer mundo y exigir niveles reales de productividad, dejaría a miles de ciudadanos en la más absoluta intemperie de la intrepidez empresaria.
Por suerte está el Estado, ese tierno corazón bondadoso que, fiel al diagnóstico de Alberto Benegas Lynch, decide intervenir justo allí donde la realidad se pone desagradablemente competitiva.
La caridad con plata ajena
El silogismo es perfecto en su perversidad.
Asfixiemos al sector productivo con una estructura regulatoria digna de una ingeniería aeroespacial y un sistema tributario que confisque hasta las ganas de emprender.
Una vez que hayamos logrado que abrir una PyME sea un deporte de alto riesgo, con más inspectores que clientes, proclamemos con orgullo social que el mercado privado «no genera empleos de calidad».
Aquí es donde entra la genialidad del parche burocrático.
Como bien advierte Ignacio Munyo al radiografiar las rigideces y los baches de productividad de nuestra economía, paradójicamente, la incapacidad sistémica para crecer se resuelve… contratando más gente para que mueva papeles que nadie lee, y sellos que remiten a otro burócrata bostezando.
¿Para qué reformar las leyes laborales, desregular la economía o modernizar la educación si se puede usar el presupuesto público como un gigantesco sedante social?
El arte de no rendir cuentas
En el sector privado, un empleado ineficiente es un problema humano de costos; en el reino del empleo público protegido, es un derecho adquirido.
Como enseñaba Ludwig von Mises, al no existir un sistema de precios ni un balance de pérdidas y ganancias, la administración estatal opera en una alegre dimensión paralela cuántica, donde el mérito es una mala palabra y la desidia se premia con antigüedad.
Total, ¿quién necesita salarios dignos generados por la creación genuina de valor cuando se puede tener un sueldo asegurado a fin de mes, financiado por impuestos al laburante cautivo que madruga todos los días?
El funcionariado masivo se convierte así en el premio consuelo de una sociedad que renunció a la excelencia y prefiere la paz de los cementerios administrativos, al crecimiento que cada ministro de Economía se encarga de justificar por el lugar indebido.
Conclusión: todos burócrateros, felices y pobres
Al final del día, mantener este monumental ejército de la redundancia es un acto de profunda justicia poética.
Si no podemos aspirar a ser un país rico, moderno y competitivo, al menos seamos todos empleados públicos de alguna repartición imaginaria; o la crearán de inmediato nuestros súbditos representantes.
Alcohólicos del impuesto ajeno, sostenemos con aplausos una estructura que nos cobija a cambio de nuestra libertad económica.
Una obra maestra de la supervivencia: el Estado te quita tu dinero bancarizándolo, te fija cargas imposibles de sustentar, arruina el negocio antes de abrir la puerta, te prohíbe competir… y después, contrata más funcionarios públicos, para que lo aplaudas y agradezcas su benevolencia con el “compañero” desempleado, inservible, desde un escritorio.
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