De los Mártires de Cartón y la Infiltración de los Galanes de la Metralleta
Aconteció, lector, que una vez sembrada la semilla de la discordia, era menester regarla con algo más espeso que la tinta: se requería la mística de la pólvora.
Pues es bien sabido que el entusiasmo es una enfermedad que los jóvenes militantes contraen por falta de experiencia en reconocer la vox pupuli, y que los viejos fomentan por exceso de cinismo.
En las calles de Montevideo, que hasta entonces solo habían conocido el paso pausado de los ciudadanos hacia el trabajo, empezaron a verse sombras que caminaban con el pecho inflado de una justicia adjetivada, que no venía de los tribunales instituidos por la ley, sino de las selvas lejanas.
Apareció entonces en el retablo aquel hidalgo de la triste guerrera, el argentino de mirada perdida, que decidió que la mejor forma de curar las heridas de un continente era abriéndole otras nuevas.
El "Che", ese dandi de la selva que comprendió antes que nadie que en política, una buena fotografía vale más que cien batallas ganadas, se convirtió en el modelo de una nueva caballería andante, cuyo estandarte era un fusil sobre un paredón.
Pero, ¡ay!, que sus lanzas no eran de madera de fresno, sino de acero checoslovaco, y sus molinos no eran gigantes, sino las instituciones que daban orden, y libertad de evitar impostores foráneos a los hombres.
Los archivos que Yofre desentierra nos hablan de la "Operación Manuel", un nombre que suena a bautizo de aldea pero que escondía la logística de un imperio de sombras.
No era el pueblo el que se levantaba, como decían los cantares de gesta de la Habana; eran agentes adiestrados en los sótanos de la inteligencia eslava los que llegaban con pasaportes falsos y maletas llenas de utopías explosivas.
La traición, cuando se viste de idealismo, es una mercancía que se vende sola, especialmente entre aquellos que nunca han tenido que labrar la tierra para comer.
En Uruguay, la vesania cubana encontró un caldo de cultivo exquisito, pese a la hipocresía del Che que en fiestas de gobernantes renegaba de que en el país se asentara como imprescindible la “revolución”, que reclamaba en la Universidad.
Los "galanes de la metralleta" e infiltrados a sueldo en dólares, sedujeron a las mentes más brillantes de la época.
Poetas que no sabían cargar un fusil escribían odas a la violencia, y abogados legisladores, que debían defender la ley, conspiraban para dinamitarla.
Se produjo entonces el gran milagro de la estulticia: el desprecio absoluto por la clase media.
Aquellos que producían recursos, los que mantenían el equilibrio de la nación, fueron declarados "enemigos del pueblo".
"No hay mayor tiranía que la de aquel que te quita el derecho a ser próspero para darte el privilegio de ser igual a él en la miseria."
Se instauró la moda de la escasez.
Lo esencial empezó a faltar, no porque la tierra fuera estéril, sino porque el odio es el peor abono para el comercio.
Los mercados, antes feraces como las huertas de Murcia, empezaron a languidecer bajo el peso de la "planificación" del igualitarismo y repartija de unos iluminados que no sabían distinguir un arado de una bayoneta.
El sistema de "blanco o negro" se radicalizó: o eras un santo revolucionario o un demonio oligarca.
El matiz, esa joya de la civilización equilibrada, fue arrojado al arroyo.
Mientras tanto, en las sombras, la embajada de la isla en Montevideo se convertía en una colmena de espías.
Por allí pasaban los dineros que habrían de financiar la división de las familias y el quiebre de las amistades de toda una vida.
La sevicia no estaba solo en las balas, sino en la destrucción de la confianza.
Se enseñó al hijo a sospechar del padre y al vecino a delatar al amigo.
Porque un pueblo dividido es un pueblo que se entrega atado de pies y manos al primer charlatán que le promete la unidad a través del castigo.
Uruguay, la nación del consenso, empezó a sangrar por las costuras.
El engaño se extendía como una peste de gala, y nadie parecía advertir que los "libertadores" traían en sus mochilas unas cadenas más pesadas que las que decían romper.
La clase media, acosada por el hambre de lo esencial y el desprecio de los soberbios, empezó a ver cómo su mundo de orden se desmoronaba bajo el peso de una opereta sangrienta que nadie había pedido pero que todos estaban obligados a presenciar.
Pero, ¿quiénes eran los verdaderos hacedores de esta ruina? ¿Qué nombres figuraban en las nóminas de la traición que Yofre ha rescatado de los sótanos de la historia?
La respuesta no está en los discursos de plaza, sino en los fríos informes de los espías que miraban desde la penumbra.
¿Cómo fue que el dinero de los empresarios secuestrados empezó a alimentar esta maquinaria de odio años más tarde?
¿Qué papel jugaron los "embajadores de la nada" en la caída de las democracias que se creían invulnerables?
Preparaos para el siguiente capítulo, donde la escena se traslada a los palacios donde se fraguaron las alianzas de sangre y coimas, y donde veremos cómo la sombra de Chávez empezó a proyectarse mucho antes de que él mismo supiera que sería el heredero de la ruina de un país riquísimo, que pasó a ser una tragedia bolivariana.
Siguiente capítulo: "De los Pozos del Engaño y el Heredero de la Retórica Incendiaria".
