A las familias el estado le extrae los recursos que genera con su trabajo.

NUESTRA CULTIVADA POBREZA – En América Latina creemos que la libertad es únicamente económica, y ésta se consigue a costa de todos los demás

Somos pobres en América Latina porque no creemos en nosotros mismos y delegamos completamente nuestro poder, autoridad y nuestros derechos en líderes providenciales y esperamos que el Estado resuelva lo que es de nuestra exclusiva responsabilidad.

El Estado, o los políticos que deciden por él, no van a sacar a nadie de la pobreza, salvo a ellos mismos, sus queridas/os, y el nepotismo con el que atienden la impertinencia de familiares.

Ningún líder tiene todas las respuestas y ningún estado puede administrar eficientemente la complejidad de las interacciones de la sociedad.

El sistema político resuelve sus problemas mediante el uso abusivo o corrupto del dinero que tiene responsabilidad de administrar y dar cuenta de dónde lo aplicó.

No creemos en la libertad de los individuos, las virtudes de la competencia y las oportunidades que nos ofrece comerciar.

Tendemos a confiar en ideologías con un relato voluntarista, o en personajes populistas la solución de nuestros problemas.

Una enorme cantidad de personas descreen en el crecimiento económico y social por el mérito y el esfuerzo; desconfiamos del progreso; creemos que repartir riqueza de los demás hasta igualarnos, es justo y necesario, para disminuir la brecha social económica.

Como no se cree en la libre competencia envidian; y fundamentalmente son deshonestos ya que quieren la riqueza de los otros como un derecho natural.

Con ello, no solamente castigan a los que se esfuerzan en crear recursos, sino que incentivan que esas personas dejen de hacerlo.

En América Latina tenemos el síndrome del prisionero, preferimos una cárcel mediocre a la libertad.

Hay una tendencia creciente y a la corrupción como alto generalmente tolerado.

Se tiene una actitud dispuesta a justificar el robo, la violencia y la conculcación de la libertad en aras de una igualdad en la miseria, que encontramos cómodamente como solución justa generalizada.

No se cree en la libertad con responsabilidad ni en la competencia dentro de un marco jurídico que nos iguale.

Nuestros ciudadanos más poderosos crean y mantienen redes de influencias económicas sociales que estrangulan social y económicamente a los ciudadanos de clase media y pobres, perpetuándose así la desigualdad.

Los gobernantes intentan emular a los virreyes. En lugar de asumir el poder como una circunstancia transitoria, se considera un derecho prorrogarla hasta que la fuerza del contrario consiga el cambio.

Eso mismo, es la pesadilla más penosa de nuestros pueblos. Seguimos estancados en reyes y vasallos. Cuando alguien gana una posición, quienes lo secundaron aspiran a desplazar a quien ocupe la posición con anterioridad.

Las minorías son sometidas, nunca se consideran otra cosa que oposición. Y estas se sujetan a las reglas del juego, tratando de denunciar las vesanias de la mayoría, sin mayor aporte a la mejora de la situación colectiva.

Quienes asumen un cargo se dan por satisfechos colocando parches a una realidad que asoma crítica, sin siquiera aceptar que se le marque el abismo al que se está alcanzando.

Porque somos como somos, en nuestras sociedades no hay igualdad de oportunidades, unos quieren la igualdad anti natura a secas y otros todas las oportunidades solo para ellos.

Por todo lo anterior, no hay creación de riqueza en América Latina, lo que realmente hay es una economía suma cero, en la cual, la riqueza disponible se basa exclusivamente recursos naturales.

Esos recursos se expropian por el Estado con el fin de dominar políticamente a la población, o son apropiados por privados nacionales o extranjeros que proceden a tender y mantener redes de influencia política con el propósito de asegurarse indefinidamente el poder económico y social ganado.

De lo contario, se intenta convencer a un inversor privado a acercarse, y le cambiamos las reglas de juego apenas se dan posibilidades políticas de abusar.

Ignoramos o no queremos ver que las grandes instituciones humanas y las reglas de comportamiento individual reconocidas como virtuosas, emergieron espontáneamente y no fueron creadas por armazones intelectuales, y menos por poderes absolutistas.

Somos pobres por vocación mayoritaria, que creen en el realismo mágico de relatos probadamente fracasados, palabras de alguien que se siente próximo o inventa palabras “lindas”.

No se cree en las leyes que han emergido desde la complejidad en el devenir de la evolución que se ha demostrado superadora de la pobreza de base que nos caracteriza.

Los adoradores de lo vulgar han derrotado a la cultura, a la que llaman “popular”, para sobrevalorar lo chabacano, decadente, disgregante de lo que debiera unirnos: LOS VALORES CULTIVADOS POR DECANTACIÓN.

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