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ODA A LA VIRTUD SELECTIVA

Un refugio seguro y bien pago para inútiles sin referencia

Todos los partidos políticos suponen que en caso de ganar las elecciones colocarán a sus mejores hombres al frente de las responsabilidades públicas. Luego, la aburrida condición de la repartija para conseguir que no se desmadre la acción en el Parlamento está por encima del interés público.
El FA no fue la excepción, prometió un gobierno de los mejores, incluso, sin importar la ideología. Por cierto, NADIE le creyó: los propios porque venían con el cuchillo entre los dientes, y los opositores, porque conocíamos de memoria esas promesas falsas que únicamente querían que el “rey desnudo” apareciera elegante.
Pero, lo más hipócrita de su planteo, es que insiste en que haya concurso para ingresar a cualquier cargo público, menos a los del Poder Ejecutivo, o en los más altos niveles del Legislativo.
Reclaman para otros; mientras pululan y florecen los cargos políticos, de particular confianza, o de “asesoramiento directo”, nepotismo familiar, cuota disfrazada de igualdad de género, o sencillamente, el viejo aforismo: “muy preparado para…”.
Designan a personas semi analfabetas por ideología, sin preparación especial para nada.
Aquellos que en la actividad privada no serían ni porteros, ocupan impunemente altos cargos de la Administración, y los resultados históricos y presentes están a la vista.
Esta oda a esa “virtud selectiva” por política concedida, resume este estilo paradójico: para algunos se exige concurso y nivel educativo mínimo imprescindible, y muchísima suerte; para los más altos cargos institucionales entran desde cantores de tanto, cuotas por el color, la ambigüedad sexual; simplemente por la referencia virginal de profesionalización, de otro semi analfabeto amigo.
Arotxa lo expuso inteligentemente: “toma té de alfalfa, pero tiene muchos votos”.

Oda a la Virtud Selectiva

¡Oh, sagrada igualdad de los humildes!
Ese grito que truena: «¡O para todos o para naides!»
Una frase tallada en el mármol del sacrificio,
ahora bordada en pañuelos de seda
por manos que jamás conocieron el arado.
Qué deleite observar la balanza de la Justicia,
tan precisa para el joven que busca un escritorio,
obligado a demostrar el brillo de su ingenio,
el rigor de su estudio y la pureza de su examen.
Para él, la puerta es estrecha y el muro es alto;
pues no hay mayor pecado en la democracia
que un funcionario que no sepa recitar su propia gramática.
¡Pero qué espectáculo tan exquisito ocurre en las cumbres!
Allí, donde el aire es más fino y el vino más caro,
la «preparación» es un vulgarismo pasado de moda.
¿Para qué el fastidioso concurso, esa invención de cartoncitos,
cuando se tiene el talento supremo de ser amigo?
Es la paradoja más bella de nuestra era:
Exigimos el genio al que sirve el café, al chofer, o ascensorista,
pero abrazamos la nada en quien dicta el destino.
La «confianza» es el único título que no requiere tinta,
y el «cargo político» es esa joya que brilla más
cuanto menos mérito tiene quien la porta.
¡Patria para todos, ciertamente!
Para los de abajo, el rigor de la ley y el examen;
para los de arriba, el cálido abrazo de la fortuna.
Porque en este mundo de apariencias, querido amigo,
solo los necios creen que para gobernar
hace falta algo más que un buen “amigo”
y una relación de conveniencia.
«El deber es lo que esperamos de los demás, nunca lo que exigimos a nosotros mismos.»
El Embudo de la Meritocracia: Patria para todos… “los compañeros”
En el imaginario colectivo uruguayo, la frase «Habrá patria para todos, o para naides» resuena con la fuerza de un juramento sagrado.
Es la promesa de una mesa donde no hay cabeceras y donde el derecho de uno es el derecho de la totalidad.
Sin embargo, en el tablero de ajedrez de la administración pública contemporánea, paradójicamente, la que debe tributo a la tecnología, la aplicación de este principio parece sufrió una mutación geométrica: se ha convertido en un embudo.
Ha sido prostituida como el igualitario artículo 8 de la Constitución, justamente, por los cultores del igualitarismo.
El examen para el llano
El Frente Amplio, principal impulsor de la institucionalidad administrativa por competencias, ha defendido con celo la bandera “igualitaria”.
Los social-comunistas tienen la veta en el manual del concurso público, para otros.
Terminar con el viejo clientelismo en los escalafones bajos y medios, que ellos colonizaron con los sindicatos.
Para entrar a limpiar un hospital, archivar expedientes o ser administrativo en un ente autónomo, el ciudadano debe someterse al escrutinio de la capacitación y el mérito.
Se le exige formación, se le computa la escolaridad, se le somete a prueba de conocimiento, y a sorteos. Aquí, la patria es «para todos» los que logren saltar la valla de la idoneidad y de miles de aspirantes a un sueldo seguro y un empleo sin complicaciones.
El oasis de la «Particular Confianza»
No obstante, al levantar la vista hacia las cumbres del Poder Ejecutivo y el Legislativo, el paisaje cambia drásticamente.
Allí, la «preparación» deja de ser un requisito acreditable para transformarse en una cualidad etérea llamada «confianza política».
Resulta una paradoja casi literaria que, mientras se profesionaliza la base de la pirámide, la cúspide —donde se toman las decisiones que afectan al crecimiento económico, la seguridad o la educación— permanezca como un territorio libre de exámenes.
En los cargos de particular confianza, el currículum es menos relevante que la lealtad partidaria, la cercanía personal, ideológica, carcelaria, o familiar.

La paradoja del experto autodidacta en tiempos de física quántica
La contradiction es flagrante:
• A nivel operativo: Se busca al más capaz mediante procesos rigurosos.
• A nivel estratégico: Se acepta al más cercano, a menudo sin formación específica en el área que debe gestionar.
Esta dualidad genera una burocracia de dos velocidades.
Por un lado, una masa de funcionarios aprobados por concurso que ingresaron por la puerta estrecha del mérito; por otro, una élite política que ingresa por la alfombra roja de la designación directa.
Si el concurso es la herramienta para garantizar la transparencia y la eficiencia, cabe preguntarse:
¿por qué el país puede permitirse el lujo de prescindir de ella justamente en los cargos de mayor responsabilidad?
Mientras el discurso oficial ensalza la igualdad de oportunidades de ocupar un cargo público con responsabilidad formativa, la realidad institucional sugiere que la «patria para todos» termina donde empiezan los despachos de las jerarquías, dependiente sólo del dedo que designa.
Veremos en el próximo artículo cómo se entra por la ventana; y ejemplos del fracaso de gobernar.

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