El artículo examina la relación entre libertad económica, instituciones, propiedad privada y migración, apoyándose en Hayek, Mises, Acemoglu y Thomas Sowell.
POBREZA, ÉXODO, ORDEN ESPONTÁNEO DEL MERCADO
El Dilema Trágico de Coartar la Libertad
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Una historia explica la economía mejor que muchas universidades:
Diez amigos se reunían todos los días en un bar a tomar cerveza. La cuenta era de 100 pesos, y la pagaban según su nivel de ingresos, al estilo de los impuestos:
Los 4 más pobres no pagaban nada. El 5.º pagaba 1 peso. El 6.º pagaba 3 pesos. El 7.º pagaba 7 pesos. El 8.º pagaba 12 pesos. El 9.º pagaba 18 pesos. Y el 10.º, el más rico, pagaba 59 pesos.
Hasta que un día el dueño del bar les hizo un descuento: —Hoy solo pagan 80 pesos.
Querían dividir el ahorro proporcionalmente, pero al hacerlo, algunos terminaban cobrando por beber. Así que el dueño del bar propuso una fórmula justa:
El 5.º al 10.º pagarían menos según lo que aportaban antes. Y todos estaban mejor que antes… todos ahorraban algo.
Pero afuera del bar, comenzaron las quejas: —¡El rico ahorró 9 pesos, yo solo 1 peso! —¡Eso no es justo! —¡Los ricos siempre ganan más!
Los primeros 9 amigos, enojados, decidieron golpear al 10.º.
Al día siguiente, el hombre más rico no volvió al bar. Y fue ahí cuando los demás descubrieron algo: Sin él… ni entre todos podían pagar la mitad de la cuenta.
Así funcionan los impuestos progresivos. El que más tiene… también es el que más aporta. Pero si lo castigas por tener, por aportar, por ganar… tarde o temprano se va.
Y entonces no solo lo pierdes a él… Pierdes el sistema completo.
Moraleja: “El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás.” — Margaret Thatcher!!!
La Tragedia del Éxodo y el Colapso de las Oportunidades
De la pobreza se sale únicamente con más oportunidades de trabajo genuino. Cuando en una nación las instituciones agotan estas oportunidades y asfixian la defensa irrestricta del derecho de propiedad, se desencadena una doble tragedia social y demográfica.
Por un lado, se fomenta la emigración de los más formados —aquellos capacitados para competir trabajando, invirtiendo y creando valor—, privando al país del capital humano indispensable para su desarrollo.
Por el otro, se condena a aquellos que, abrumados por la indigencia, arriesgan su propia vida en travesías desesperadas para encontrar un lugar donde la libertad económica les permita ganarse el sustento honradamente y auxiliar a sus familias.
Este fenómeno no es una anomalía del destino, ni culpa del egoísmo de los que dan trabajo y generan más recursos, sino la consecuencia lógica de la destrucción institucional de la economía.
Para comprender la profundidad de este dilema trágico, es menester acudir a los cimientos del Orden Espontáneo: Hayek, Mises y Acemoglu
El dilema trágico entre la pérdida de la libertad económica, la destrucción de los incentivos y la consecuente expulsión del capital humano más dinámico ha sido abordado por los grandes arquitectos del pensamiento liberal moderno.
En obras fundamentales como “Camino de servidumbre” y “Los fundamentos de la libertad”, Hayek demostró cómo la erosión sistemática del estado de derecho y la vulneración del derecho de propiedad destruyen el mecanismo de precios y la iniciativa privada.
Sin precios libres que transmitan información descentralizada de lo que paga el consumidor por la oferta del mercado, la economía se sumerge en el cálculo irracional, generando escasez crónica y empujando a los ciudadanos más capacitados y a los más vulnerables a buscar refugio en sociedades que aún preservan los principios de la libertad.
Mises explicó en “Acción Humana” que la intervención estatal en el mercado no hace más que desarticular la cooperación social voluntaria.
Cuando un gobierno destruye el mercado libre (oferta y demanda), incidiendo con impuestos impagables, destruye los puestos de trabajo sostenibles.
El éxodo masivo se convierte así en la única válvula de escape individual frente a un aparato estatal que confisca el fruto del esfuerzo ajeno.
Desde la economía institucional contemporánea, Daron Acemoglu y James Robinson demuestran empíricamente en “Por qué fracasan los países”, que las naciones no caen en la pobreza por accidentes geográficos o por empleadores explotadores, sino por sus instituciones depredadoras.
Las instituciones extractivas —aquellas que socavan la propiedad privada y cierran los mercados— generan sociedades estancadas que expulsan inexorablemente a su población hacia naciones con instituciones que respetan el dinero de quien lo ganó.
Para profundizar en la raíz de este dilema, pocos testimonios y análisis poseen la lucidez y la autoridad moral de Thomas Sowell.
Nacido en la extrema pobreza en Carolina del Norte y criado en el Harlem neoyorquino, Sowell debió abandonar sus estudios juveniles para trabajar en empleos precarios y subsistir.
Tras su paso por los Marines, su tenacidad y su paso por la Universidad de Chicago lo consolidaron como uno de los economistas y pensadores más lúcidos de nuestro tiempo.
Toda la obra de Sowell está atravesada por una convicción inquebrantable: la prosperidad y la superación real de la pobreza no provienen de decretos gubernamentales, sino de los incentivos del libre mercado, la propiedad privada y la responsabilidad individual.
El corpus teórico de Sowell se estructura en pilares conceptuales que explican con precisión quirúrgica por qué las intervenciones estatales fracasan sistemáticamente en la lucha contra la pobreza:
En “La Visión Trágica de la Sociedad”, distingue entre la visión utópica (que cree que los males sociales surgen de malas instituciones y pueden corregirse mediante la ingeniería social de “expertos”) y la visión restringida o trágica (que reconoce los límites incorregibles de la naturaleza humana).
Para Sowell, las instituciones como el mercado y la propiedad privada evolucionan orgánicamente para lidiar con la escasez, no para perfeccionar al hombre.
Los precios no son cifras arbitrarias, sino señales vitales que coordinan la acción de millones de personas que no se conocen. Alterar los precios mediante controles, precios públicos, subsidios, o regulaciones, destruye esa información, generando inevitablemente desabastecimiento, colas y desempleo. De allí a la pobreza y al abuso del poder para someterla, es un paso inevitable.
Sowell exige evaluar las políticas públicas por sus resultados empíricos y no por los “nobles” deseos de sus promotores. Las leyes bienintencionadas sobre fijación de alquileres, salarios mínimos o subsidios, terminan atrapando a los más pobres en la dependencia estatal.
La Falacia de la ‘Justicia Social‘: exigir igualdad de resultados entre grupos demográficos ignora variables históricas, geográficas, diferencias naturales y culturales complejas. La obsesión por imponer resultados iguales requiere coacción estatal, destruyendo la igualdad de oportunidades y la libertad individual.
En “Intellectuals and Society”, advierte sobre el peligro de los planificadores sociales que operan bajo la presunción de que el conocimiento abstracto en un área les otorga autoridad para ordenar la vida de los demás, exentos de responsabilidad sobre las consecuencias económicas trágicas de sus errores.
El dilema planteado encuentra en Sowell, Hayek, Mises y Acemoglu una misma advertencia lapidaria: cuando una sociedad abdica de la defensa de la propiedad privada y de la libertad económica, destruye el tejido productivo y condena a sus hijos al destierro o al hambre.
La superación de la pobreza requiere, por el contrario, recuperar las instituciones que premian el mérito, el trabajo honesto y el respeto irrestricto a la libertad individual.
.Libertad económica
Instituciones y propiedad privada
Pobreza y éxodo
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