A dos siglos y medio de Sentido Común, la vigencia del pensamiento de Thomas Paine invita a cuestionar la polarización política como mecanismo de preservación del poder estatal y transnacional.
EL LABERINTO DE LA FALSA DICOTOMÍA
Por qué la vigencia de Thomas Paine exige demoler el eje izquierda-derecha
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay momentos históricos en los que las palabras fundacionales de la libertad pierden su filo y se convierten en meros adornos retóricos para justificar lo opuesto a lo que predicaban.
Han pasado dos siglos y medio desde que Thomas Paine redactara Sentido Común, aquel panfleto incendiario que sacudió los cimientos del orden colonial británico no mediante la jerga académica, sino apelando a la lucidez elemental del hombre corriente.
Sin embargo, leer a Paine hoy, en medio de la complejidad de una gobernanza global que opera por encima de los Estados y los parlamentos, revela una traición profunda a sus premisas originales.
La trampa contemporánea no radica solo en la expansión del Estado que Paine diagnosticaba como un «mal necesario» desbocado; radica en la arquitectura de diseño que la política institucional ha impuesto: la eterna y estéril confrontación entre izquierda y derecha.
La inversión falsa del “contrato social” apócrifo y la captura del relato
Paine estableció con absoluta nitidez la diferencia sustancial entre sociedad y gobierno: la primera nace de nuestras necesidades colectivas y promueve la felicidad de forma espontánea; el segundo es un instrumento surgido de nuestras imperfecciones cuyo único fin legítimo es proteger la libertad y la seguridad.
La trampa actual surge cuando el estatismo nacional e internacional —esa idealización del aparato político como una entidad superior al individuo— logra inocular la idea de que la libertad no es una condición inherente, sino una concesión del poder de turno.
En este tablero, la grieta tradicional entre izquierda y derecha funciona como un mecanismo de contención de la disidencia.
La izquierda justifica la expansión burocrática en nombre de la equidad social y la redistribución.
La derecha acepta el juego de expandir estructuras similares bajo la justificación de la seguridad, el orden o el pragmatismo macroeconómico.
Ambas orillas, en su dinámica de puja por el control de la administración central, coinciden en lo fundamental: mantener intacta la premisa de que el individuo es un súbdito administrable.
Esta polarización no es un choque de visiones irreconciliables; es un teatro funcional. Utiliza la energía cívica en una confrontación horizontal y estéril, mientras la verdadera arquitectura de decisión se desplaza hacia esferas de gobernanza transnacional no institucionalizadas, ajenas al escrutinio democrático.
El nuevo mercantilismo y la explotación de la ingenuidad
Cuando Paine atacaba la tiranía hereditaria y los privilegios artificiales, señalaba cómo el poder político y el poder económico se coluden para crear monopolios y rentas a costa del esfuerzo genuino.
Hoy, esa colusión adopta la forma de un mercantilismo sofisticado donde la «izquierda» y la «derecha» actúan como peones de un mismo sistema de especulación.
La explotación de la ingenuidad ciudadana consiste en hacer creer que cambiar de bando en las urnas —elegir un gestor u otro dentro del mismo molde estatista— modificará la naturaleza extractiva del sistema.
La libertad se reduce a un eslogan de marketing político, utilizada al servicio de quienes administran la burocracia y sus socios corporativos.
La confrontación ideológica se fomenta artificialmente porque es útil: mantiene a la sociedad distraída, exhausta y dividida, incapaz de auditar la verdadera raíz de sus problemas económicos e institucionales.
Recuperar el sentido común: la necesidad de romper el molde
Salir de este pantano exige abandonar los marcos mentales que el propio sistema impone para perpetuarse.
Seguir discutiendo la realidad a través del prisma exclusivo de si una medida es de «izquierda» o de «derecha» es convalidar las reglas del juego de una estructura que se alimenta de esa misma división.
La verdadera alternativa a este estado de cosas no pasa por un sector del péndulo político, sino por la recuperación de la agencia individual y el diseño de sistemas transparentes, incorruptibles y auditables que reduzcan al mínimo la discrecionalidad del poder. Así como Paine sacudió a las colonias recordándoles que un continente no debía ser gobernado por una isla lejana, hoy el imperativo es recordar que la vida y la prosperidad de una sociedad no pueden seguir subordinadas a los intereses de una casta global y local que utiliza la grieta como herramienta de dominación.
Romper con esa arquitectura estática es el primer paso indispensable para que la libertad deje de estar al servicio del Leviatán y vuelva a pertenecer a quien la ejerce y produce con su esfuerzo bienestar.
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Polarización política
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