Ucronía una libertad continental castrada que pudo ser real.
La transformación estructural pudo ser gloriosa
Este cuarto artículo se adentra en la transformación estructural de la isla, analizando cómo el pragmatismo que Castro no tuvo, pese a su supuesta inteligencia estratégica, pudo haber convertido a Cuba en el eje económico del hemisferio, superando incluso las proyecciones más optimistas de la época.
El Silicon Valley del Caribe: Crónica del Milagro Económico Cubano (1960-1995)
Si la historia es, como dicen algunos, una sucesión de decisiones críticas, la firma de un hipotético Tratado de Cooperación Integral de 1961 entre La Habana y Washington pudo ser el Big Bang de la modernidad caribeña.
Mientras que en otras latitudes los movimientos revolucionarios optaron por la nacionalización y el aislamiento, Fidel Castro ejecutó un giro de 180 grados: convirtió la soberanía en una marca de lujo y la estabilidad política en el activo más codiciado por los mercados internacionales.
La Gran Apertura: De los Casinos a los Microchips
El primer paso del «Milagro» no fue la reforma agraria tradicional, sino la creación de la Zona Franca Especial del Mariel en 1963.
Castro, utilizando su control absoluto sobre la estructura interna, eliminó la burocracia de un plumazo.
Al «limpiar» a los elementos corruptos de la era de Batista, no solo eliminó a adversarios políticos, sino que estableció una meritocracia técnica sin precedentes en América Latina.
Para 1970, Cuba ya no exportaba solo azúcar y tabaco.
La isla se había convertido en el principal ensamblador de componentes electrónicos para la creciente industria estadounidense.
La estrategia de Castro hubiera sido brillante en su sencillez: ofreció a las corporaciones de EE. UU. una mano de obra altamente educada —gracias a su formación previa a la revolución y a las masivas campañas de alfabetización técnica— a una fracción del costo de California, pero con la seguridad jurídica de un país donde las huelgas y el desorden social eran, por decreto y vigilancia, inexistentes.
El «Efecto Habana»: La Capital Financiera del Sur
Hacia 1980, el skyline de La Habana comenzó a transformarse. La construcción del Centro Financiero Internacional de El Vedado atrajo a la banca suiza y neoyorquina, que buscaba un refugio seguro y eficiente entre los dos bloques continentales. Cuba se convirtió en el «Puerto Libre» de las Américas.
La Moneda de Oro: El peso cubano, anclado al dólar, pero respaldado por un crecimiento anual sostenido del 8%, se convirtió en la moneda de reserva de facto para Centroamérica y el Caribe.
Turismo de Élite: La Habana Vieja fue restaurada con fondos privados bajo una estricta ley de patrimonio que la convirtió en la ciudad más bella y cara del mundo hispano, superando a Madrid en flujo de visitantes de alto poder adquisitivo.
Este crecimiento no fue accidental. Fue el resultado de un «Engaño Económico» magistral: Fidel convenció a los capitalistas de que él era el guardián del orden, mientras convencía a las masas de que cada nuevo rascacielos era un monumento a la «Dignidad Nacional».
El bienestar material fue el sedante que permitió que su control político sobre la población aún pobre permaneciera incuestionable.
La Revolución Biotecnológica y el Salto al Futuro
El verdadero hito del milagro cubano ocurrió en la década de los 90.
Mientras que en la realidad soviética Cuba caía en el «Período Especial», en esta ucronía la isla inauguraba el Polo Científico de La Habana, financiado por consorcios farmacéuticos de Nueva Jersey y Basilea.
Gracias a una inversión estatal masiva en ciencia (financiada por los excedentes del turismo y la banca), Cuba patentó la mayoría de las vacunas sintéticas y tratamientos oncológicos de finales de siglo.
La isla no solo fabricaba tecnología; la inventaba.
El lema de Castro, «El futuro de nuestra patria debe ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia», se hizo realidad, pero bajo la forma de patentes multimillonarias que fluían hacia las arcas de una corporación estatal dirigida por su círculo íntimo.
Conclusión: El Costo del Éxito
Para 1995, Cuba ostentaba el índice de desarrollo humano más alto de América Latina y un PIB per cápita que rivalizaba con el de Italia o España.
No había botes de madera saliendo hacia Florida; al contrario, Florida sufría una «fuga de cerebros» hacia los laboratorios y centros de software de La Habana y Santiago.
Sin embargo, el milagro estaba cimentada sobre la vesania de un control absoluto de la corrupción y la propensión política al estatismo.
El Estado cubano funcionaba como una empresa privada con un solo CEO vitalicio. Castro había demostrado que el capitalismo más salvaje podía ser domesticado por una dictadura inteligente, creando un modelo que años más tarde China intentaría imitar.
Cuba fue, en esencia, el primer «Estado-Eficiente a prepo» de la historia.
