Small business and pedestrians on a Montevideo street reflecting economic stagnation and the burden of protected interests.

El Uruguay de la comodidad estéril

Socializando las pérdidas, privatizando el aplauso

EL URUGUAY DE LA COMODIDAD ESTÉRIL
Socializando las pérdidas, privatizando el aplauso
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

“Un sistema donde el fracaso protegido cuenta con el respaldo del erario público y el éxito productivo es castigado con impuestos confiscatorios no es una economía de mercado; es un capitalismo de amigos sostenido a expensas de los más pobres.”
La trampa del ingreso medio (o middle-income trap) es un fenómeno económico en el que un país en desarrollo logra crecer de manera sostenida y alcanza un nivel de ingresos medio, pero posteriormente se estanca y es incapaz de dar el salto hacia las economías de altos ingresos.
Este concepto, acuñado por los economistas Indermit Gill y Homi Kharas en 2007 para el Banco Mundial, describe una transición fallida donde las ventajas competitivas iniciales se agotan y el modelo económico entra en una zona gris de baja productividad.
Hay países que se pasan la vida intentando fundar el futuro, y otros que prefieren consagrarse al arte exquisito de administrar la modorra.

Construyen ocio bien remunerado.
Uruguay, con su sempiterna vocación de placard ordenado, se ha convertido en el ejemplo viviente de un diagnóstico internacional tan elegante como impiadoso: la trampa del ingreso medio.
Con un crecimiento económico que se arrastra con la dignidad de una tortuga asmática —rondando penosamente el 1,5% anual—, el país se debate en un limbo perfecto.
No nos caemos por el precipicio de las crisis dramáticas con los que nos comparan, pero tampoco movemos un músculo para despegar.
Somos el equivalente nacional a estar sentados en la sala de espera de un dentista: nadie grita, nadie sangra profusamente, pero la incomodidad es insoportable y crónica y el aire se vuelve espeso.


El paraíso de las «instituciones a media asta» o el arte de vetar el futuro


Si uno lee a economistas como Daron Acemoglu y James Robinson, enseguida entiende que el subdesarrollo no es una fatalidad, sino una obra maestra de la ingeniería política.
Las naciones no se quedan atrás por falta de talento, sino porque hay una coalición de beneficiarios del statu quo que vigilan la puerta de entrada para que nadie ose ingresar a cambiar nada.
En nuestro bendito terruño, esto adquiere ribetes de opereta cívica.
Tenemos una democracia intachable en los papeles, quizás hasta exagerada cuando integra a partidos totalitarios, pero con una economía encorsetada por un corporativismo que haría sonrojar a cualquier gremio medieval.
Aquí se protege todo, menos al que produce.


¿El resultado?


Un mercado interno donde competir es mala palabra y donde los precios reflejan la creatividad de los vivos para cobrar peaje.
Vivimos en un ecosistema donde el éxito privado se castiga con una voracidad fiscal digna de mejor causa, pero el fracaso empresarial de los prebendarios —siempre y cuando se tenga el contacto político o la cámara sectorial adecuada— cuenta con una red de contención sufragada por el sufrido bolsillo de los de siempre. El CASMU es el mejor ejemplo.


El generoso plan social para los empresarios con mala racha


Ahí radica la gran ironía nacional: el libre mercado se aplica con crueldad implacable para el almacenero de la esquina, el profesional independiente o el laburante que paga sus impuestos antes de que el sueldo toque su cuenta.

Para ellos, si el negocio se funde, el mercado es un juez implacable y sin corazón.
Pero, ¡ay!, cuando el protagonista es un «actor sistémico», un monopolio amparado o una estructura corporativa que se quedó sin nafta por pura ineptitud gerencial, la música cambia. Entra en escena la entrañable cultura del salvataje patriótico.

Se convoca a la mesa chica, se invoca la «paz social» o la «fuente laboral», y se diseña un rescate a medida.

¿Quién paga la fiesta de la ineficiencia ajena?


Simple: el contribuyente de a pie, incluyendo al trabajador más pobre que, cada vez que va al almacén a comprar un kilo de pan o paga la tarifa de un servicio público monopólico, abona religiosamente su cuota parte para mantener a flote los desaguisados del «capitalismo de amigos».
Privatizamos las ganancias cuando el viento sopla a favor, y socializamos las pérdidas cuando la modorra se vuelve quiebra.
El problema de fondo de una economía atrapada en el ingreso medio no es necesariamente el colapso abrupto, sino la crónica falta de horizontes.
Las familias perciben que las oportunidades de movilidad social se reducen y que el sistema premia la inercia por encima de la audacia productiva.


Las encuestas atónitas y el arte de la resignación con factura


No es de extrañar que las encuestas de opinión pública muestren un descontento sordo, espeso.
El ciudadano camina por la vida sintiendo que se le va en pagar un país carísimo para lo que ofrece, lo que consigue se le va en pagar impuestos y precios públicos que los incluyen, mientras la clase política se disputa los laureles de haber evitado el colapso, como si sobrevivir al día a día fuera una medalla olímpica.
La distancia entre el relato oficial de la «estabilidad de primera» y la angustia de llegar a fin de mes es una zanja que ya no la salta nadie.
Nos han convencido de que conformarnos con la mediocridad es un acto de sensatez institucional.
Mientras el mundo avanza a vértigos agénticos y tecnológicos, acá seguimos discutiendo si dejamos todo como está para no enojar a los que cortan el bacalao.
Un país demasiado educado para estallar en mil pedazos, pero institucionalmente demasiado cobarde como para animarse a ser libre.
Al final, la trampa del ingreso medio no es una maldición de los mercados internacionales: es el precio altísimo que pagamos por preferir la paz de los cementerios corporativos antes que el riesgo estimulante de la libertad.

Trampa del ingreso medio
Corporativismo y privilegios
Socialización de las pérdidas

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