En nuestra nota anterior (¡Qué querés, Cipriano!) abordábamos un tema que no es ajeno a la totalidad de los seres humanos: la edad y el edadismo (entendido como estigmatización de las personas de edad).
Recordábamos también la pretensión de la Organización Panamericana de la Salud de combatir esa discriminación.
En la antigüedad los ancianos eran especialmente valorados, porque suponían el depósito de los conocimientos y de la experiencia.
A medida que fueron apareciendo las memorias auxiliares y desarrollándose la tecnología, la utilidad social de los ancianos fue disminuyendo.
Ahora, necesitamos un niño de ocho años para que nos ayude a manejar aceptablemente un celular.
La percepción de a qué edad se considera anciana a una persona ha ido variando.
En el Uruguay de principios del siglo XX la expectativa de vida era de 46.83 años para los hombres y de 49.03 para las mujeres.
Diez años después las cosas no habían variado mucho.
Eduardo Zamacois (1873-1971), periodista y escritor español nacido en Cuba, entonces radicado en Argentina, le hace un reportaje a José Podestá.
Podestá había ganado notoriedad por encarnar el personaje de Juan Moreira y Zamacois lo entrevistó para la revista madrileña Por esos mundos.
En determinado momento le expresó a Podestá su intención de ver una representación de Juan Moreira.
Relata el escritor cubano, que en ese entonces tenía treinta y seis años, que Podestá se hundió en la butaca como si «acabara de sentir sobre la reciedumbre de sus anchos hombros de atleta el peso de sus cincuenta años».
Y agrega: «…parece que el anciano actor oye deslizar por su alma sus recuerdos».
En 1930 Carlos Gardel grabó un tango con música de Francisco Pracánico y letra de José Zubiría Mansilla titulado Enfundá la mandolina.
El texto exime de mayores comentarios:
Qué querés, Cipriano,
ya no das más jugo.
Tus cincuenta abriles
que encima llevás,
junto con el pelo
que fugó del mate
se te fue la pinta
que no vuelve más.
¿Y qué decir de aquel personaje del tango de Petorossi?:
40 años de vida me encadenan
blanca la testa, viejo el corazón.
¿Qué edad tendría ese viejo verde que invertía sus recursos en alcoholizar a Lulú, eso sí, con champán?
¿50, como Cipriano?
Nada de original hay en esa percepción del tiempo que huye aplicada al insistente Cipriano.
Lo interesante es la coincidencia en la cincuentena.
Pero eso era antes.
Hoy los ciprianos andan vivitos y coleando y lo de «mandolina» suena francamente demodé.
Además, ya se encargó Pedro Camacho, aquel inefable personaje de Vargas Llosa, de definir la cincuentena como «la flor de la edad»; aunque más adelante sostuviera algunas dudas…
Esperemos que la OPS, que con estos proyectos alimenta una frondosa y bien rentada burocracia, logre su objetivo de erradicar el edadismo.
Pese a los buenos deseos, las expectativas son de esperar sentados.
Pero difícilmente en el ómnibus…
Ahora el aumento de la expectativa de vida aparece como problema.
Así, con la aprobación del proyecto eufemísticamente denominado de Muerte Digna (eutanasia 1a. acepción RAE) la senadora izquierdista Constanza Moreira decía en Sala.
Comenzó repasando triunfalmente la pomposamente llamada «Agenda de Derechos» (aborto, matrimonio homosexual, liberalización de drogas, etc.).
afirmaba:
«Completamos un avance muy significativo […] que es la regulación de la muerte asistida».
(La legisladora frenteamplista invocaba el derecho a disponer de la propia vida, menos para el abortado que carece de esa oportunidad, se entiende).
«Y no porque haya una conflagración [SIC] mundial que nos quiere hacer morir jóvenes, sino porque vivimos mucho, y […] se llega a un grado en que no se es auto válido…».
Y agregaba: «Nuestra realidad, un país súper envejecido como el Uruguay, tiene que tener una política que regule estas cosas…».
Me recuerda aquella novela de Bioy, Diario de la guerra del cerdo, en que grupos juveniles salían a cazar ancianos…
Lo cual, según opinaba alguno de los personajes, implicaba una política auspiciada por el gobierno.
El próximo mes de febrero Moreira cumplirá 66 años.
A esta altura ya debería estar sintiendo lo que los aviadores aprenden enseguida: la vida se va volando.
