De San Agustín a Lenin: cómo se justificaba la guerra y por qué hoy han desaparecido sus límites
Reflexionábamos en nuestra nota anterior sobre la diferencia entre la legalidad y la legitimidad de una norma jurídica.
Un problema que se presenta en la cotidianeidad y que, como tantas otras cosas tiene diversas lecturas.
Se trata de una norma de derecho que
«Quien desee una paz firme y democrática, debe pronunciarse en favor de la guerra civil contra los gobiernos y la burguesía»,
dice V. I. Lenin en El socialismo y la guerra (1915).
De modo que, con esa apreciación, Lenin identificaba los dos enemigos: gobierno y burguesía.
En la idea de ideólogo y principal fundador y conductor de la URSS marcaba los objetivos a destruir: los malos.
Así, calificar a alguien de burgués no solo era despreciativo, sino que lo sindicaba como objeto a destruir.
¿Habrá en esto algo una reminiscencia de aquel grito, que solía escucharse en la Convención durante la revolución francesa: «¡Desconfiad de ese hombre: ha escrito un libro!»?
La lógica, al menos, suena bastante similar.
En el siglo V un filósofo cristiano reclamaba que, si no podía evitarse una guerra, sería requisito imprescindible:
«…el ser malos aquellos a quienes se declaró justamente la guerra…».
«Sería peor que los malos se enseñoreasen de los buenos y pacíficos», pero «con todo, sería dicha más apreciable tener amigo a un buen vecino que sujetar por fuerza al malo belicoso».
Y luego, dice: «… si sosteniendo justas guerras, no impías ni injustas, pudieron los romanos conquistar un imperio tan dilatado, ¿acaso deben o están obligados a adorar igualmente como a diosa a la injusticia ajena?».
Las citas pertenecen al texto de San Agustín «La Ciudad de Dios», Libro IV, capítulo XV.
El Obispo de Hipona no se refiere sistemáticamente al tema de la guerra y menos aún hace su apología, pero escrita en h6ace dieciséis siglos, adelanta una opinión sobre la guerra justa, que sistematizará Sto. Tomás de Aquino el siglo XIII.
En la «Summa Theologiae», dice el Aquinate:
«Para que alguna guerra sea justa, se requieren tres cosas.
*En primer lugar, la autoridad del príncipe, por quien debe ser declarada la guerra.
Pues no corresponde a una persona privada iniciar la guerra, ya que puede perseguir [en el sentido de hacer valer] su derecho en el juicio de un superior.
*En segundo lugar, se requiere causa justa, es decir que aquellos contra quienes se lucha merezcan ser atacados por alguna culpa.
Por eso dice San Agustín, “suelen definirse como guerras justas” aquellas que castigan las injurias, si una nación o ciudad no ha querido castigar lo injusto cometido por los suyos, o devolver lo que fue quitado injustamente.
*En tercer lugar, se requiere que haya intención recta en los que combaten, esto es, que se propongan promover el bien o evitar el mal».
En la propuesta agustiniana prevalece el sentido moral.
Santo Tomás lo convierte en doctrina.
Ambos son coincidentes: la guerra solo se legitima por la justicia de la causa, y la intención de alcanzar la paz.
Para San Agustín, «la paz de todas las cosas [es] la tranquilidad del orden, y el orden no es otra cosa que una disposición de cosas iguales y desiguales, que da a cada uno su propio lugar», La Ciudad de Dios Libro XIX capítulo XIII.
Se refiere el filósofo al orden natural, un orden metafísico y moral que es de creación divina.
No se trata de una invención del hombre.
Este, descubre ese orden o lo viola.
Santo Tomás hablaba del mundo que conocía.
Donde la autoridad estaba distribuida entre dos espadas.
Se trata de una interpretación del pasaje bíblico que dice:
«Pues el que tenga bolsa tómela e igualmente la alforja, y el que no la tenga venda su manto y compre una espada», Lc 22,36.
Los discípulos contestan:
«Aquí hay dos espadas. Respondióles: Es bastante», Lc 26,38
Una espiritual, que guía hacia la salvación y la moralidad, que ejerce la Iglesia.
Otra temporal, que radica en el poder político, que ejercen reyes o príncipes y que está subordinada a la primera.
Se compartía una misma fe, una concepción del bien y el mal, y un concepto general de justicia.
Eso no impedía que, algunas veces, las guerras se justificaran a posteriori.
Pero sin duda, operaba como freno.
El Papa actuaba como juez de última instancia a quien someter las controversias.
¿Y qué es lo que ocurre en la actualidad?
¿Acaso no hay parámetros para medir la justicia de una guerra?
Guerra justa y legitimidad
Autoridad moral y poder político
Del orden religioso al conflicto moderno
Este análisis forma parte del eje temático de Orden Global y Geopolítica
