Desde Solferino hasta la Cruz Roja, el intento de civilizar la guerra convive con su imposibilidad esencial
Un largo recorrido tenía ya la Humanidad cuando se comenzó a intentar dar un marco legal a la guerra.
La justicia de la guerra se había fundado desde hacía muchos siglos, por los doctrinarios, en la validez de la causa y la intención de buscar la paz.
Pero lo cierto es, que la guerra parece inherente al ser humano y que por más que sea un camino que luzca de buenas intenciones, siempre termina generando injusticias.
En 1859 Henry Dunant viajaba por el norte de Italia por motivos de negocios y le tocó presenciar la famosa batalla de Solferino.
Se enfrentaron los austríacos contra una coalición franco-piamontesa.
Decíamos que la guerra según Clausewitz de algún modo, estaba limitada por el código de honor caballeresco de los aristócratas militares.
Buen ejemplo es esta cita tomada del libro de Dunant «Recuerdo de Solferino»:
«En Guidizzolo, el príncipe Charles de Windisch-Graetz, coronel austríaco, se expone a una muerte segura intentando recuperar, al frente de su regimiento, la fuerte posición de la Casa Nova; mortalmente herido, sigue impartiendo órdenes; sus soldados lo sostienen, lo llevan en brazos, permanecen inmóviles bajo una granizada de balas, formando así, a su alrededor, un último cobijo; saben que van a morir, pero no quieren abandonar a su coronel, a quien respetan, a quien aman, y que pronto expira».
Una escena similar recoge el relato histórico sobre la muerte de León de Palleja en 1866, combatiendo en la tristemente llamada Guerra de la Triple Alianza. Lucha al frente de sus tropas y sus soldados, bajo fuego enemigo, le hacen guardia de honor cuando cae.
Medio siglo antes José Artigas cerraba su triunfo en la batalla de Las Piedras con su célebre orden de respetar a los vencidos y curar a los heridos de ambos bandos. Además, hacía recibir la espada del oficial vencido por un sacerdote.
Los códigos existían y mayoritariamente se respetaban.
Al contrario, en 1806 los ingleses toman la ciudad de San Fernando de Maldonado y otorgan tres días de saqueo y descontrol a sus tropas, que violan a las mujeres, afrentan las imágenes sagradas de las iglesias y arrancan las puertas de las casas para prender sus fogatas.
Aún tronaban las armas cuando Dunant fue de los primeros en llegar al terreno de batalla a ocuparse de los heridos.
«Cuando se libra combate, una banderola roja, izada sobre un punto elevado, indica el lugar en que hay heridos o ambulancias […] y, por acuerdo tácito y recíproco, no se dispara en esa dirección; pero, a veces, llegan hasta allí las bombas», certifica Dunant.
«Todo el campo de batalla está cubierto de cadáveres de hombres y de caballos […] En varios lugares, los muertos son despojados por ladrones, que ni siquiera respetan a los heridos agonizantes…».
No es Dunant, un simple observador, sino un actor importante en el socorro que él mismo presta con su trabajo y sus recursos (era un hombre adinerado y generoso), sino que formula en su libro ciertas medidas destinadas a paliar los sufrimientos que causa la guerra.
Propone la fundación de «sociedades voluntarias de socorro para prestar, en tiempo de guerra, asistencia a los heridos» en todos los países.
Sostiene, además, que debe formularse un «principio internacional, convencional y sagrado», dice, que fundamente a esas sociedades socorristas.
El texto fue publicado por Dunant en 1862, tratándose de una edición limitada que distribuyó entre sus amigos.
Un año después Henry Dunant, Gustave Moynier, el general Guillaume-Henri Dufour, el Dr. Louis Appia y el Dr. Théodore Maunoir organizaron un congreso, que se celebró en Ginebra y en el cual participaron representantes de dieciséis países, que recomendaron la fundación de Sociedades nacionales de socorro y solicitaron, para las mismas, la protección y el apoyo de los Gobiernos.
En 1864, el Consejo Federal suizo reunió una Conferencia Diplomática en Ginebra, en la cual participaron delegados plenipotenciarios de dieciséis países, que redactaron el «Convenio de Ginebra para mejorar la suerte que corren los militares heridos de los ejércitos en campaña», firmado el 22 de agosto del mismo año y ratificado en el transcurso de los años siguientes por la casi totalidad de los Estados.
Sobre la base de las resoluciones del congreso de 1863 y del Convenio de Ginebra, se desarrollaron, poco a poco, la organización humanitaria denominada «Cruz Roja Internacional» y los Convenios de Ginebra para la protección de las víctimas de la guerra.
Básicamente la normativa prohibía el ataque a hospitales y puestos de socorro, así como a las ambulancias y transporte sanitario; la neutralidad de los médicos, enfermeros y personal asistente; y lo medular: los heridos debían ser atendidos sin importar el bando.
Claro está, que esa protección es válida siempre que no se use un hospital como base militar o una ambulancia para transportar armamento.
Esto nunca se ha podido evitar.
Y como la guerra actual es una confrontación de relatos y los medios de difusión y redes sociales son el medio ideal para instalarlos, cada vez es más difícil discernir si se trata de un justo ataque o de un crimen de guerra.
Y eso, generalmente depende de quién gane, porque ese será quien cuente la historia.
La guerra y sus límites morales
Nacimiento de la asistencia humanitaria
El relato como campo de batalla
Este análisis forma parte del eje temático de Orden Global y Geopolítica
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