El diseño fallido de la Sociedad de las Naciones anticipó la Segunda Guerra Mundial
Finalizada la GM I con la rendición de las Potencias Centrales se planteaba el asunto de las condiciones de paz.
Un actor de primera fila, como no podía ser diferente, era el presidente norteamericano Woodrow Wilson.
El historiador sueco Ragnar Svanström (quien redacta los dos últimos siglos de la «Historia Universal», que había comenzado a escribir Carl Grimberg sobre notas dejadas por su colega) describe la personalidad de Wilson vinculándola con el resultado de su propuesta Sociedad de las Naciones.
Lo retrata como una persona llena de contrastes.
Doctor en Filosofía, egresado de Princeton, estaba convencido de que tenía la misión providencial de hacer que la justicia y la democracia imperaran en el mundo.
A la vez, era un hombre obstinado, que no sabía negociar ni estaba dispuesto a ceder.
En suma: «Un norteamericano poco familiarizado con el mapa de Europa y con sus divergencias étnicas, nacionales y económicas», dice Svanström.
Fue su iniciativa incluir en el Tratado de Versalles la Sociedad de las Naciones para asegurar la paz mundial.
Según la narración, su error más importante fue no haber convocado a los republicanos para integrar el grupo de negociadores, y así, comprometerlos con su idea.
Como resultado la Sociedad de las Naciones fue una realidad, pero el Senado estadounidense, ahora con mayoría republicana, no aprobó el Tratado de Versalles.
El país del creador había quedado fuera de la creación.
Entre los defectos de diseño que veían los republicanos estaba la composición del Consejo, órgano ejecutivo que se componía de miembros permanentes y otros transitorios.
Al principio eran solo cuatro: Reino Unido, Francia, Italia y Japón.
Los miembros rotatorios duraban tres años en sus funciones.
Todos los miembros, permanentes y rotatorios, tenían la facultad de bloquear las decisiones del Consejo.
Uruguay, por ejemplo (que sí integró el Consejo) podía,con su voto negativo impedir que se aprobara un proyecto de resolución apoyado por todos los demás.
Y con respecto a Uruguay, no es ocioso señalar que el Dr. Alberto Guani, diplomático uruguayo acreditado primero en Suiza, y luego, en elImperio Austrohúngaro, Holanda y Francia, fue después delegado ante la SdN, donde llegó a presidir la Asamblea General y el Consejo.
Decíamos que se requería unanimidad del Consejo para adoptarla y eso trababa cualquier intento de sanción.
El senador republicano George Sutherland, uno de los que llevó la voz cantante en el debate por la frustrada ratificación del Tratado de Versalles, resumió la objeción a esa facultad de bloqueo diciendo:
«Si vamos a ir a la guerra, que sea porque nosotros lo decidimos en Washington, no porque un tratado nos obligue moralmente a hacerlo ni porque un comité de Ginebra tenga que darnos permiso para no ir».
Además, la SdN no tenía ejército propio.
Entonces, ¿cómo podía mantener la paz?
Se dependía de que los países prestaran sus tropas.
Lo que no sucedió.
Y luego empezaron las deserciones.
En 1926 fue Brasil quien decidió retirarse de la Sociedad.
El asunto empezó cuando en ese año se planteó el ingreso de Alemania como miembro permanente del Consejo.
Brasil presentó su pretensión de integrar ese órgano, arguyendo su calidad de fundador y, además, por tener una gran extensión geográfica y una población muy numerosa.
Pero no tuvo éxito porque Francia y Reino Unido, que ya no querían más sudamericanos se opusieron.
Como resultado, Brasil avisó su retiro, que solo pudo hacer efectivo en 1928, porque se exigía un preaviso de dos años.
Por razones bien distintas, se fue también la Alemania de Hitler en 1933.
Ese mismo año también se fue Japón, antes de que lo expulsaran por la invasión a Manchuria, hecho que había ocurrido dos años antes.
El sistema demoró ese tiempo en tomar la decisión.
Una comisión investigadora, recoger pruebas, viajes, negociaciones…
Cuando se produce el informe y la recomendación, Japón anticipa
Ese primer hecho, demostró que cuando una potencia decidía actuar no había modo de frenarla.
Ese mecanismo creado para mantener la paz, en realidad, no tenía los medios para imponerla.
Otros líderes entendieron claramente el mensaje.
Vieron que los tratados no tenían el poder de detener los hechos.
Así, Italia invade Etiopía en 1935 a 1936 y la conquista al son de «Faccetta nera».
Una canción que se popularizó antes de la operación militar y que auguraba:
Faccetta nera, bell’abissina
Aspetta e spera che già l’ora si avvicina
Quando staremo vicino a te
Noi ti daremmo un’altra legge e un altro Re
Una canción, que romantizaba a las jóvenes etíopes, a las que iban a llevar a Roma para transformarlas en romanas, y que la legislación racial dejó sin efecto.
En el 39 la URSS invade Finlandia y es expulsada.
La salida de varias potencias socavó aún más a la Sociedad.
La debilidad que se había manifestado en el caso de Japón demostró que la Organización había sido una ilusión.
Era imposible que pudiera evitar la temida Guerra Mundial II.
Diseño institucional débil
Falta de poder coercitivo
Error político de origen
La ilusión de paz sin poder sigue siendo un problema vigente en el orden internacional.
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