Cómo el capital especulativo impulsa agendas radicales que erosionan la clase media y concentran poder político
LA IZQUIERDA HERRAMIENTA PARA BILLONARIOS
El Concubinato del Oro y la Furia
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La libertad de expresión bajo el asedio del capital especulativo
Para Mill la peor tiranía es la que «penetra mucho más profundamente en los detalles de la vida y encadena el alma misma». Aquí, el dinero del billonario es el que forja esas cadenas a través de la cultura financiada.
Kotkin usa el término «Gentry Liberals» (izquierda de la alta burguesía) para describir a estos magnates que promueven políticas ambientales o sociales extremas que, en la práctica, impiden que la clase trabajadora sea dueña de su propio destino.
En la lógica de Mill, quien propone una idea radical debe estar dispuesto a defenderla en el mercado del pensamiento abierto.
Sin embargo, en el modelo de la Open Society, el riesgo desaparece. El activista radical no es un valiente buscador de la verdad; es un operador a sueldo. Al eliminar el riesgo personal mediante el subsidio interesado, se elimina la honestidad intelectual.
Kotkin analiza la desaparición de la clase media económica por este financiamiento que busca destruir la «clase media mental»: aquel sector de la sociedad que no es ni élite financiera ni masa dependiente, y que por lo tanto conserva la independencia para criticar a ambos.
La izquierda radical actúa aquí como la fuerza de choque para quebrar esa resistencia ciudadana que aborta la democracia como elección de los mejores para gobernar.
La «Soberanía de los peores bajo el nombre de «Progresismo»
Mill defendía que el gobierno debe ser para el beneficio de todos.
El «progresismo financiado” desde la especulación económica con la provocación de crisis permanentes, es, en realidad, un rediseño institucional que favorece la concentración de poder.
Es el uso de la retórica de la proclamada “libertad popular” para instaurar un sistema de control absoluto desde la burocracia dominada por la prepotencia.
Es siempre «desmantelamiento de valores» y entrega de recursos privados al especulador.
Se promueven medidas para agotar los recursos privados, la estatización de una unidad productiva como la estancia María Dolores, la de las AFAPs, y el desenfreno abusador del gasto público, supuestamente para atender a los más pobres, que no toca para nada las prebendas del poder
Se utiliza una retórica de “justicia social” para justificar despojos que, en última instancia, fortalecen al aparato burocrático (y a sus prestamistas), avanzando sobre los recursos hasta extinguirlos, mientras la verdadera estructura del poder permanece intocable.
La lógica de la «Captura del Estado bajo disfraz humanitario»:
El Caso de las AFAPs: El Asalto al Ahorro Generacional
Desde una óptica liberal milliana, el ahorro es la máxima expresión de la autonomía individual y la previsión del futuro.
Devolverle al individuo el dinero que se le quita de su trabajo con el argumento de distribuirlo mejor, alivió también el endeudamiento del Estado en el mayor punto de desequilibrio presupuestal: la falsa Seguridad Social.
Un argumento para engordar la burocracia con “nuevos derechos” que hace ilusorias la obligación principal: cuidar el retiro de las personas.
Van sumando prestaciones de actividad, brindando pasividades sin aportes, hasta que el sistema colapsa. Se come 7 puntos del PIB (dinero producido por los privados) y un endeudamiento creciente que trepa a casi 7 mil millones de dólares anuales.
El argumento para apoderarse del ahorro del trabajador es “quitarle el lucro” que las AFAPs cobran por multiplicar los recursos del ahorrista para que tenga una mejor renta a su retiro.
Para bajar ese costo del trabajo privado, multiplican burocracia pública que pagan los trabajadores.
Se sustituye al empleado privado que está sujeto a despido si no hace bien su trabajo, por un empleado público con el empleo asegurado así desaparezcan la totalidad de los recursos pasándolos al gobierno.
Una forma ridícula de mezclar los recursos de cada trabajador con las infinitas necesidades del ministro de Economía. 24 mil millones de dólares para financiar el resultado del “dialogo socialista”.
Una introspección de la izquierda que parió la forma de financiar: Casupá, comprar lanchas caras a los chinos, repartir dinero para evitar perder las próximas elecciones.
La estatización (o el desmantelamiento) de las AFAPs no busca «mejoras» al futuro jubilado, sino capturar el stock de su ahorro para financiar el gasto del soberano.
El ejemplo perfecto de cómo el «interés colectivo» se usa para sacrificar la soberanía temporal del individuo.
La Estancia María Dolores: La Propiedad como «Rehén Ideológico»
La estatización o intervención de unidades productivas privadas bajo pretextos sociales es, para Mill, una violación del principio de utilidad a largo plazo.
Si la propiedad privada deja de ser un derecho sagrado para convertirse en una concesión revocable por el humor de la izquierda radical se rompe el incentivo para el desarrollo.
Mientras se «socializa» una estancia, una unidad productiva que da trabajo, produce recursos, paga impuestos, la izquierda no toca las prebendas, las exenciones fiscales a transnacionales, y los contratos secretos de las élites financieras del estupro. Es una redistribución cosmética para las masas mientras se blinda la concentración real.
El Desenfreno del Gasto Público: La «Caridad» como Mecanismo de Control
Mill advertía sobre el peligro de convertir a los ciudadanos en dependientes del Estado.
El gasto público expansivo, supuestamente destinado a la pobreza, funciona como un subsidio a la militancia.
La Tiranía Burocrática: el dinero fluye hacia estructuras intermedias (ONGs, colectivos, observatorios) que son los «comisarios políticos» de la agenda financiada por los billonarios.
El Resultado: el pobre sigue siendo pobre, pero ahora es un «pobre agradecido» y cautivo, mientras el político y el financista global celebran la «paz social» que han comprado con el dinero arrebatado a la clase media productiva a través de impuestos e inflación.
La burocracia contenta engulle sándwiches y whisky a costa de la gente; viaja, cobra sueldos astronómicos, se suceden incapaces en los cargos de gobierno, proclives a servir sin denunciar la corrupción del dinero privado.
La puesta en escena es siempre la misma: se agita el fantasma de la injusticia para proceder al asalto de la propiedad ajena —sea una estancia, el ahorro privado acumulado, o la replanificación del transporte público a base de préstamos—.
Es el triunfo del constructivismo racionalista: se destruye lo que funciona y es propiedad del individuo, para alimentar la voracidad política, que hace insuficiente ayudar al desposeído, pero que lubrica generosamente los engranajes del poder.
Una excusa perfecta para estar eternamente endeudados, porque, “casualmente”, nunca se alcanza el crecimiento económico para financiar tantos abusos.
Tenemos el presidente más viajero; el mejor pago de América Latina (14.000 dólares), y un contubernio en el Poder Ejecutivo para cancelar las denuncias parlamentarias de la oposición.
Mientras en el siglo XIX el «milagro» de los ahorros privados en Uruguay, como documentó Ramón Díaz, construyó la nación, este modelo estatizador busca descapitalizar al ciudadano para que tenga que someterse a la voluntad de quienes imprimen el dinero o controlan los algoritmos de la opinión pública.
El sacrificio que se le pide a la gente no es un error de cálculo económico, sino el combustible del sistema.
Esta alianza entre el billonario que especula con la tragedia de las naciones y la izquierda radical, es una herramienta de domesticación que deglute el sacrificio diario del ciudadano productivo.
Mill sostenía que el individuo debe ser dueño de los frutos de su trabajo para ser libre; cuando el Estado, azuzado por activistas subsidiados, le arrebata esos frutos para un gasto público ineficiente, limitando su capacidad de resistencia.
Un pueblo que lucha por llegar a fin de mes no tiene tiempo para defender su libertad de pensamiento.
Llaman «redistribución» a lo que es extracción de la clase media; llaman «derechos» a lo que es dependencia estatal; y llaman «justicia» a la estatización de unidades productivas que terminan en manos de amigos del poder.
No faltan recursos del contribuyente, sino que se abusa de su docilidad.
El sacrificio que le exige al trabajador al productor o al ahorrista no es para construir una nación, sino para sostener una farsa donde los verdugos se disfrazan de salvadores.
Hasta que no comprendamos que esta ‘crisis de valores’ es un negocio rentable para quienes la financian, cualquier cambio liberador será visto, con justa razón, como una nueva cadena.
Financiamiento ideológico
Captura del Estado
Destrucción de la clase media
Comprender estos mecanismos es clave para analizar el nuevo equilibrio del poder global.
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