Tres ejemplos políticos actuales muestran cómo el lenguaje, la imagen pública y el resentimiento pueden reemplazar el juicio individual por adhesiones narrativas.
SUPERAR LA PARÁLISIS COGNITIVA (II)
Tres ejemplos actuales de marxismo aplicado
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Luiz Inácio Lula da Silva: La ocupación del lenguaje y la ética de la impunidad
En el caso de Lula, la aplicación de los conceptos de Olavo revela una corrupción del lenguaje donde las palabras pierden su significado descriptivo para convertirse en herramientas de combate.
El uso sistemático del concepto de «persecución política» (lawfare) para anular los hechos probados de corrupción privada y de Estado. Bajo este modelo, el lenguaje no sirve para buscar la verdad jurídica, sino para crear una realidad paralela donde el juicio no es sobre un delito, sino sobre una identidad política.
Lula encarna la idea de que el «líder» está por encima de las categorías morales universales.
Transforma la justicia en un campo de batalla ideológico, se anula la capacidad del ciudadano para juzgar los hechos concretos, sumergiéndolo en una parálisis donde la lealtad al grupo reemplaza a la honestidad con la propia experiencia, y la responsabilidad por sus actos.
La realidad material (los desvíos de fondos) es devorada por la narrativa del «salvador del pueblo».
Pedro Sánchez: La ingeniería de la percepción y el vacío del poder
El modelo aplicado a Sánchez destaca lo que Olavo llamaba la pérdida del mapa de la realidad, donde el gobernante ya no responde a principios, sino a la pura mecánica del poder a través del control del discurso.
El cambio constante de posición sobre temas fundamentales (amnistía a terroristas, pactos territoriales disolventes del Estado) bajo el nombre de «resiliencia» o «cambios de opinión».
Aquí, el lenguaje se vuelve fluido y carente de sustancia; las palabras ya no pretenden ser verdaderas, sino útiles para la supervivencia inmediata en el poder.
Sánchez opera mediante la desorientación del individuo.
Al romper la relación entre la promesa verbal y la acción política, se fomenta una forma de idiotez funcional en el electorado: la incapacidad de prever consecuencias.
Es el triunfo de la «gramática del oportunismo» sobre la lógica institucional, donde el individuo queda reducido a un espectador pasivo de una coreografía de poder sin anclaje en la tradición o la verdad histórica.
José Mujica: El mito de la austeridad como anestesia intelectual
El análisis de Mujica bajo este prisma es quizás el más sutil, pues se enfoca en la creación de una imagen romántica que sirve para ocultar las deficiencias de la gestión estatal y la erosión de la responsabilidad individual.
La construcción del personaje del «presidente pobre».
Si bien la austeridad personal es valorable, en la praxis política de Mujica funcionó como un escudo moral para neutralizar las críticas a políticas económicas fallidas, el costo económico y social, o al desorden institucional («lo político está por encima de lo jurídico»).
Mujica aplica lo que Olavo criticaba como la primacía de la «estética» sobre la «ética» y la razón.
El ciudadano, cautivado por el carisma y la retórica de la sencillez, tiende a perdonar la ineficiencia del Estado.
Se promueve una visión donde la «intención» del revolucionario romántico sustituye a la evaluación objetiva de los resultados.
Es el ejemplo perfecto de cómo una narrativa personal potente puede bloquear la facultad de juicio de una sociedad, impidiéndole ver las consecuencias reales de la ingeniería social sobre la libertad y la productividad.
En los tres casos, se observa la sustitución del individuo soberano —aquel que juzga por hechos y lógica— por un sujeto movilizado por afectos narrativos.
Para Olavo, el primer paso para no ser un «idiota» frente a estos liderazgos sería despojar al líder de su disfraz retórico y obligarlo a responder ante la gramática de la realidad y la responsabilidad de sus actos en todos los órdenes.
Sir Roger Scruton añadiría la dimensión del afecto, la belleza y la herencia cultural.
Para Scruton, no basta con ser «lógicamente preciso»; el ser humano necesita raíces. El «idiota» de Scruton no es solo el que piensa mal, sino el que no sabe amar lo que tiene y, por tanto, se entrega al resentimiento.
Aquí están los cuatro elementos que Scruton agregaría a este modelo de denuncia:
El concepto de «Oikofobia» (El odio a la casa)
Mientras Olavo denuncia la incapacidad de pensar, Scruton denunciaría la incapacidad de pertenecer.
Scruton observaría que Lula, Sánchez y Mujica, cada uno a su modo, promueven una forma de oikofobia: el rechazo a las instituciones tradicionales, a la jerarquía natural y a la herencia cultural de Occidente en favor de una «utopía global» o una «justicia social» abstracta.
Diría que estos líderes desarraigan al ciudadano, enseñándole a ver su propia historia y sus costumbres como algo opresivo que debe ser desmantelado, dejándolo huérfano de identidad y, por ende, más fácil de manipular.
Scruton identificaba el motor del socialismo como la falacia del resentimiento: la idea de que si alguien tiene éxito, es porque se lo ha quitado a otro.
Diría que la retórica de estos líderes se basa en dividir la sociedad en «víctimas y victimarios». Para Scruton, esto es una ceguera espiritual.
El hombre que «no es un idiota» es aquel que practica la gratitud. Reconoce que la civilización es un capital heredado (leyes, costumbres, lenguaje) que debemos conservar.
El socialista, al destruir este capital por «igualitarismo», termina destruyendo las bases que permiten a los más pobres progresar, ascender por espíritu de superación y mérito, salir de su situación económica por convicción de que es necesario.
Para Scruton, la estética es también política.
El socialismo y el modernismo tienden a crear entornos feos, utilitarios y burocráticos.
Observa cómo estos movimientos degradan el espacio público y la cultura alta para convertirla en «cultura de masas» o propaganda.
Para no ser un idiota, hay que cultivar el gusto. La belleza nos recuerda que somos seres espirituales, no solo «unidades de consumo» o «clases sociales».
Quien aprecia lo bello no se deja seducir por la fealdad moral de la demagogia.
La Ley como «Asociación Civil», no «Empresa Social»
Scruton hacía una distinción clave: la sociedad debe ser una universitas (personas con un propósito común libre) y no una societas (una empresa dirigida por el Estado hacia un fin único).
Criticaría a Sánchez o Lula por usar la ley como un martillo para remodelar la sociedad (ingeniería social).
La libertad no es «hacer lo que uno quiera», sino vivir bajo leyes que se modelan en las mejores costumbres positivas, y en el respeto mutuo.
El «idiota» es quien cree que el Estado puede —y debe— legislar la felicidad o la igualdad de resultados, ignorando que eso solo se logra destruyendo la libertad individual.
El resultado de la síntesis Olavo-Scruton
Si los unimos, el diagnóstico contra estos líderes sería demoledor:
Olavo diría: «Ustedes mienten y manipulan el lenguaje para que la gente no pueda ver la realidad».
Scruton añadiría: «Y al hacerlo, les roban su hogar, su belleza y su capacidad de ser agradecidos con su destino, convirtiendo a la sociedad en una multitud de individuos resentidos y dependientes».
Para Scruton, salir de la idiotez no es solo un triunfo de la inteligencia, sino un triunfo del carácter y del amor por lo concreto frente a las abstracciones asesinas de la ideología.
Lenguaje político como sustituto de la realidad.
Liderazgo narrativo y anestesia del juicio individual.
Olavo, Scruton y la defensa del carácter frente a la ideología.
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