Central planning room contrasted with a living market street.

El algoritmo no puede reemplazar al mercado

La promesa del socialismo computacional ignora que los precios, la innovación y la libertad no pueden ser calculados desde una oficina central.

CÁLCULO ECONÓMICO EN TIEMPOS CUANTICOS
La quimera del socialismo computacional
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Es frecuente escuchar en los pasillos de la nueva intelectualidad colectivista que el gran dilema planteado por Ludwig von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo ha quedado superado.
Argumentan, con una ligereza que espanta, que la capacidad de procesamiento de la computación cuántica y los algoritmos de aprendizaje profundo podrían actuar como el «gran coordinador» que el mercado —según ellos, de forma caótica— representa.
Pretenden sustituir la mano invisible por un procesador central.
Sin embargo, esta postura ignora la naturaleza misma de la información económica. El conocimiento que se requiere para coordinar una sociedad no es una magnitud estática que espera ser recolectada por un sensor estatal.
Como bien señaló Friedrich Hayek, el conocimiento es disperso, subjetivo y, sobre todo, dinámico.
Los precios no son meros números; son señales que encapsulan las valoraciones, expectativas y descubrimientos de millones de personas en tiempo real.
Un ordenador, por potente que sea, solo puede procesar datos del pasado. No puede capturar el acto creativo del emprendedor que, en este preciso instante, decide que un recurso tiene un uso nuevo y más valioso.
La soberanía del consumidor frente al algoritmo estatal
En un sistema de libertad, el consumidor es el soberano.
Cada compra es un voto que redirige los recursos hacia donde la sociedad los reclama con mayor urgencia.
Si permitimos que una «IA central de planificación» decida la asignación de bienes —incluso bajo la promesa de una eficiencia técnica superior—, estamos aniquilando la libertad de elección.
La incidencia de la IA y la robótica en la producción no cambia la ley de escasez.
Por el contrario, la profundiza en nuevas fronteras.
Si la robótica permite producir bienes físicos a un coste marginal cercano a cero, el valor se desplazará hacia el diseño, la propiedad intelectual y el servicio personalizado.
¿Cómo podrá una burocracia cuántica tasar el valor de una idea innovadora antes de que esta sea probada en el mercado?
La respuesta es simple: no puede. El socialismo tecnológico solo lograría una asignación de recursos tecnocráticamente perfecta para un mundo que ya no existe, asfixiando el descubrimiento de lo nuevo.
La asistencia económica y el riesgo de la atrofia moral
La necesidad de asistencia durante la adaptación a este cambio de época requiere libertad de producir para sostenerse.
Es vital distinguir entre la cooperación social voluntaria —las fundaciones, las asociaciones civiles, la familia— y la coacción estatal.
Cuando el Estado se propone como el único salvavidas frente al «desempleo tecnológico», lo que está construyendo es una cárcel de dependencia.
La verdadera «asistencia» en una era de cambios vertiginosos no es un cheque mensual que condena al individuo a la pasividad, sino la eliminación de todas las barreras que impiden la creación de riqueza.
La flexibilidad laboral absoluta es hoy más que nunca un imperativo moral.
Si un ciudadano debe reciclarse profesionalmente cada cinco años debido a la IA, no puede estar atado a legislaciones laborales diseñadas para la era de la chimenea.
La libertad de contratación permite que surjan nuevas formas de asociación que ni el más brillante programador de un ministerio podría imaginar.
La propiedad privada como escudo tecnológico
La profundización de la elaboración 3D de bienes es, quizás, la mayor amenaza que ha enfrentado el Leviatán.
Cuando un ciudadano puede imprimir sus propias soluciones médicas o herramientas de trabajo, el control estatal sobre las aduanas y los suministros se desvanece.
El socialismo intentará, sin duda, declarar estas tecnologías como «bienes públicos» o regular su uso bajo el pretexto de la propiedad intelectual estatal.
Debemos ser tajantes: el derecho de propiedad es la base de la civilización. Si el individuo no es dueño de la máquina que tiene en su hogar y de los archivos digitales que descarga para su bienestar, no es un hombre libre, sino un inquilino del Estado.
La tecnología debe servir para empoderar al individuo (el «agente»), no para convertir al gobierno en un administrador universal de la vida ajena.
En conclusión, la computación cuántica y la IA no son el bálsamo del socialismo, sino sus verdugos potenciales, siempre y cuando no permitamos que el poder político capture el código fuente de nuestra libertad.
El progreso no vendrá de una oficina en la capital, sino de la capacidad de cada individuo para usar estas herramientas en la búsqueda de su propio destino, asumiendo la responsabilidad de su éxito y de su fracaso.

Mercado y precios.
IA y planificación.
Propiedad y libertad.

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