Technocratic control room overlooking a living city as a symbol of algorithmic planning versus spontaneous order

La fatal arrogancia del algoritmo

La inteligencia artificial reabre una vieja tentación: creer que el cálculo, el control y la planificación pueden sustituir al orden espontáneo de la libertad.

LA FATAL ARROGANCIA EN LA ERA DEL ALGORITMO
El atavismo de la planificación centralizada frente al orden espontáneo
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Resulta imperativo comenzar estas líneas recordando que el progreso humano no es el resultado de un diseño deliberado por parte de una mente superior —o un comité de burócratas—, sino el fruto bendito de procesos evolutivos y del orden espontáneo.
Alberto Benegas Lynch (h) ha insistido, con razón, en que el conocimiento está disperso en la mente de millones de individuos.
Y que no hay palabras finales en el conocimiento humano, todo es revisable, superable, no estático.
Pretender que una oficina de planificación estatal pueda coordinar las acciones de la sociedad es, como bien decía Hayek, una «fatal arrogancia».
Hoy, bajo el fascinante velo de la Inteligencia Artificial y la robótica, resurge con renovado ímpetu el fantasma del socialismo.
Los nuevos ingenieros sociales, envueltos en una retórica tecnocrática, sugieren que la capacidad de procesamiento de datos actual permitiría, finalmente, resolver el problema del cálculo económico que Mises demostró irresoluble.
Nada más alejado de la realidad.
La información que requiere el mercado (conjunto de consumidores) es de naturaleza subjetiva, tácita y cambiante; no son meros «datos» fríos, sino valoraciones humanas que solo se manifiestan a través del sistema de precios en un entorno de libertad y propiedad privada.
La IA como herramienta, no como soberana
La inteligencia artificial es, en esencia, una extensión de la capacidad analítica del ser humano, un medio para potenciar la productividad.
Sin embargo, en manos de gobiernos con vocación totalitaria, se convierte en el «panóptico digital».
El riesgo no reside en la máquina, sino en el monopolio de la fuerza que pretende utilizar algoritmos para predecir y dirigir la conducta humana.
Cuando hablamos de la elaboración 3D de bienes, estamos ante una frontera de libertad sin precedentes.
La posibilidad de que el individuo produzca en su propio hogar soluciones habitacionales o herramientas médicas desarticula el poder de los lobbies corporativistas y las regulaciones asfixiantes.
Pero cuidado: el socialismo, siempre hambriento de control, intentará regular el «bit» para gravar el «átomo».
Dirán que es por la seguridad del consumidor o por la «justicia distributiva», cuando en realidad es por el pavor que les produce perder el control sobre la cadena de suministros.
La falacia del fin del trabajo y la asistencia estatal
Se nos dice con frecuencia que la robótica eliminará la necesidad del esfuerzo humano y que, por ende, el Estado debe convertirse en el gran proveedor universal.
Esta es una visión estática y empobrecedora.
El ser humano es, por definición, un creador.
La historia demuestra que cada salto tecnológico desplaza tareas penosas para dar lugar a funciones de mayor valor agregado, siempre y cuando el mercado laboral no esté esclerosado por leyes sindicales decimonónicas, o una educación rígida diseñada por políticos y burócratas.
La propuesta de una asistencia económica permanente durante los periodos de «reciclaje» laboral debe ser mirada con extrema cautela.
Si dicha asistencia proviene de la expoliación del fruto del trabajo ajeno a través de impuestos progresivos, no solo es éticamente reprobable, sino que destruye los incentivos para la inversión; y por ende la multiplicación de oportunidades de empleo.
La verdadera solución radica en la capitalización y en la libertad de enseñanza, permitiendo que el individuo se adapte a la velocidad de la luz tecnológica, libre de los programas oficiales de educación estatal que solo forman piezas para un engranaje que ya no existe.
El desafío de la longevidad y la ética de la responsabilidad
Viviremos más tiempo gracias a la ciencia, pero ¿para qué?
Si la prolongación de la vida significa simplemente una extensión de la dependencia del Estado a través de sistemas de pensiones quebrados y colectivizados, habremos cambiado la biología por la servidumbre.
El desafío de este cambio de época es revalorizar la autonomía.
La ética del respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo debe ser nuestro norte.
No podemos permitir que la tecnología sea la excusa para un nuevo socialismo «científico».
El futuro pertenece a la descentralización, al blockchain como registro inmutable de la propiedad y a la IA como aliada del genio individual.
Todo lo que se aparte de esto y fortalezca el leviatán estatal, por más que se vista de modernidad, no es más que un regreso a las cavernas del colectivismo.
Continuemos, pues, con el segundo ensayo de esta serie, manteniendo el foco en la inviabilidad del estatismo frente a la sofisticación tecnológica y la defensa de la libertad individual como único motor de progreso.

La planificación central reaparece bajo apariencia tecnológica.
La inteligencia artificial no resuelve el problema del conocimiento disperso.
La libertad individual sigue siendo el único motor real del progreso.

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