Woke activist scene with identity politics signs and protest symbols

El wokismo como nihilismo de exportación

Una lectura crítica sobre el origen intelectual del wokismo, desde la teoría francesa hasta su expansión cultural en universidades, medios y política.

Cerrábamos nuestra nota anterior, preguntándonos, cómo el wokismo había permeado las posturas de izquierda.
¿De dónde surge ese paquete ideológico, que abraza por igual a vastos sectores de opinión y que es bandera expuesta o insinuada tanto por partidos de izquierda como de los que no se autoperciben como tales?
Hace unos días, el presidente argentino Dr. Javier Milei, elogiaba calurosamente una explicación que había encontrado en redes sociales.
Cuando José Pedro Varela analiza la realidad uruguaya previa al gobierno de Latorre, dice que va a «hacer la autopsia del cuerpo enfermo que se presenta ante nuestros ojos».
La frase podría aplicarse a la notable reseña del Ing. Informático y ensayista francés Brivael Le Pogam, que promoviera los plácemes del mandatario.
En una breve y cruda exposición explica el proceso de gestación del wokismo.
«Tres filósofos parisinos […] han proporcionado el software de explotación a toda una generación de activistas, de burócratas universitarios, de responsables de recursos humanos, de periodistas, de legisladores. Así es como hemos obtenido una civilización que ya no sabe decir si una mujer es una mujer, si su propia historia merece ser defendida, si el mérito existe, si la verdad se distingue de la opinión».
La civilización se cimenta en tres conceptos: la verdad es accesible por la razón; existen el bien y el mal; hay un legado que transmitir.
Esos tres jinetes del Apocalipsis se empeñaron en socavar esas bases.
Los señalados por Le Pogam no han sido los únicos, pero si para muestra basta un botón, estos son tres.
Gilles Deleuze (1925-1995); Michel Foucault (1926-1984); Jacques Derrida
(1930-2004).
Ya Antonio Gramsci (1891-1937) había comprendido que la dialéctica de la lucha de clases no estaba funcionando y propone la del oprimido-opresor.
Los tres filósofos que selecciona el ensayista francés escribieron gran cantidad de volúmenes, de los cuales algunos sucesores rescataron lo que les servía, y de esa masa se fue formando el wokismo, ese «nihilismo con empaque chic», en palabras de Le Pogam.
Foucault tuvo un pasaje como afiliado al partido comunista (1950-53), mantuvo toda su vida posiciones de izquierda, elogió enfáticamente la revolución de Jomeini, hizo dos viajes a Irán como periodista, hasta que se desengañó como le había pasado con el socialismo real.
Dio cátedra en universidades francesas y norteamericanas derramando sus ideas al más alto nivel intelectual.
Enseñó entre otras cosas, que la verdad no existe y que es necesario cambiar la sociedad. Porque el poder no solo está en manos del estado, sino también en los discursos cotidianos y en las instituciones, y que todo se trata de relaciones de poder.
Además, afirmó que la sexualidad es un constructo social. O sea, ¿una verdad que existe?
Esa misma línea de escepticismo que cruza la obra de estos autores se refleja en la obra de Enrique Santos Discépolo (1901-1951).
Los filósofos disertan académicamente lo que Discépolo refleja en su poética y su obra teatral.
«Uno está tan solo en su dolor/ Uno está tan ciego en su penar/ Pero un frío cruel que es peor que el odio/ Punto muerto de las almas, tumba horrenda de mi amor/ Maldijo para siempre y me robó toda ilusión» [Uno, 1943].
«Cuando la suerte que es grela (mujer)/ fallando y fallando/ te largue parao/ cuando estés bien en la vía/ sin rumbo, desesperado/ cuando no tengas ni fe/ ni yerba (mate) de ayer/ secándose al sol/ cuando rajés los tamangos (rompas los zapatos)/ buscando ese mango (dinero)/ que te haga morfar (comer)/ la indiferencia del mundo que es sordo y es mudo/ recién sentirás» [Yira yira, 1930].
Mientras Foucault teoriza sobre el poder, Discépolo lo poetiza y escenifica, ambos mostrando cómo el individuo es atravesado y moldeado por el discurso dominante.
«El modelo que seguí en mis obras fue la vida», dirá Discépolo.
Derrida propone la deconstrucción del lenguaje.
Porque todo es un constructo, que hay que desarmar para ver que las ideas que lucen como naturales son construcciones culturales e históricas. Que si apreciamos algo como bello es porque se nos ha inculcado qué es lo bello.
Que todo es relativo, porque depende del cristal con que se mire, y de la luz que nos alumbre.
Lo que dice Discépolo: «lo mismo un burro que un gran profesor». Un gran profesor… ¿como Derrida? Porque todo es relativo, ¿no?
Deleuze desarrolla una teoría sobre el rizoma y las estructuras arborescentes…
Y el tiempo sobrante lo dedica a romantizar a la organización terrorista conocida como Brigadas Rojas y a Antonio Negri, condenado como asesino del secuestrado Aldo Moro, que era presidente del Consejo de Ministros de Italia.
Las obras de estos pensadores, «combinadas, exportadas, vulgarizadas, forman un sistema. Y ese sistema es un veneno, observa Le Pogam.
El pensador se disculpa “en nombre de los franceses”, por haber dado a luz a la Teoría Francesa (que ha dado a luz a la peor de las mierdas ideológicas: el wokismo».
Porque esa producción filosófica, esos «textos ilegibles en Francia, cruzaron el Atlántico. Los departamentos de Yale, de Berkeley, de Columbia, los absorbieron en los años 80. Encontraron allí un terreno que no existía en casa: el puritanismo americano, su culpa racial, su obsesión identitaria».
Y de allí, se derramó. A través de intérpretes como Judith Butler se llega «a la teoría queer», que propone que el género es una construcción, de modo que todos pueden autoconstruirse como se les venga en gana.
Kimberlé Crenshaw aporta el concepto de interseccionalidad, sobre cómo las desigualdades pueden ser acumulativas y se potencian entre sí.
Así, el hombre blanco, burgués, heterosexual, católico y de derecha, ha pasado a ser objeto del aborrecimiento público.
Porque: «toda jerarquía es sospechosa, toda institución es opresiva, toda norma es violencia, toda identidad es construida y por tanto negociable, toda mayoría es culpable», concluye Le Pogam.
¿No es ese, acaso, el argumento de la mayoría de las películas que exhibe Netflix?

Origen filosófico del wokismo.
Deconstrucción, poder e identidad.
Exportación cultural y crisis civilizatoria.

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