La fabricación aditiva traslada el poder productivo del Estado y la gran industria al individuo, debilitando aduanas, impuestos y regulaciones.
LA DESINTEGRACIÓN DEL MONOPOLIO FISCAL
El fin de las aduanas físicas y el ocaso del mercantilismo estatal
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Es una característica intrínseca de los regímenes colectivistas —y de aquellos que, sin confesarse tales, asfixian al ciudadano con regulaciones— la obsesión por el control de las fronteras y del intercambio de bienes.
El socialismo siempre ha necesitado muros, físicos o arancelarios, para encorsetar su ineficiencia.
Sin embargo, nos encontramos ante una revolución que hiere de muerte la capacidad de control del Leviatán: la fabricación aditiva o impresión 3D.
Históricamente, el Estado ha derivado su poder de la intermediación.
Al controlar el puerto, la aduana y el flujo físico de mercancías, el burócrata se arroga el derecho de decidir qué entra, qué sale y cuánto debe tributar el ciudadano por el pecado de comerciar.
Pero, ¿qué sucede cuando lo que viaja por el mundo no es un contenedor de acero, sino un archivo digital encriptado?
La impresión 3D traslada el centro de gravedad de la producción del gran complejo fabril —fácilmente capturable por el fisco y los sindicatos— al escritorio del individuo.
Esta desintermediación es el triunfo definitivo del bit sobre el átomo.
La soberanía del consumidor en la medicina y la producción
La incidencia de la elaboración 3D de soluciones médicas es quizás, el campo donde la colisión entre el progreso y el estatismo será más violenta.
El socialismo médico se basa en el racionamiento y la estandarización.
Cuando un paciente, en la privacidad de su propiedad, puede imprimir una prótesis personalizada o, en un futuro cercano, sintetizar fármacos específicos para su patología según su mapa genético, el monopolio de las cajas de salud estatales y las regulaciones asfixiantes de los ministerios de salud se vuelven obsoletas.
El argumento de la «seguridad del consumidor» será el último refugio del burócrata socialista para intentar regular estas tecnologías.
Dirán que es peligroso que el individuo sea autónomo.
Pero la verdadera peligrosidad radica en la dependencia de un sistema estatal que castiga la innovación con esperas interminables y falta de presupuesto.
La libertad de producir lo que uno necesita para su propia vida es una extensión natural del derecho de propiedad sobre el propio cuerpo.
La crisis del modelo tributario colectivista
El socialismo fracasa porque se acaba el dinero ajeno, como bien decía la señora Thatcher.
Pero en la era de la impresión 3D y la robótica descentralizada, el dinero ajeno será cada vez más difícil de confiscar.
El modelo tributario basado en gravar la producción física y el movimiento de bienes está condenado al fracaso.
Si el individuo puede producir sus propios bienes y soluciones, el concepto de «valor agregado» se vuelve inasible para el recaudador de impuestos.
La riqueza se vuelve intangible, refugiada en el talento, el diseño y la capacidad creativa.
Ante esto, el socialismo profundizará su voracidad sobre el patrimonio y la renta, intentando gravar la existencia misma.
Sin embargo, la movilidad que otorga la tecnología —donde un diseñador en Uruguay puede vender sus planos a un impresor en Japón sin pasar por una sola oficina pública— hace que el capital humano sea el más móvil de todos los recursos.
El Estado deberá aprender, por la fuerza de la realidad, que solo podrá sobrevivir si se reduce a su mínima expresión y deja de ser un obstáculo para el genio creador.
La asistencia económica como transición a la autonomía
En este contexto de transformación, la mencionada asistencia económica para quienes deben «reciclarse» no debe ser vista como un derecho adquirido para la ociosidad, sino como una devolución de lo que previamente se le confiscó al ciudadano.
El sistema asistencialista del socialismo busca perpetuar la pobreza para mantener su clientela; el liberalismo, en cambio, aboga por la eliminación de regulaciones que permitan que ese ciudadano, ahora provisto de una impresora 3D y una IA, se convierta en un micro-emprendedor independiente.
La población que vivirá más tiempo no puede ser una carga para un Estado quebrado; debe ser una población de individuos que, liberados de la fatiga física por la robótica, sigan aportando valor a través de la experiencia en artes liberales y el juicio crítico.
El «cambio de época» no es una tragedia que requiere de un Estado protector, sino una oportunidad de oro para que el hombre se desprenda finalmente de las cadenas de la servidumbre estatal y abrace la libertad de producir su propio destino.
Producción descentralizada.
Crisis fiscal del Estado.
Autonomía tecnológica individual.
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La mejor manera de reducir al Estado ,es que ningún privado le compre ni contrate nada
No le acepte concesiones,exoneraciones ,subsidios o subvenciones impositivas y arancelarias
Tampoco leyes ni regulaciones los privilegien y protejan
Eso le quita la excusa de cobrar tantos impuestos para gastar en bienes y servicios privados