Cómo ciertos aparatos ideológicos logran hegemonizar democracias moderadas desde dentro del propio sistema institucional.
La paradoja de la coalición o el arte del caballo de Troya legal
Por el Dr Nelson Jorge Mosco Castellano
Si algo define la tragedia de la democracia contemporánea no es su falta de enemigos, sino su conmovedora incapacidad para reconocer la naturaleza de quienes prometen defenderla compartiendo su lecho.
Asistimos hoy, con una mezcla de indolencia y frivolidad, a un fenómeno que los historiadores del siglo XX ya describieron hasta la saciedad, pero que el adanismo político insiste en redescubrir como si fuera una novedad absoluta: el sutil, metódico y asimétrico parasitismo que los partidos comunistas ejercen sobre las coaliciones de la izquierda democrática.
La izquierda moderada, siempre aquejada de un complejo de inferioridad moral frente a su flanco más radical, suele abordar las alianzas de gobierno con la ingenuidad de un contable liberal.
Cree que una coalición es un contrato entre caballeros, un balance de sumas y restas electorales donde el poder se distribuye en proporción a los votos emitidos.
Olvidan —o prefieren ignorar por pragmatismo ministerial— que para la tradición marxista-leninista el parlamento es un escenario secundario y el voto, una mera formalidad táctica.
Para ellos, la coalición no es el destino; es el vehículo.
El mecanismo opera con una precisión de relojería suiza y una desvergüenza conceptual que asombraría al propio Maquiavelo.
Mientras el socio socialdemócrata o reformista se desgasta en la gestión de las grandes crisis, asumiendo la impopularidad de la realidad económica, el Partido Comunista aplica la vieja máxima del centralismo democrático: actuar como un solo puño bajo la fachada de un archipiélago de siglas.
La asimetría es flagrante.
Los partidos liberal-demócratas discuten en público, se fragmentan en tendencias y exhiben sus dudas; el aparato comunista, monolítico por diseño, negocia con una sola voz y ejecuta con la disciplina de un ejército en campaña.
La colonización invisible del Estado
¿Dónde radica el verdadero éxito de esta infiltración consentida?
En lo que los teóricos de la izquierda llaman con regocijo la «guerra de posiciones».
Mientras los ministerios de Economía o Relaciones Exteriores —verdaderas hogueras de vanidades donde se quema el capital político de los presidentes— quedan en manos de los moderados, el comunismo operativo exige para sí los ministerios de la capilaridad social.
Trabajo, Vivienda, Educación, Cultura.
No buscan el brillo de la diplomacia ni el rigor de las finanzas; buscan los resortes que permiten moldear las alianzas con los sindicatos, financiar las redes clientelares de las organizaciones no gubernamentales y, sobre todo, inocular el virus del resentimiento regulatorio en el tejido educativo.
El presupuesto público se transforma así, con la firma de un ministro de coalición, en el combustible que alimenta una estructura militante permanente.
Cuando el gobierno cae —porque todos los gobiernos de coalición terminan por caer—, la izquierda moderada regresa a sus cuarteles de invierno o a la actividad privada.
El Partido Comunista, en cambio, se queda en el Estado.
Ha colonizado la administración de base, ha blindado a sus cuadros en la burocracia intermedia y ha asegurado su subsistencia a expensas del contribuyente al que promete redimir.
El chantaje de la doble identidad
Pero el rasgo más intolerable de esta dinámica —y el que demuestra la cobardía ntelectual de los líderes democráticos— es el monopolio de la doble identidad.
El comunismo en el poder ha perfeccionado el arte de ser, simultáneamente, oficialismo y oposición.
Con la mano derecha firman los decretos del Consejo de Ministros; con la mano izquierda agitan las pancartas en la calle.
Si la economía cruje debido a las rigideces que ellos mismos imponen, la culpa nunca es de su dogmatismo, sino de la timidez del socio mayoritario o de las sempiternas conspiraciones del capital internacional.
Utilizan a sus organizaciones de base como una válvula de escape y, a la vez, como un mecanismo de chantaje permanente.
Al fijar «líneas rojas» ideológicas, logran que todo el debate político se desplace hacia su propio terreno.
El socio moderado, aterrorizado ante la perspectiva de ser tildado de «traidor a la clase obrera», termina justificando sus propias claudicaciones en el lenguaje conceptual diseñado por sus captores políticos.
La lección de la historia es inequívoca, aunque la ceguera voluntaria de Occidente persista en ignorarla: el comunismo no entra en una coalición para moderarse, sino para hegemonizarla.
No busca la estabilidad del régimen democrático, sino la acumulación de fuerzas necesaria para sustituirlo o vaciarlo de contenido desde dentro.
Seguir tratando a estos partidos como actores convencionales del juego democrático no es una muestra de tolerancia; es una renuncia explícita al instinto de conservación.
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Excelente columna de análisis. Calza a la perfección con la realidad uruguaya, en especial desde que la Coalición de izquierdas fue perdiendo su componente de caudillismos, en favor de las corporaciones y terminó rindiendo armas con el copamiento por parte del PITCNT de toda la estructura. Por eso hoy, con el 20% de los votos, manejan el poder real y van en camino de voltear al presidente elegido por el otro 80%.