El poder que promete redimir a los desposeídos suele terminar administrando su dependencia, sus votos y los recursos públicos.
DESDE EL EPICENTRO DEL PODER. LA BOLSA ES LA VIDA
Por del Dr. Nelson Jorge Mosco Castelllano
Es una de las contradicciones más persistentes, estudiadas y frustrantes de la historia política y económica.
La brecha entre la retórica de la redistribución y la acumulación personal de riqueza cuando se alcanza el poder no es un fenómeno aislado, sino un patrón que diversos pensadores —desde la ciencia política hasta la economía institucional— han intentado explicar.
Para entender este fenómeno sin caer en la mera descalificación biológica o moral (atribuirlo simplemente a que «todos son malos por naturaleza»), se pueden analizar varios mecanismos estructurales, incentivos institucionales y dinámicas de poder:
El monopolio del poder y la asimetría de información
Cuando un proyecto político se presenta como el único salvador legítimo de los desposeídos, suele reclamar un mandato para intervenir profundamente en la economía.
Esto traduce el poder político en control directo sobre recursos, licitaciones, regulaciones y asignación de subsidios.
En sistemas con instituciones débiles, este gigantismo estatal crea lo que los economistas llaman «búsqueda de rentas» (rent-seeking).
El gobernante y su entorno no enriquecen a la sociedad creando valor, sino administrando el acceso a los recursos públicos.
Al concentrar tanto poder bajo una narrativa de «emergencia o justicia social», se desarman los contrapesos institucionales, permitiendo que la corrupción ocurra con total opacidad debido a la enorme asimetría de información entre el soberano (el pueblo) y el agente (el político).
La ilusión del juego de suma cero
Gran parte de la retórica populista o colectivista se basa en la premisa de que la riqueza es un pastel fijo: si unos tienen, es porque se lo quitaron a otros. Bajo esta lógica, la solución no es crear riqueza, sino arrebatar el control del pastel a las «élites anteriores».
El problema radica en que, al asumir el control, la nueva casta gobernante no cambia las reglas del juego para generar competencia o libertad; simplemente sustituye a los antiguos beneficiarios.
Como el sistema está diseñado para concentrar el excedente en manos de quien regula, los «defensores de los pobres» terminan adoptando —y a menudo multiplicando— los privilegios de los que antes criticaban, justificándolo internamente como el «costo necesario» de sostener su lucha política.
La «Ley de Hierro de la Oligarquía»
Formulada por el sociólogo Robert Michels, esta ley postula que toda organización, sin importar cuán democrática o idealista sea en su origen, inevitablemente se convierte en una oligarquía.
Para que un movimiento de defensa de los desposeídos tenga éxito, necesita organización, estructura y líderes.
Una vez que esos líderes saborean el poder y se profesionalizan, sus incentivos cambian drásticamente.
El objetivo principal del grupo deja de ser la causa original (eliminar la pobreza) y pasa a ser la autoconservación en el poder.
Para mantenerse en la cúspide, necesitan financiar aparatos de propaganda, redes de clientelismo y lealtades internas, lo que requiere ingentes cantidades de dinero que extraen del aparato estatal.
El «Mercado de la Pobreza» como modelo de negocio
Desde una perspectiva estrictamente de incentivos económicos, para un político que vive de la bandera de la ayuda social, la erradicación definitiva de la pobreza es un mal negocio.
Si la pobreza desaparece gracias al desarrollo genuino, el libre mercado y la capitalización de los individuos, el político pierde su base electoral y su justificación moral para intervenir.
Por lo tanto, se genera un incentivo perverso: mantener a la población dependiente de transferencias estatales y subsidios discrecionales.
Esto asegura un caudal de votos cautivo mientras el gobernante extrae la riqueza del sector productivo para beneficio propio y de su coalición de gobierno.
En resumen
El enriquecimiento de estos líderes no es un fallo del sistema de concentración de poder, sino su resultado lógico.
Cuando la moralidad personal sustituye a la ley, y la retórica de la «justicia» reemplaza a la rendición de cuentas y al respeto por los límites constitucionales, el poder absoluto sigue el camino que ya anticipaba lord Acton: corrompe absolutamente, sin importar cuán nobles fuesen las promesas de la campaña electoral.
Poder y búsqueda de rentas.
Populismo y dependencia social.
La pobreza como activo político.
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