Young Latin American adults walking through an urban civic district at dusk, symbolizing political disillusionment and search for freedom.

La derecha empieza a parecer rebelde

El corrimiento juvenil hacia la derecha no parece una conversión doctrinaria, sino una señal de hartazgo frente a la burocracia, la inseguridad y los relatos heredados.

Cuando la derecha empieza a parecer rebelde
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Durante décadas se dio por sentado que la juventud latinoamericana era naturalmente progresista.
Ser joven parecía significar mirar hacia la izquierda, desconfiar del mercado, reclamar más Estado y abrazar cada causa cultural presentada como inevitable. Pero esa asociación no era una ley sociológica.
Era una circunstancia histórica.
Y está cambiando.
Las encuestas recientes de Equipos Consultores en Uruguay muestran un dato incómodo para el relato dominante: entre los jóvenes de 18 a 29 años, la identificación ideológica de izquierda y derecha aparece hoy casi equilibrada. Según datos recogidos por El País, en 2000 el 37% de los jóvenes uruguayos se identificaba con la izquierda y el 27% con la derecha.

En 2025, la relación aparece invertida: 29% a la derecha y 26% a la izquierda.
Conviene no exagerar.

Uruguay no se volvió derechista de un día para otro.
Tampoco hay una conversión masiva al liberalismo clásico o al conservadurismo. Lo que ocurre es más sutil: la izquierda está perdiendo el monopolio simbólico del futuro.
Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, la izquierda logró presentarse como sensibilidad social, rebeldía, justicia y esperanza.

La derecha, en cambio, aparecía asociada al orden viejo, al privilegio y a la defensa del pasado.
Esa distribución emocional empieza a alterarse.
Para muchos jóvenes, la izquierda ya no representa transformación.

A veces representa burocracia, formulario, comité, reglamento, impuesto, permiso, consigna y superioridad moral.
Eleuterio Fernández Huidobro ya había advertido, desde dentro de la izquierda, el problema de la burocracia.

En Burocracia y Socialismo, publicado en 2008, señaló la tensión entre el ideal socialista y la maquinaria administrativa que termina deformándolo.
La advertencia hoy parece más amplia: la burocracia no mata solamente al socialismo.
Mata toda promesa política convertida en aparato.
La inseguridad es central.

Para una generación que vive más expuesta, el viejo lenguaje garantista puede sonar lejano o indiferente.
Por eso figuras como Nayib Bukele despiertan admiración más allá de El Salvador. No porque todos compartan su modelo, sino porque transmite algo que muchos sienten ausente: orden.
La economía completa el cuadro.

Jóvenes que escucharon discursos sobre derechos e inclusión llegaron a la adultez con alquileres imposibles, empleos precarios, salarios insuficientes, trámites absurdos y un Estado que promete proteger, pero muchas veces complica la vida.
No alcanza con acusarlos de manipulados, superficiales o reaccionarios.

Los jóvenes no reaccionan solo contra una ideología.
Reaccionan contra una experiencia: la de una política que habla mucho de ellos, pero casi nunca desde ellos.
La agenda woke también entra en escena.

No porque todos la rechacen, sino porque muchos perciben que la política cultural sustituyó a la política real.
Se vigilan palabras, pero no se abren caminos.
Ahí ciertas derechas encontraron espacio: más digitales, irreverentes y desafiantes. No siempre tienen buena doctrina, pero sí instinto de época.

Entendieron que el hartazgo es una fuerza política.
La paradoja es clara: la derecha empieza a parecer rebelde cuando la izquierda empieza a parecer sistema.
Eso no significa que la derecha tenga la partida ganada.

Muchas veces recibe crédito condicionado, voto prestado e impaciencia organizada.
Si promete libertad y construye obediencia, será castigada.
La juventud uruguaya no está gritando una revolución ideológica.

Está retirando confianza.
No pide sermones.
Pide futuro: vivir sin miedo, trabajar sin quedar atrapada, emprender sin ser sospechosa y progresar sin pedir permiso.

Juventud y cambio ideológico
Izquierda y pérdida simbólica
Burocracia y desencanto
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