El giro del gobierno respecto a las AFAP expone los límites de las propuestas ideológicas cuando deben enfrentarse a las exigencias del financiamiento del Estado y de la economía real.
¡SE DIERON CUENTA!
La realidad se comió al relato
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay que decirlo con todas las letras y sin anestesia: una vez más, la cruda y implacable realidad del mundo económico global le pegó un cachetazo histórico al viejo y querido catecismo ideológico.
Nos quisieron vender que la solución mágica era la centralización estatal, la estatización de las AFAP, nada de comisiones privadas, y el control absoluto de los dineros de los trabajadores desde un despacho oscuro. Todo muy lindo, muy puro, muy de comité de base, pero absolutamente impracticable. ¿Y saben por qué?
Porque la física económica no cree en dogmas.
En menos de quince días, el ministro de Economía tuvo que barajar y dar de nuevo.
¿Y por qué reculó en chancletas?
Muy sencillo: porque el Estado uruguayo necesita quien le compre los títulos de deuda.
¡Hacen falta compradores, caramba!
Y cuando los comunistas y los socialistas se encierran en su burbuja endogámica a discutir teoría del siglo XIX, se olvidan de que las cuentas públicas hay que pagarlas a fin de mes.
Los ideólogos de la mesa chica querían manotear el ahorro de la gente para solucionar sus entuertos políticos, pero se toparon con una verdad de Perogrullo: si desarmás el sistema, si ahuyentás la inversión y si pretendes financiar el déficit con discursos en vez de con pesos y dólares reales, te quedas solo, sin un peso y con el Estado colgado del pincel.
Por eso ahora resulta que las AFAP ya no son el enemigo público número uno, sino que hay que garantizarles independencia y hasta dejarlas invertir en el exterior.
¡Qué milagro!
Se dieron cuenta tarde de que los fondos de los trabajadores no son caja chica de la política, sino recursos que necesitan rentabilidad y seguridad, no consignas partidarias.
Lo que pasa es que los muchachos vivieron tanto tiempo hablando entre ellos mismos —en ese famoso diálogo endogámico donde se aplauden las consignas y se premia la ignorancia económica— que se olvidaron de que afuera hay un mundo globalizado que avanza.
La izquierda dogmática vive en una realidad paralela: discuten el sexo de los ángeles ideológicos mientras el país real necesita financiamiento, previsibilidad y, sobre todo, sentido común. Intentaron otra vez, y otra vez fracasaron en dirigir el país prefabricando una solidaridad con plata de los trabajadores.
No está Astori, para insultarlos, ni Vázquez para recriminar cómo le dejaron el país a su segundo gobierno.
Aflojen con el catecismo, muchachos.
Dejen de mirar el ombligo del comité y miren la realidad.
Si quieren hablar de libertad y soberanía tienen que ser independientes del sistema financiero.
De lo contrario, endeudados hasta el testuz siempre la realidad se impondrá a su repartija del dinero de los que aportan para sostener el país.
El Uruguay no se salva con eslóganes polvorientos; se salva trabajando, respetando la libertad de la gente y entendiendo que la economía no se rige por los caprichos del dogma, sino por las leyes inexorables de la vida misma, que ya aprendieron otros sobre tantos esclavos yacientes.
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