La exclusión del trabajo formal, el avance del crimen organizado y la militancia de confrontación como expresiones de una misma fractura del tejido social.
EL OCASO DE LA CIVILIZACIÓN
Entre la miseria y el atajo político
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La reflexión sobre cómo la escasez material extrema y la pérdida de oportunidades erosionan el tejido social toca uno de los desafíos institucionales y culturales más complejos de nuestro tiempo.
Cuando el Estado o el mercado formal del trabajo fallan en integrar a los individuos a las oportunidades, o las mismas se pierden por mala fortuna o carecer de talentos naturales, surgen dinámicas de supervivencia y de organización que alteran radicalmente la convivencia pacífica.
La Fractura del Tejido Social
La confrontación como incentivo político va permeando en contextos de vulnerabilidad crónica, la dependencia de la asistencia o la escasez generalizada a menudo generan incentivos para que ciertos engendros de liderazgos políticos canalicen la frustración a través de la polarización.
La división social se convierte en un mecanismo de cohesión para grupos corporativos o partidarios, sustituyendo el mérito y la cooperación voluntaria por el enfrentamiento identitario, que es cooptada por intereses subalternos.
Cuando las barreras de entrada a la economía formal son excesivas —debido a regulaciones asfixiantes, costos laborales elevados o una deficiente calidad educativa—, los mercados informales o marginales ganan terreno.
El narcotráfico opera allí no solo como un negocio criminal, sino como un empleador de última instancia, o un ejemplo radical de formas espurias de enriquecimiento para los jóvenes sin horizontes, ofreciendo estatus, ingresos rápidos y un falso sentido de pertenencia a cambio de la destrucción de las comunidades.
Donde la ley y la libertad económica retroceden, el vacío no permanece vacante; es ocupado por el arbitrio del asistencialismo corporativo militante o por la ley del más fuerte.
Frente a este diagnóstico, el dilema central radica en cómo restaurar los cimientos de la responsabilidad individual y el orden republicano:
Combatir a las causas estructurales; reducir la voracidad fiscal y los marcos regulatorios que ahogan la iniciativa privada y la creación genuina de empleo formal.
El Estado tiene como función indelegable el monopolio de la fuerza y la defensa de los derechos de propiedad y de las personas frente al avance del crimen organizado, que conforma guetos que se expanden y procuran dominar.
Reconstruir un sistema educativo enfocado en la libertad responsable y las competencias técnicas y humanas que permitan a cada individuo autosustentarse por medio del trabajo honesto.
Perspectivas desde la crudeza: Autores y diagnósticos
Para comprender la desarticulación del tejido social y el ascenso de formas atávicas de supervivencia, es preciso acudir a voces que han diseccionado la miseria con realismo brutal:
En su obra «La virgen de los sicarios», Fernando Vallejo expone una sociedad donde la ausencia de Estado y la ruptura del orden económico reducen la vida humana a una mercancía descartable.
Para Vallejo, la violencia no surge de una ideología radical, sino que llega a ella en la desesperación absoluta, o evadiendo un entorno donde el crimen organizado se convierte en el único «empleador» viable para una juventud sin futuro.
A través de conceptos como «parias urbanos», Loïc Wacquant analiza cómo la retirada de las funciones protectoras y de seguridad del Estado, y el encierro de los desposeídos en guetos que van ganando espacios libres, crean territorios donde la ley institucional es sustituida por la ley del más fuerte.
Aquí, el individuo se convierte en una unidad operativa de economías subterráneas, o en mano de obra barata de ideologías de ilusión de salida fácil.
Algunos autores sostienen que, ante la falta de acceso al mercado formal, la marginación extrema genera formas de explotación donde la muerte y la violencia son los recursos finales de una estructura que descarta a millones.
El atajo político: La militancia como alternativa al mérito
La pobreza, cuando se extiende como un estado crónico, degenera inevitablemente en dos caminos paralelos: la caída en el crimen como «soldadito» del narcotráfico o la búsqueda de un atajo hacia el poder mediante la militancia de confrontación social radical.
En este último escenario, la carencia de formación o de una ventana humanística integradora, no es un obstáculo, sino una ventaja para el reclutamiento político.
La militancia ultraradical resulta de la colectivización de la ira y el asistencialismo corporativo, que en definitiva descansa en una implícita repulsa a la sociedad, que se incentiva como responsable de la marginación por contraste.
La realidad expone que esta marginalidad se promueve, ya sea impidiendo la formación laboral, o peor, procrastinando toda posibilidad de salida real por acciones públicas tendientes a facilitar el acceso a un trabajo digno.
La protección a la criminalidad mediante el relato de esa “responsabilidad social de la pobreza”, es la vía preferida para incumplir la defensa y seguridad de las personas, u organizaciones criminales que se mezclan con la política.
Existe una correlación directa entre el empobrecimiento y la captación de individuos para la «militancia».
En lugar de promover la meritocracia o el desarrollo de competencias individuales que permitan la inserción en un mercado laboral competitivo, ciertas estructuras políticas fomentan la colusión con corporaciones sindicales y organizaciones financiadas para el asistencialismo.
Esto perpetúa el ciclo de pobreza, pues, al aumentar los costos tributarios y las cargas sociales destruyen la inversión, impidiendo multiplicar oportunidades para liberarse de la dependencia estatal.
Este fenómeno de «ascenso sin preparación» se observa en dirigentes que, habiendo comenzado su vida en la marginalidad extrema alcanzan el poder involucrado como vía de la canalización de la frustración social. No a través de la educación formal, el desarrollo de una carrera profesional o la generación de valor económico producto de pelearle a la pobreza con esfuerzo,
Cuando la militancia política nubla la conciencia de las limitaciones para un cargo de gobierno, se pierde la noción del daño que se puede realizar por necedad; y se justifican los resultados desastrosos para la sociedad en un imaginario enemigo de los humildes. Haber sido pobre pasa a ser la justificación de abrogarse una falsa superioridad moral que permite hasta devastar la civilización.
Este ascenso representa el triunfo de la «política de atajo»: un sistema que valora la lealtad partidaria a ultranza y la capacidad de movilización por sobre todo, dejando la sana crítica como enemigo de clase.
Cuando la política se convierte en forma de escalar por militancia, y divide a la sociedad entre “ellos y nosotros”, la democracia se degrada; dejando la consecuencia el empobrecimiento colectivo; reemplazándola por una retórica de confrontación que, paradójicamente, profundiza la pobreza por supina ignorancia elevada a la condición de ego imperturbable.
La verdadera libertad requiere herramientas, no solo discursos.
Mientras las estructuras políticas sigan ofreciendo la militancia como el único camino de “movilidad social”, el destino seguirá siendo una división social profunda que alienta el ocaso civilizatorio.
Romper este ciclo perverso exige devolver al individuo la oportunidad de autosustentarse por medio del trabajo honesto, escalar mediante la formación educativa, y cultivar del esfuerzo individual como mérito para superar la condición de base.
Lejos, tanto del fusil del narco como de la camiseta del militante.
Pobreza y exclusión laboral
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